Soy Julián

Capítulo 4: Bandas sin control

Los chicos estaban reunidos en la casa de Genaro.

El silencio se había apoderado del lugar mientras lo miraban sentado en la silla, con el rostro serio y los ojos cansados.

—Tarde o temprano tenía que decirlo... —murmuró Genaro, soltando un suspiro—. Tengo cáncer.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, difíciles de asimilar.

Nahuel, intentando romper la tensión, habló sin pensar demasiado:

—¿Cómo los de Pulseras Rojas?

Todos lo miraron con fastidio, sin ganas de reír.

—Perdón... —agregó él, bajando la mirada.

El silencio volvió a instalarse, más incómodo que antes.

Genaro los observó uno por uno. No buscaba lástima, pero necesitaba que supieran la verdad.

Simón lo miró con seriedad, intentando encontrar las palabras correctas.

—Okay... entonces, ¿qué podemos hacer? —preguntó, con la voz cargada de preocupación.

Genaro bajó la mirada hacia sus manos, que temblaban apenas.

—Nada. Solamente tengo que seguir con el tratamiento y listo —respondió, con un tono que intentaba sonar firme, aunque se notaba el peso detrás de cada palabra.

Hizo una pausa y levantó la vista hacia sus amigos.

—Pero tenemos que seguir con lo de las bandas. No quiero que esto nos detenga.

Los chicos se miraron entre sí, la idea no terminaba de convencerlos, pero al final asintieron, a regañadientes en donde el silencio que siguió fue distinto: ya no era el de una charla cualquiera, sino el de un grupo que acababa de enterarse de una verdad demasiado grande para su edad.

Los días siguientes fueron distintos para Los Yadito.

Cada recreo se transformaba en una oportunidad para ensayar. Apenas sonaba el timbre, los cuatro corrían hacia la sala de música con sus instrumentos. Ya no había tantas bromas ni discusiones sobre qué canción elegir. Ahora tenían un objetivo claro: llegar preparados para la competencia.

Jeber ajustaba la guitarra, repasando los acordes con concentración.

—Otra vez desde el principio.

Nahuel levantaba las baquetas y asentía.

—Dale.

Simón acomodaba el bajo y miraba hacia el lugar vacío donde solía estar Genaro. El teclado permanecía en silencio.

Julián también lo observaba de vez en cuando.

—Cuando vuelva, tenemos que estar listos —dijo finalmente.

Nadie respondió, pero todos entendieron.

Querían que Genaro regresara y los encontrara preparados. Querían que pudiera volver a tocar con ellos.

Así que aprovecharon cada minuto. Ensayaban en los recreos, después de clases y en cualquier rato libre. A veces se equivocaban, discutían y tenían que empezar de nuevo, pero ya no importaba.

Tenían una fecha que alcanzar y mientras la competencia se acercaba cada vez más, Los Yadito seguían tocando.

Por Genaro, por la banda y por la promesa de que, cuando llegara el gran día, los cinco volverían a estar juntos sobre el escenario.

En los pasillos

Julián caminaba tarareando la canción que iban a tocar, “Estoy aquí otra vez”. Intentaba convencerse de que era la elección correcta, aunque todavía dudaba.

De pronto, se chocó con alguien.

Valentina.

—Hola —dijo Julián, mirándola con cierta sorpresa.

Para él era extraño. No habían hablado desde aquella noche, y el recuerdo del beso seguía flotando entre ambos mientras caminaban juntos por el pasillo.

—Sabés... no hablamos desde ese beso —dijo Valentina, fijando sus ojos en los de él—. ¿Te gustó?

Julián tragó saliva, nervioso.

—Sí, me gustó —respondió, con la voz temblorosa—. Pero es raro... digo, habías terminado con Camilo y después nos besamos. No quiero incomodarte.

Valentina lo observó en silencio, como si buscara en su expresión una respuesta más profunda que las palabras.

El pasillo seguía lleno de murmullos y pasos, pero para ellos dos, en ese instante, parecía que el mundo se había detenido.

Valentina lo miró con decisión.

—¿Querés salir esta noche? —preguntó, dejando que la invitación flotara en el aire.

Julián no pudo evitar sonreír.

—Sí.

—Entonces, nos vemos, Juli —dijo ella, acercándose para darle un beso en los labios.

El corazón de Julián se aceleró. Apenas se separaron, una explosión de risas y festejos lo rodeó: sus amigos habían aparecido detrás de él, celebrando el beso como si fuera una victoria compartida.

Julián sonrió aún más. Por un instante, pensó que todo estaría bien. Que la música, la banda, Valentina y sus amigos podían darle sentido a lo que venía.




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