La música retumbaba por todo el lugar cuando comenzó el plan.
Julián subió al escenario con el micrófono en la mano. Al principio estaba nervioso, pero apenas empezó a cantar, el público reaccionó. Algunos dejaron de hablar para mirarlo, otros comenzaron a bailar siguiendo el ritmo.
Por unos minutos, Julián consiguió olvidarse de todo. La música, las luces y los gritos del público lo envolvían. Incluso llegó a disfrutar de aquel momento más de lo que esperaba.
Mientras tanto, sus amigos se habían separado. Jeber y Simón se alejaron del salón, intentando cumplir con la parte que habían acordado. Genaro y Nahuel permanecieron atentos, vigilando cualquier novedad.
Pero algo no estaba bien.
Genaro se apoyó contra una pared. Respiraba con dificultad y su rostro estaba mucho más pálido que de costumbre.
—¿Estás bien? —preguntó Nahuel, preocupado.
Genaro intentó sonreír.
—Sí... solamente necesito sentarme.
Nahuel lo ayudó, pero no pudo ocultar su inquietud.
—No me mientas, Genaro. Te conozco. Esto no es solo cansancio.
Genaro bajó la mirada.
—No quiero arruinarles la noche... —susurró.
—No digas pavadas. Voy a buscar a los demás.
Mientras Julián terminaba una canción, vio a Simón acercarse rápidamente al escenario. El chico le hizo una señal urgente para que bajara.
Julián dejó el micrófono y se acercó.
—¿Qué pasó?
Simón lo miró con preocupación.
—Es Genaro.
La sonrisa de Julián desapareció.
—¿Qué le pasó?
—Se descompuso.
El corazón de Julián dio un vuelco. Sin pensarlo, bajó del escenario y siguió a Simón. El plan, el dinero y la competencia dejaron de importar por completo. Solo podía pensar en Genaro.
Cuando llegaron junto a él, Julián se agachó a su lado.
—Genaro, ¿me escuchás?
El chico abrió los ojos lentamente.
—Sí... estoy acá.
Julián le tomó la mano.
—No me asustes, hermano. No me podés dejar ahora.
Genaro lo miró con esfuerzo.
—No quiero ser una carga...
—Callate —interrumpió Julián, con la voz quebrada—. Sos parte de esto. Sos parte de nosotros.
Jeber apareció y se inclinó junto a ellos.
—Tenemos que pedir ayuda. Ya.
Todos asintieron. En ese momento, entendieron que la noche había tomado un rumbo completamente distinto.
Lo que había comenzado como una aventura entre amigos podía terminar convirtiéndose en algo mucho más serio.
Y Julián, con la mirada fija en Genaro, supo que ya no estaba dispuesto a arriesgar a ninguno de ellos.
En el hospital
Los chicos llegaron corriendo con Genaro hasta la guardia. El silencio del boliche había quedado atrás; ahora todo era luces frías, pasillos interminables y el olor penetrante a desinfectante.
Los médicos lo recibieron de inmediato. En cuestión de minutos, Genaro fue internado.
Mientras esperaban en la sala, los demás se miraban entre sí, con el miedo reflejado en los ojos.
—Hace rato que dejó la quimioterapia... —murmuró Simón, con la voz quebrada—. Yo lo sabía, pero pensé que estaba mejor.
Nahuel se pasó las manos por la cara.
—¿Por qué no nos dijo nada? ¿Por qué se lo guardó?
Jeber apretó los puños.
—Porque no quería ser una carga. Siempre fue así.
Julián se levantó de la silla y comenzó a caminar de un lado a otro.
—No me importa lo que pensaba. Tenía que confiar en nosotros. ¡Somos sus amigos!
El silencio cayó sobre el grupo. Todos sabían que Julián tenía razón, pero también entendían el miedo de Genaro.
Un médico salió al pasillo.
—Está estable, pero necesitamos hacerle estudios. Su estado es delicado.
Los chicos se acercaron de inmediato.
—¿Podemos verlo? —preguntó Nahuel.
El médico asintió.
Entraron a la habitación. Genaro estaba recostado, con la mirada cansada. Apenas los vio, intentó sonreír.
—No quería preocuparlos... —susurró.
Julián se acercó y le tomó la mano.
—No digas eso. No tenés que cargar con todo solo. Estamos acá, ¿entendés?
Genaro cerró los ojos por un instante.
—Tengo miedo...
Simón se inclinó hacia él.
—Nosotros también. Pero no vamos a dejarte.