A la salida del ensayo, los cinco abandonaron la sala de música entre risas.
En realidad, habían pasado más tiempo haciendo chistes, discutiendo qué canción tocar y molestándose entre ellos que practicando.
—Mañana sí ensayamos en serio —prometió Jeber mientras se alejaba.
—Eso dijiste ayer —le respondió Nahuel.
Julián negó con la cabeza, divertido, y continuó caminando por el pasillo con los auriculares puestos. Una canción sonaba mientras avanzaba distraídamente, completamente metido en sus pensamientos.
De repente, alguien apareció detrás de él.
—¡Juli!
Julián se sobresaltó y se quitó uno de los auriculares.
Al darse vuelta, encontró a Valentina sonriendo.
—Pensé que no te veía —dijo ella.
—¿Qué?
—Estuve buscándote un rato.
Julián se acomodó el auricular en la mano.
—Ah... ¿pasó algo?
—No. Bueno, sí. —Valentina sonrió—. Vamos a mi casa. Al final tengo la tarde libre y, si querés, me ayudás con la tarea.
Julián se quedó mirándola unos segundos.
Su cerebro pareció quedarse en blanco.
—¿A... tu casa?
—Sí —respondió Valentina, como si fuera lo más normal del mundo—. ¿Por qué? ¿No podés?
Julián negó rápidamente con la cabeza.
—No, no. Sí puedo.
Valentina sonrió.
—Entonces vamos.
Julián asintió nerviosamente y comenzó a caminar a su lado.
Mientras avanzaban, intentó concentrarse en cualquier cosa que no fuera el hecho de que acababa de aceptar ir a la casa de Valentina.
Pero una pequeña sonrisa se le escapó.
Y, por alguna razón, no pudo evitar pensar que aquella tarde podía terminar siendo mucho más interesante que cualquier ensayo de la banda.
La casa de Valentina resultó ser mucho más grande de lo que Julián había imaginado.
Apenas entraron, Julián miró alrededor con cierta sorpresa. Los ambientes eran amplios, había cuadros en las paredes y muebles que parecían demasiado elegantes para una casa familiar.
—¿Tu casa es siempre así de tranquila? —preguntó Julián.
—Casi siempre. Mi papá trabaja mucho —respondió Valentina mientras dejaba su mochila sobre un sillón—. Es de esos tipos que siempre están metidos en reuniones y cosas importantes.
—Ah...
Julián asintió, intentando no parecer impresionado.
Valentina se acercó y tomó uno de los cuadernos que había llevado.
—Bueno, profesor Julián, ¿me vas a ayudar o viniste solamente a conocer mi casa?
Julián se quedó mirándola.
—¿Qué? No, yo...
Valentina soltó una pequeña risa.
—Te ponés nervioso muy fácil.
—No me pongo nervioso.
—Sí, te ponés nervioso.
Julián bajó la mirada, intentando esconder una sonrisa.
—Bueno... capaz un poco.
Valentina se sentó junto a él.
—Me gusta cuando sos así.
Julián levantó la mirada rápidamente.
—¿Así cómo?
—Así... vos.
El silencio que siguió hizo que Julián sintiera todavía más calor en la cara.
Para escapar de aquella situación, abrió su cuaderno.
—Che, hablando de otra cosa... me metí en la competencia.
Valentina lo miró sorprendida.
—¿En serio?
Julián asintió.
—Sí. La del Desafío de las Bandas.
—¿Vos vas a participar?
—Sí. Con los chicos. Formamos una banda.
La expresión de Valentina cambió por completo.
—¡Eso es genial!
—Todavía no sabemos muy bien qué estamos haciendo —admitió Julián entre risas—, pero... creo que puede estar bueno.
—Entonces quiero escucharlos.
Julián sonrió.
—Cuando quieras.
Valentina tomó su cuaderno y lo abrió.
—Bueno, estrella de rock. Ahora ayudame con la tarea.
Julián soltó una carcajada.
—Pará, todavía no soy ninguna estrella.
—Todavía —repitió ella con una sonrisa.
Julián volvió a bajar la mirada, intentando disimular los nervios.
Las horas pasaron casi sin que se dieran cuenta.
Entre ejercicios, apuntes y algunas bromas, Julián terminó ayudando a Valentina con la mayoría de las tareas. Lo que había comenzado como una simple tarde de estudio se había convertido en una de esas tardes que parecían pasar demasiado rápido.