Soy Julián

Capítulo 5: La historias aparte de los chicos empiezan acá.

Esa noche

En la casa de Jeber, la noche avanzaba con una lentitud inquietante.

Encerrado en su habitación, permanecía sentado frente al escritorio, repasando una y otra vez lo que había escrito en una hoja. Tachones, palabras sueltas, ideas inconclusas. Nada terminaba de convencerlo.

El festival se acercaba. Y con él, el plan que había nacido entre sus amigos y que ahora parecía crecer como una sombra inevitable.

Jeber apoyó los codos sobre la mesa y se pasó una mano por el pelo.

—Tiene que salir bien... —murmuró.

Unos pasos en el pasillo lo hicieron girar. Se asomó por la puerta.

Su madre estaba en la cocina, sentada frente a una botella de alcohol. La mirada perdida, el gesto cansado. Parecía atrapada en sus propios pensamientos.

Jeber la observó unos segundos. Y toda la seguridad que había intentado sostener se desmoronó.

Recordó sus palabras de la noche anterior:

No quiero que termines como tu padre.

Volvió a su habitación. Miró la hoja.

—¿Y si ya estoy condenado? —susurró, como si alguien pudiera escucharlo.

Se inclinó sobre el papel, apretando el lápiz entre los dedos.

—No soy él... —dijo en voz baja—. No quiero ser él. Pero tampoco quiero seguir siendo este chico que no decide nada.

Se levantó y miró su reflejo en el vidrio de la ventana.

—¿Qué vas a hacer, Jeber? ¿Vas a demostrar que sos distinto... o vas a repetir la misma historia?

El silencio de la casa le devolvió la pregunta sin respuesta.

Volvió a sentarse y escribió una última frase:

“Esta noche empieza algo nuevo.”

Se quedó mirando esas palabras.

—¿Algo nuevo... o el mismo error de siempre? —murmuró.

Apretó los puños.

—Si me caigo, que sea por mi decisión. No por la sombra de él.

El lápiz quedó sobre la mesa. Jeber cerró los ojos.

Todavía no sabía si estaba a punto de convertirse en alguien más fuerte... o si estaba caminando hacia un problema del que jamás podría escapar.

En la casa de Simón

Simón se probaba ropa frente al espejo, intentando decidir qué ponerse para esa noche. Pero su atención se desvió hacia la fotografía sobre la mesa: él y su hermana, sonriendo juntos. La tomó entre sus manos y dejó escapar un suspiro.

Desde la cocina, el murmullo de su madre rezando llegaba hasta su habitación.

Simón cerró los ojos. El recuerdo lo golpeó con fuerza: aquella noche en la que había perdido el control, consumiendo más de lo que debía. Su hermana había ido a buscarlo en el auto, intentando salvarlo. El accidente se llevó su vida.

Apretó la foto contra el pecho.

—Lo siento... —susurró, como si ella pudiera escucharlo.

Se sentó en la cama y habló en voz baja, casi temblando:

—Vos siempre me cuidaste. Siempre fuiste la que me sacaba de los quilombos. Y yo... yo te puse en peligro.

Miró la foto con lágrimas contenidas.

—¿Cómo hago para vivir con esto? —preguntó, como si la imagen pudiera responderle.

El rezo de su madre se volvió más intenso en la cocina. Simón bajó la mirada.

—Ella cree que rezando puede aliviar el dolor... pero yo sé que no hay oración que me saque esta culpa.

Se levantó y volvió a mirarse en el espejo.

—Si sigo adelante, tiene que ser por vos. No puedo fallar otra vez. No puedo desperdiciar lo que vos diste por mí.

Acarició la foto una última vez y la dejó sobre la mesa.

—Te prometo que voy a hacer que valga la pena. Aunque me cueste todo.

El reflejo en el espejo le devolvió una mirada distinta. No era solo un chico probándose ropa. Era alguien que cargaba con una promesa.

En la casa de Genaro

La casa estaba en silencio.

En su habitación, Genaro permanecía sentado frente al escritorio, escribiendo lentamente en una hoja. Cada tanto se detenía, leía lo que había escrito y soltaba un suspiro antes de continuar. No parecía una tarea del colegio. Era algo mucho más personal.

A un costado del escritorio había varias fotografías. Genaro tomó una de ellas. En la imagen aparecía junto a sus padres, mucho más pequeño y con una sonrisa enorme. La observó durante unos segundos.

—¿Cuándo fue que dejamos de sonreír así? —susurró, como si la foto pudiera responderle.

Después tomó otra. Esta vez aparecía junto a Julián, Jeber, Simón y Nahuel. Los cinco estaban riéndose frente a la cámara. Genaro sonrió apenas.

—Qué boludos... —murmuró, con cariño.

Dejó la fotografía nuevamente sobre el escritorio y se quedó mirándola.




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