Nunca imaginé que contarle mi secreto a Bella pudiera hacerme sentir tan libre y, al mismo tiempo, tan asustada. Mientras caminábamos de regreso por las calles de la ciudad, apenas podía creer que todo hubiera salido mejor de lo que había imaginado durante tantos años. Ella no salió corriendo, no me llamó mentirosa ni pensó que estaba loca. Al contrario, parecía la persona más feliz del mundo. No dejaba de hacer preguntas sobre las hadas, la magia y mi familia. Yo intentaba responder solo aquellas que no ponían en peligro a los míos, aunque por dentro seguía preguntándome si había hecho lo correcto. Las reglas existían por una razón, y acababa de romper la más importante de todas.
Bella siempre olía igual. Era algo que me llamaba la atención desde que nos conocimos cuando éramos niñas. Su perfume mezclaba vainilla, hojas de menta y unas pequeñas flores blancas cuyo nombre nunca recordaba. Era un aroma fresco, dulce y muy diferente a cualquiera que hubiera olido en el mundo de las hadas. Lo más curioso era que en ella permanecía durante todo el día, como si formara parte de su propia piel. En cambio, cuando yo tomaba una sola gotita de su frasco, apenas podía disfrutarlo unos minutos antes de que desapareciera por completo. Mi abuela decía que la magia cambiaba la forma en que nuestro cuerpo recibía los aromas, aunque nunca me explicó por qué.
Y sí...
Debía admitir que tenía un pequeño secreto que Bella jamás descubriría.
De vez en cuando, cuando ella dejaba el frasco sobre su pupitre mientras buscaba un cuaderno o salía un momento del salón, yo tomaba apenas una gota y la colocaba sobre mi muñeca. Nunca era por hacerle daño ni por gastar su perfume. Simplemente... me encantaba ese olor. Siempre terminaba sonriendo cada vez que lo hacía, aunque el efecto durara muy poco. Más de una vez le pedí a mi abuela que preparara un perfume igual.
—Abuela, ¿podrías hacerme uno que huela exactamente así?
Ella solo sonreía mientras acomodaba los frascos de hierbas sobre su mesa.
—Hay aromas que pertenecen al corazón de quien los lleva, Isadora. Esos no pueden copiarse.
Nunca entendí lo que quería decir.
Hasta esa noche.
Cuando llegué a mi habitación, dejé la mochila sobre la cama y comencé a sacar mis cuadernos. Entonces recordé algo.
—¡La bufanda!
Bella me la había prestado esa mañana porque el salón de química parecía un congelador y yo había olvidado mi chaqueta. Sonreí al verla cuidadosamente doblada dentro de la mochila. Era de color morado, con pequeños brillos plateados que relucían cuando les daba la luz. La acerqué a mi rostro por pura curiosidad.
Allí estaba otra vez.Ese delicioso aroma a vainilla, menta y flores blancas.
Tal vez mi abuela no pudiera preparar un perfume igual... pero quizá, si olía la bufanda, descubriría cuál era el ingrediente que hacía tan especial aquella fragancia.
Sin pensarlo demasiado, la doblé con cuidado y la guardé otra vez en mi mochila.
—Mañana se la devolveré —murmuré.
Antes... tenía que volver a casa.
No a la casa donde vivía con mi familia en la ciudad.
A mi verdadero hogar.
Esperé a que oscureciera por completo antes de salir. Caminé hasta el viejo bosque que se encontraba a las afueras de la ciudad. Los humanos solo veían un sendero tranquilo rodeado de árboles enormes y una cascada que parecía marcar el final del camino. Para ellos no había nada más.
Para mí...
Aquello era la entrada al mundo de las hadas.
Apoyé la palma de mi mano sobre una roca cubierta de musgo. Una tenue luz verde recorrió la piedra y el agua de la cascada comenzó a abrirse lentamente hasta formar un pasillo de cristal. Sonreí sin poder evitarlo.
—Hogar... ya llegué.
Di un paso al frente.
El sonido del agua desapareció por completo.
Al cruzar el portal, el aire cambió. Olía a tierra húmeda, flores silvestres y madera recién cortada. Frente a mí aparecieron las calles del mundo de las hadas, iluminadas por faroles de cristal que desprendían una luz verde y dorada. Las casas, construidas con piedra clara y madera antigua, parecían formar parte del bosque. Algunas personas caminaban tranquilamente por las calles conversando entre ellas, otras se desplazaban por el aire utilizando su propia magia, sin mover unas alas.
Siempre me hacía gracia pensar en eso.
Los humanos creen que las hadas vuelan batiendo enormes alas de colores.
Qué equivocados están.
Por eso algunos terminan confundiéndonos con esos asquerosos chupasangres.
Solo de pensarlo hice una mueca de desagrado.
—Puaj... qué comparación tan horrible.
Seguí caminando mientras sujetaba la mochila sobre mi hombro. Todo parecía normal... hasta que escuché un estruendo que hizo vibrar el suelo.
No era una flauta.
No era un violín.
Era una guitarra eléctrica.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso?
Cada vez más jóvenes caminaban en la misma dirección, riendo y hablando emocionados. Decidí seguirlos por curiosidad. Después de unos minutos llegué a una enorme plaza decorada con luces suspendidas en el aire y un escenario como nunca había visto. Todos parecían esperar a alguien importante.
Me acerqué a una chica que no dejaba de sonreír.
—Perdón... ¿qué está pasando?
Ella me miró sorprendida.
—¿En serio no lo sabes?
Negué con la cabeza.
La chica abrió los ojos con emoción.
—¡Hoy canta Aiden Black!
A mi alrededor comenzaron a escucharse gritos.
—¡Aiden!
—¡Aiden!
—¡Aiden!
No tenía idea de quién era.
Pero, sin saberlo...
Aquella noche estaba a punto de conocer a alguien que cambiaría mi vida para siempre.
La plaza entera vibraba de emoción. Nunca había visto tanta gente reunida en un mismo lugar. Jóvenes, adultos e incluso familias completas ocupaban cada rincón del lugar mientras las luces flotantes iluminaban el cielo como pequeñas estrellas verdes y doradas. Algunos reían, otros conversaban animadamente y unos cuantos intentaban acercarse lo más posible al escenario para verlo de cerca. Yo permanecía al final de la multitud, completamente confundida.
#584 en Fantasía
#3003 en Novela romántica
hadas y otras criaturas, hadas romance aventura secretos, hadas humanos destino
Editado: 17.07.2026