Al día siguiente.
Julián se encontraba en uno de los bancos del patio de la secundaria, observando con atención su nuevo celular. Todavía le resultaba extraño tenerlo.
Había sido uno de los regalos que Ricardo le había hecho después de descubrir que era su hijo. Una especie de intento de recuperar, aunque fuera de a poco, todos los años que habían pasado separados.
Julián deslizó el dedo por la pantalla mientras sus amigos lo observaban con curiosidad.
—Entonces... ¿tu papá es el gran Ricardo? —preguntó Jeber.
Julián levantó la mirada.
—Sí.
Todavía le costaba decirlo.
—Es raro. Nunca pensé que iba a tener un padre y, mucho menos, que iba a descubrir que mi papá era alguien como él.
—¿Alguien famoso? —preguntó Nahuel.
—Sí, pero no es solamente eso. Es raro estar hablando con una persona que hasta hace unos días ni siquiera sabía que era mi papá... y ahora resulta que lo es.
Simón miró el celular que Julián tenía entre las manos.
—Bueno, yo quisiera tener un padre que me regale cosas nuevas.
Julián soltó una pequeña risa.
—Tenés que entenderlo. Quiere intentar compensar todo lo que no pudo hacer durante tantos años.
—¿Y lo vas a perdonar? —preguntó Genaro.
Julián se quedó pensativo.
—No sé si se trata de perdonar. Recién estamos empezando a conocernos.
Jeber asintió.
—Bueno, por lo menos parece que quiere estar presente ahora.
Julián sonrió levemente.
—Sí. Y supongo que eso es lo que importa.
En ese momento, una voz conocida interrumpió la conversación.
—¿Qué es lo que importa?
Los cuatro giraron la cabeza.
Valentina se acercaba hacia ellos con una sonrisa.
Julián la miró durante unos segundos.
Después de todo lo que había pasado, todavía no sabía exactamente qué sentir cuando ella aparecía.
—Nada —respondió finalmente, guardando el celular en el bolsillo—. Estábamos hablando de mi papá.
Valentina arqueó las cejas.
—¿Tu papá?
Julián asintió.
—Sí. Resulta que hay muchas cosas que todavía no sabía de él.
En ese momento, el timbre sonó, anunciando el comienzo de la siguiente clase, los alumnos comenzaron a levantarse y a dirigirse hacia las aulas.
Julián estaba por entrar cuando escuchó la voz de Valentina detrás de él.
—Oye, Juli.
Julián se dio vuelta.
—¿Qué pasa?
Valentina se acercó y bajó un poco la voz.
—Mi novio quería pedirte perdón. Es que es medio celoso y... cree que vos gustás de mí.
Julián se quedó mirándola durante unos segundos.
Después soltó una pequeña risa.
—No te preocupes.
Valentina sonrió, aliviada.
—¿En serio?
—Sí. Además, yo jamás te vería de esa manera.
La sonrisa de Valentina desapareció lentamente.
—¿Cómo?
Julián se encogió de hombros.
—Somos amigos. Nada más.
Sin darle demasiada importancia, Julián se dio vuelta y entró al aula.
Valentina permaneció en el pasillo, confundida por sus palabras.
Mientras tanto, Julián tomó asiento junto a Genaro.
Apenas se acomodó, su amigo lo observó detenidamente.
—No entiendo.
—¿Qué cosa?
—¿No te gustaba Valentina?
Julián bajó la mirada hacia su carpeta.
—Sí.
Genaro frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué le dijiste que jamás la verías así?
Julián guardó silencio durante unos segundos.
—Porque tiene novio.
—¿Y?
—Y eso significa que nunca voy a estar con ella.
Genaro lo miró con cierta tristeza.
—Eso no significa que tengas que dejar de sentir cosas.
Julián suspiró.
—Ya sé.
Miró hacia la puerta del aula.
Desde allí todavía podía ver a Valentina, que continuaba parada en el pasillo, intentando entender lo que acababa de escuchar.
—Pero a veces —continuó Julián— hay cosas que uno sabe que no pueden pasar.
Genaro apoyó una mano sobre su hombro.