Soy Julián

Capítulo 1: Cuidado con las bestias rebelde.

La historia comienza en una fría y silenciosa celda. Cinco jóvenes permanecían allí, sentados en distintos rincones, observándose entre sí sin pronunciar una sola palabra. El ambiente estaba cargado de tensión, como si todos compartieran un secreto que ninguno se atrevía a revelar.

En sus rostros y brazos podían verse pequeños moretones, algunos recientes y otros ya desvaneciéndose, señales de que habían pasado por algo mucho peor de lo que cualquiera podría imaginar.

La mirada de todos terminaba posándose sobre uno de ellos.

Julián.

Con la espalda apoyada contra la pared y las manos entrelazadas, mantenía la vista fija en el suelo. Un corte en la ceja, el labio partido y un moretón en el pómulo eran las únicas pistas visibles de lo que había ocurrido. Sin embargo, las verdaderas heridas parecían esconderse detrás de sus ojos, cargados de cansancio, miedo y culpa.

Nadie decía una palabra.

Hasta que el sonido de unas llaves girando en la cerradura rompió el silencio.

Sin saberlo, aquel era solo el final de una historia que había comenzado mucho antes.

Tres meses antes...

Julián sostenía su celular entre las manos, completamente concentrado en sacar fotografías desde su banco. Aprovechaba cada rincón del aula para capturar alguna imagen, hasta que una sombra se detuvo frente a él.

—Julián, el celular —dijo el profesor, extendiendo la mano.

Con un suspiro resignado, el joven entregó el teléfono antes de que comenzara la clase. Luego caminó hasta el último banco del salón, donde lo esperaban sus cuatro amigos de siempre.

A su derecha estaba Jeber, un año mayor que el resto. Su contextura, los tatuajes que asomaban por debajo del uniforme y su expresión seria hacían que cualquiera lo mirara dos veces al cruzárselo por los pasillos.

Junto a él se encontraba Simón, el fanático del básquet. Alto, carismático y siempre con una sonrisa preparada, era el galán del grupo y solía llamar la atención sin siquiera intentarlo.

Del otro lado estaba Nahuel, el rebelde de la banda. Llevaba unas llamativas mechas blancas en el cabello y un arito en la oreja que desafiaba constantemente las normas del colegio. Siempre parecía estar metido en algún problema... o a punto de provocarlo.

Detrás de ellos se sentaba Genaro, el más tranquilo e inocente de los cinco. Mientras los demás discutían, hacían bromas o planeaban alguna travesura, él prefería escuchar en silencio, con esa mirada amable que hacía imposible imaginarlo involucrado en un conflicto.

Los cinco eran inseparables, aunque sus personalidades eran completamente distintas, habían encontrado en esa amistad un lugar donde cada uno podía ser él mismo.

—¿Esta noche? Mis viejos no están. ¿Pinta juntarnos en casa? —preguntó Simón, apoyando los brazos sobre el banco.

—Yo encontré un boliche nuevo. Dicen que está buenísimo —agregó Jeber con una sonrisa cómplice.

Nahuel levantó el pulgar de inmediato, mientras Genaro asentía en silencio. Julián estaba por responder cuando la voz de la profesora interrumpió la conversación.

—Chicos, un segundo.

Toda la clase giró la cabeza hacia la puerta. Esta se abrió lentamente y una chica entró con cierta timidez. Llevaba el cabello castaño recogido en una cola de caballo y el uniforme perfectamente acomodado. Sus ojos recorrían el aula con algo de nerviosismo, buscando un lugar donde sentirse cómoda.

Julián se quedó completamente inmóvil.

Por un instante dejó de escuchar a sus amigos, al profesor e incluso el murmullo del salón. Solo podía verla a ella.

Sintió cómo una sonrisa involuntaria aparecía en su rostro.

—Chicos, ella es Valentina. Es nueva en el colegio y espero que la reciban con mucho cariño —anunció la profesora.

Valentina saludó con una sonrisa tímida y caminó hasta uno de los bancos del fondo, a pocos metros del grupo de Julián.

Cuando pasó cerca de él, el perfume suave que llevaba pareció detener el tiempo.

—¿Qué te pasa? —susurró Simón, dándole un codazo.

Julián ni siquiera respondió.

Seguía observándola con la misma sonrisa de alguien que, sin darse cuenta, acababa de enamorarse a primera vista.

El timbre anunció el inicio del recreo y, como si fuera una señal ensayada cientos de veces, el grupo se escabulló hasta uno de los rincones más alejados del patio. Allí, ocultos de la mirada de los preceptores, compartían un mate que, aunque no estaba estrictamente prohibido, era algo que las autoridades preferían no ver dentro de la escuela. Jeber cebaba el mate mientras los demás discutían sobre cualquier cosa que se les cruzara por la cabeza.

Julián los observó en silencio desde su lugar.

JULIÁN (V.O.)

Supongo que antes de contar esta historia tengo que hablar de ellos.

Jeber le pasó el mate a Simón.

JULIÁN (V.O.)

Él es Jeber. El más grande del grupo y, probablemente, el que más problemas nos metió. Tiene tatuajes, una confianza que parece no tener límites y esa extraña habilidad para convencerte de hacer cosas que cinco minutos antes jurabas que jamás ibas a hacer.




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