—¡ Isy! ¡Espérame!
La voz de Bella McLaren resonó por todo el pasillo del instituto justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta principal. Me giré casi por reflejo y la vi correr hacia mí esquivando estudiantes con una habilidad que solo ella parecía tener. Su mochila rebotaba sobre la espalda mientras sujetaba con fuerza un enorme libro contra el pecho para que no se le cayera.
Su cabello castaño se movía con cada paso y una enorme sonrisa iluminaba su rostro, la misma sonrisa que conocía desde que teníamos cinco años y que siempre lograba contagiarme, incluso en los días en los que sentía que el peso de mis secretos era demasiado grande para seguir soportándolo. Bella tenía esa extraña costumbre de llegar tarde a todas partes y, aun así, hacer como si el resto del mundo fuera el que debía esperarla.
—¿Ahora qué estás leyendo? —pregunté cuando por fin llegó a mi lado, intentando recuperar el aliento.
Bella levantó el libro como si acabara de encontrar el mayor tesoro del mundo. La portada mostraba un enorme bosque envuelto en niebla y unas pequeñas criaturas aladas brillando entre los árboles. Solo necesité un segundo para imaginar de qué trataba. Solté una pequeña risa antes incluso de leer el título. Conociéndola, podía apostar que hablaba de vampiros, brujas o cualquier criatura sobrenatural que existiera en las leyendas. Desde que éramos niñas había sentido una fascinación casi imposible de explicar por todo aquello que escapaba de la lógica.
Mientras las demás chicas hablaban de moda o de los chicos más populares del instituto, Bella podía pasar horas enteras explicándome teorías sobre portales mágicos, castillos encantados y reinos ocultos que, según ella, seguían existiendo en algún rincón del mundo esperando ser descubiertos.
—Se llama Criaturas sobrenaturales: ¿mito o realidad? —respondió con entusiasmo, pasando una mano por la portada como si acariciara un objeto de colección—. Estoy convencida de que algún día voy a demostrar que las hadas existen. No me importa que todos crean que estoy loca. Hay demasiadas historias parecidas en diferentes países para que todo sea una simple coincidencia. Estoy segura de que algo se nos está ocultando y, cuando lo descubra, voy a escribir el mejor libro de la historia.
No pude evitar sonreír mientras comenzábamos a caminar hacia el parque que quedaba a pocas calles del instituto. Bella seguía hablando sin detenerse ni un instante, mencionando vampiros, hombres lobo, sirenas, brujas y toda clase de criaturas fantásticas con la emoción de una niña que acababa de entrar por primera vez a una biblioteca. Yo apenas escuchaba la mitad de lo que decía. Mi mente estaba en otro lugar.
Llevaba semanas repitiéndome que debía contarle la verdad. Cada vez que la veía emocionarse hablando de hadas sentía un nudo en el pecho, porque la criatura mágica que tanto soñaba conocer había estado caminando a su lado durante años. Había compartido recreos conmigo, había celebrado mis cumpleaños y había secado mis lágrimas cuando las cosas no salían bien. Bella era mucho más que mi mejor amiga; era prácticamente una hermana. Y precisamente por eso, seguir ocultándole quién era realmente comenzaba a dolerme más que cualquier castigo que pudiera imponerme el Reino de leaj nias
Bella seguía mirándome sin decir absolutamente nada. El viento movía lentamente su cabello mientras las últimas personas abandonaban el parque para refugiarse de la lluvia que amenazaba con caer en cualquier momento. Yo tampoco encontraba las palabras. Durante diecisiete años había imaginado cómo sería ese instante, pero nunca pensé que llegaría tan pronto ni que ocurriría de una forma tan sencilla. No hubo un hechizo, ni un accidente, ni alguien descubriéndome por casualidad. Había sido yo quien decidió romper el silencio. Mi mejor amiga ya conocía el secreto que mi familia llevaba generaciones protegiendo, y aunque una parte de mí se sentía increíblemente aliviada, la otra no dejaba de preguntarse si acababa de cometer el peor error de mi vida. Bajé la mirada hacia mis manos intentando ocultar el ligero temblor que recorría mis dedos. No era miedo a Bella. Era miedo a las consecuencias.
Bella dio dos pasos hacia mí con una expresión que nunca le había visto. No parecía asustada. Tampoco sorprendida. Era una mezcla de emoción, curiosidad e incredulidad. Levantó una mano con mucho cuidado y tocó mi brazo como si necesitara comprobar que seguía siendo la misma persona de siempre. Después sonrió, soltó una pequeña carcajada nerviosa y negó varias veces con la cabeza.
—No puede ser... —susurró—. Todo este tiempo... todo este tiempo estuve buscando pruebas de que las hadas existían, y la única prueba estaba sentada conmigo en clase todos los días.
No pude evitar sonreír.
—Supongo que sí.
Bella comenzó a caminar en pequeños círculos delante de mí mientras se llevaba las manos a la cabeza.
—Esto es increíble. No... es muchísimo mejor que increíble. Isy, llevo años leyendo libros, viendo documentales, investigando leyendas y hasta convenciendo a la gente de que las criaturas mágicas existen. Nadie me creía. ¡Nadie! Mi mamá dice que tengo demasiada imaginación, mi papá se ríe cada vez que compro un libro nuevo y en el colegio todos piensan que estoy obsesionada con los cuentos. ¿Y sabes qué es lo más gracioso? Que tenía razón.
Su entusiasmo era tan grande que terminé riéndome con ella. Era exactamente la reacción que menos esperaba. Había imaginado cientos de escenarios diferentes. Bella llorando, Bella escapando, Bella creyendo que me había vuelto loca. Nunca imaginé que empezaría a dar pequeños saltos de felicidad en medio del parque como una niña que acababa de recibir el mejor regalo de su vida.
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Editado: 17.07.2026