Soy un hada

Capitulo cuatro: con viviendo juntos

Caminé de regreso hacia Bella con la cabeza hecha un desastre. Intentaba aparentar tranquilidad, pero por dentro sentía que el mundo acababa de ponerse de cabeza. Aiden venía detrás de mí observándolo todo con una curiosidad que me preocupaba más de lo que quería admitir. Miraba los edificios, los estudiantes, los casilleros y hasta el timbre del colegio como si hubiera llegado a otro planeta. Supuse que, para alguien que había vivido toda su vida en el mundo de las hadas, el mundo mortal debía parecer igual de extraño que a un humano le parecería el nuestro. Respiré hondo antes de detenerme frente a Bella. Si quería que aquello funcionara, primero tenía que enseñarle a Aiden una regla muy importante: aquí nadie podía saber quién era realmente.

—Bella, él es Aiden —dije intentando sonar tranquila—. Es... un amigo de mi familia. Acaba de llegar a la ciudad y necesita ayuda para acostumbrarse a la vida aquí. Así que, por favor, intenta no hacerle demasiadas preguntas por ahora.

Bella sonrió con esa expresión curiosa que siempre aparecía cuando conocía a alguien nuevo. Extendió la mano con total naturalidad para saludarlo, pero Aiden tardó unos segundos en reaccionar. Evidentemente, en el mundo de las hadas nadie se saludaba así. Después de mirarme de reojo, imitó el gesto y estrechó la mano de Bella con cierta torpeza. En cuanto estuvieron cerca otra vez, respiró sin querer. Sus ojos se abrieron apenas un instante y volvió a sentir aquel cosquilleo tan inconfundible en la boca. Esta vez reaccionó más rápido: tosió, se llevó el puño a los labios y giró el rostro antes de que nadie pudiera notar que los colmillos de esmeralda intentaban aparecer de nuevo.

Esperé a que Bella entrara al edificio para acercarme a él con el ceño fruncido. Lo sujeté suavemente del brazo y hablé en voz tan baja que nadie más pudiera escucharnos.

—Escúchame muy bien, Aiden. No sé qué está haciendo la magia contigo, pero tienes que controlarte. Bella no sabe nada de los colmillos ni de nuestras leyes. Si vuelves a reaccionar así delante de ella, podrías ponerla en peligro... y también a nosotros.

Él bajó la mirada, claramente incómodo.

—Lo intento, Isy. Te prometo que lo intento. Pero cuando ella se acerca... es como si mi magia dejara de obedecerme.

Suspiré con cansancio.

—Pues más te vale aprender rápido.

Aiden levantó la vista y una sonrisa divertida apareció en su rostro.

—¿Siempre eres tan mandona?

No pude evitar soltar una pequeña risa.

—Solo cuando alguien abre un portal ilegal, aparece en mi colegio y casi enseña sus colmillos delante de mi mejor amiga.

—Entonces creo que tendré que acostumbrarme.

Negué con la cabeza.

—Y otra cosa.

Él esperó mi respuesta.

—No intentes conquistarme.

Aiden arqueó una ceja.

—¿Conquistarte?

—Sí. Porque te he visto mirarme desde que llegaste.

Él sonrió sin molestarse en negarlo.

—Es difícil no hacerlo.

Sentí que mis mejillas se calentaban, pero enseguida recuperé la compostura.

—Pues deja de hacerlo.

—¿Y eso por qué?

Lo miré directamente a los ojos.

—Porque tengo novio.

Por primera vez desde que lo conocía, la sonrisa de Aiden desapareció por completo. Permaneció unos segundos en silencio antes de asentir con respeto.

—No lo sabía.

—Ahora lo sabes.

Di un paso hacia él y señalé discretamente la puerta del colegio, por donde Bella acababa de desaparecer.

—Y sobre mi amiga... ni se te ocurra hacer una locura. Si esos colmillos vuelven a aparecer cuando estés cerca de ella, te alejas. ¿Entendido?

Aiden frunció el ceño.

—Jamás le haría daño.

—Espero que no. Porque Bella es como una hermana para mí. Antes de permitir que alguien la lastime... tendría que pasar por encima de mí.

Él sostuvo mi mirada durante unos segundos y luego asintió con seriedad.

—Te doy mi palabra.

No sabía si podía confiar en él.

Pero, por alguna razón, cuando pronunció esas cuatro palabras... sentí que estaba diciendo la verdad.

Nunca imaginé que una sola mañana pudiera cambiar tantas cosas al mismo tiempo. Apenas habían pasado unas horas desde que Aiden cruzó el portal hacia el mundo mortal y ya estaba viviendo bajo el mismo techo que mi familia. Mi papá, después de escuchar toda la historia, había decidido ayudarlo sin hacer demasiadas preguntas. Inventó documentos, un apellido falso y hasta logró inscribirlo en mi mismo curso. Según todos los humanos, Aiden Black era mi primo lejano, hijo de un viejo amigo de la familia que había venido a vivir una temporada con nosotros. La historia sonaba bastante creíble... siempre y cuando nadie preguntara demasiado. Mi mamá no estaba muy convencida de tener a un guardián del mundo de las hadas durmiendo en la habitación de huéspedes, pero mi abuela estaba encantada. Decía que la casa volvía a sentirse llena de magia, como cuando ella era joven. Yo, en cambio, estaba segura de que aquello solo podía terminar en un desastre.

Apenas entramos al salón de clases, todas las miradas se clavaron sobre Aiden. Era imposible que pasara desapercibido. Caminaba con una tranquilidad envidiable, como si hubiera estudiado toda la vida allí. Las chicas comenzaron a susurrar entre ellas y más de una dejó de prestar atención a la profesora para observar al chico nuevo. Yo solo podía pensar en una cosa: "Por favor, que no haga nada raro". Me senté en mi puesto de siempre junto a Bella, mientras Aiden ocupaba el pupitre vacío que estaba justo detrás de mí. Desde allí podía sentir su mirada de vez en cuando, aunque fingía concentrarme en el cuaderno para no darle importancia. Bella no dejaba de sonreír; estaba fascinada con la idea de tener un hada sentado a pocos centímetros de ella.

No pasó mucho tiempo antes de que Eduar apareciera por la puerta. Como todas las mañanas, llevaba el uniforme un poco desordenado, la mochila colgada de un solo hombro y esa sonrisa que siempre conseguía alegrarme el día. Al verme, caminó directamente hacia mi puesto sin importarle que todos lo estuvieran mirando. Se inclinó para besarme en la frente y luego me dio un abrazo que hizo desaparecer, aunque fuera por unos segundos, todas mis preocupaciones. Eduar era así. Protector, cariñoso y un poquito celoso. A veces discutíamos por tonterías, pero nunca dejaba de demostrarme cuánto me quería. Cuando se separó de mí, acarició mi mano con una sonrisa.




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