Soy un hada

Capitulo seis:el beso

Bella

Nunca imaginé que un hada pudiera verse así. Si alguien me hubiera pedido que describiera a una antes de conocer a Isy, habría hablado de alas brillantes, ropa llena de flores y sonrisas perfectas. Pero Aiden rompía por completo esa imagen. Era alto, llevaba el cabello castaño oscuro un poco más abajo de los hombros y algunas mechas caían sobre su frente como si jamás se hubiera preocupado por peinarlas demasiado. Sus ojos eran de un verde profundo, casi como los bosques después de la lluvia, y cuando la luz entraba por la ventana de la casa de Isy parecía que dentro de ellos hubiera pequeños destellos de esmeralda. No tenía aspecto de príncipe ni de héroe de cuento; tenía el aire tranquilo de alguien que había vivido demasiado y aun así seguía maravillándose por las cosas más simples del mundo.

Aquella tarde estábamos todos en la sala de la casa de Isy. La señora Sofía preparaba chocolate caliente en la cocina mientras el señor Daniel revisaba unos libros antiguos llenos de símbolos que yo apenas entendía. Isy había subido a su habitación para buscar unas fotografías de cuando era pequeña, y por primera vez Aiden y yo nos quedamos solos durante unos minutos. Él observaba con atención un viejo reloj de pared, fascinado por el sonido constante del péndulo. Me hizo gracia pensar que un guardián capaz de cruzar portales mágicos pudiera entretenerse mirando un reloj humano como si fuera un gran invento.

—¿Qué tiene de interesante? —pregunté sonriendo.

Aiden levantó la vista y respondió con total naturalidad.

—En mi mundo el tiempo se siente diferente. Aquí cada segundo parece tener mucha importancia para ustedes.

Me quedé pensativa.

Nunca lo había visto de esa manera.

Los humanos vivimos con prisa casi todo el tiempo.

Él, en cambio, parecía disfrutar incluso de los pequeños silencios.

Lo observé unos segundos más sin darme cuenta. Había algo en su forma de hablar, de escuchar y de mirar que transmitía una calma difícil de explicar. Entonces volvió a llegar hasta mí aquel aroma tan extraño que solo yo parecía percibir: bosque húmedo, limón recién cortado, un delicado toque de canela y lavanda. Cerré los ojos por un instante y respiré profundamente.

—Otra vez ese perfume... —murmuré.

Aiden bajó la mirada, un poco avergonzado.

—¿Todavía puedes sentirlo?

Asentí lentamente.

—Sí. Y cada vez es más intenso.

Él guardó silencio.

Por primera vez desde que lo conocía, vi preocupación en su rostro.

No era miedo por él.

Era miedo por lo que aquella antigua magia pudiera significar para los dos.

En ese momento escuchamos la voz de Isy bajando las escaleras.

—¡Ya encontré las fotos!

Los dos giramos al mismo tiempo hacia ella, como si aquel instante hubiera quedado suspendido entre una pregunta y una respuesta que todavía no estábamos preparados para descubrir. Paso un buen rato desde que ISy trajo nos mostró las fotos de nosotras cuando éramos pequeñas a Aiden,y entre miradas más nos íbamos a cercando poco a poco.

Aiden

Nunca imaginé que el silencio pudiera hacer tanto ruido. Bella estaba sentada a mi lado en el amplio jardín de la casa de Isy, decidimos salir un rato mientras el resto de la familia permanecía dentro de la casa conversando alrededor de la mesa. A través de la ventana podía escuchar las risas de la señora Sofía, la voz tranquila del señor Daniel y a Isy discutiendo con Eduar sobre quién preparaba el mejor chocolate caliente. Nosotros, en cambio, permanecíamos afuera, rodeados por el aroma de las flores y el canto lejano de los pájaros. El viento movía lentamente el cabello castaño de Bella, haciendo que algunos de sus mechones rubios brillaran bajo la luz del atardecer. Era imposible no mirarla. Sus ojos color café claro reflejaban una mezcla de curiosidad y dulzura que desarmaba hasta al guardián más disciplinado y malo, y cada vez que sonreía sentía que el mundo entero se volvía un poco más tranquilo.

Respiré profundamente intentando mantener el control. El perfume esencial que nacía de Bella seguía envolviéndome con aquella mezcla de vainilla, menta y flores blancas que la magia había grabado para siempre en mi memoria. Ya no era solo un aroma; era una presencia constante que mi corazón reconocía incluso antes de verla aparecer. Durante días había luchado contra el impulso de acercarme más, de descubrir si el destino realmente podía sentirse de una forma tan intensa. Recordé las palabras de Isy, las advertencias del señor Daniel y las antiguas leyes de los guardianes. Ninguna de ellas decía que estaba prohibido querer a alguien. Lo que prohibían era dejar que la magia decidiera por encima de la voluntad de las personas.

Bella rompió el silencio con una pequeña sonrisa.

—¿Sabes? Antes pensaba que las hadas eran perfectas.

La miré con curiosidad.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que se parecen mucho a nosotros. También dudan, también tienen miedo... y también se enamoran.

Aquellas últimas palabras quedaron suspendidas entre los dos. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. No respondí enseguida. Tenía miedo de que cualquier palabra pudiera romper aquel instante.




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