Soy Un Zombie

La Bendición De Una Princesa

Después de un par de horas, Renjiro se incorporó de golpe, sacudido por un sobresalto que lo arrancó de su profundo letargo.

—¿De verdad me desmayé? ¿No se suponía que ni siquiera podía dormir? —murmuró, aún aturdido por el inesperado descanso.

Se puso de pie con naturalidad y se acercó a la espada que seguía incrustada en el pilar. Al aproximarse, su reflejo en la hoja lo dejó inmóvil. Su cabello se veía más limpio y ordenado; sus ojos ya no estaban hundidos ni teñidos por ese matiz enfermizo que los caracterizaba. Su cuerpo, antes flácido y desgastado, ahora mostraba una musculatura definida, aunque su piel mantenía el tono grisáceo de la muerte.

—Es asombroso… me veo distinto. Sigo siendo un zombi, sí, pero mi aspecto ha mejorado bastante. ¿Será que… evolucioné? —musitó, llevándose una mano al rostro—. También me siento diferente. Más fuerte… incluso más veloz —se dijo, entre la ironía y el asombro.

Volvió a centrar su atención en la espada. Con un ágil salto, la tomó y la extrajo del pilar. Al aterrizar, su cuerpo ejecutó un giro fluido con el arma, un movimiento que no recordaba haber iniciado.

Entonces, como un destello, le vino a la mente la habilidad que había elegido justo antes de perder el conocimiento. Para comprobarlo, trazó un corte horizontal con precisión quirúrgica. Luego, encadenó otro movimiento, aún más veloz y certero.

—¡Esto es increíble! Jamás imaginé manejar una espada con tanta destreza. Me muevo casi como ese esqueleto —comentó entre dientes, esbozando una media sonrisa mientras lanzaba una estocada.

Rebuscó entre los huesos rotos del esqueleto hasta encontrar la funda del arma. La deslizó con cuidado sobre la hoja y se la colgó a la espalda, dispuesto a abandonar aquel lugar. Antes de marcharse, sus ojos se posaron en los restos del guerrero caído. Una punzada de remordimiento y compasión le atravesó el pecho.

Un tiempo después, Renjiro emergió de la mazmorra. La luna llena lo recibió con su luz plateada, suspendida en un cielo estrellado tan vasto y brillante que, por momentos, parecía al alcance de la mano.

—¿Ya es de noche? No tengo idea de cuánto dormí… juraría que no fue más de una hora. Pero bueno, da igual. El cielo está precioso… casi puedo rozar las estrellas —susurró, extendiendo la mano hacia lo alto, como si quisiera acariciarlas.

Sin embargo, la imagen del esqueleto persistía en su mente, acompañada de una inquietud que le oprimía el pecho y un presentimiento difícil de ignorar.

—Ese esqueleto… también fue alguien. ¿Tuvo un nombre? ¿Un hogar, una familia? Ahora no es más que un cascarón vacío, un monstruo sin alma —reflexionó con un dejo de melancolía—. ¿Y si yo también termino así? ¿Convertido en una bestia sin conciencia, destinada a hacer daño? —se cuestionó, con la mirada cargada de tristeza.

Observó su reflejo en el acero de la espada. Luego alzó la vista hacia el firmamento, y con una expresión encendida por la determinación, declaró:

—No sé qué soy, ni por qué estoy aquí. Pero se me ha concedido esta nueva oportunidad de vivir… o al menos de existir. Si fui elegido entre todos los seres del universo, debo honrar ese privilegio. Tal vez un día me convierta en un zombi sin voluntad, pero mientras conserve mi conciencia, aprovecharé esta segunda vida y la exprimiré hasta el último aliento —afirmó, alzando la espada hacia el cielo, donde la luz de la luna se reflejaba como un juramento silencioso al yo que alguna vez fue.

La historia avanza unos días, hasta una tarde nublada como tantas otras en el bosque, envuelta en una brisa serena que hacía danzar las hojas de los árboles. En una zona apartada, una horda de goblins pequeños y verdosos avanzaba entre la maleza. Sus rostros eran grotescos, con orejas puntiagudas y narices desproporcionadas. Al frente marchaba uno mucho más corpulento, blandiendo un grueso trozo de tronco como garrote.

De pronto, uno de los goblins detectó un movimiento entre las ramas. No alcanzó a dar la voz de alarma: su cabeza fue cercenada de un tajo limpio, rodando por el suelo mientras el resto del grupo se estremecía. Antes de que pudieran reaccionar, tres más fueron partidos en dos por un único corte. El último, armado con un arco, disparó una flecha con rapidez, pero esta fue desviada con un gesto casi perezoso. Un instante después, una ráfaga de ataques lo redujo al silencio.

El líder, aún en pie, tensó los músculos y alzó su garrote, listo para el combate. Pero un tajo veloz le seccionó el tendón de Aquiles, obligándolo a caer de rodillas. No tuvo tiempo de alzar la vista: su cabeza fue separada con precisión quirúrgica, y su cuerpo se desplomó con un estruendo que sacudió el claro.

Entonces, la figura del atacante emergió de entre las sombras: Renjiro. Se acercó con paso tranquilo al cadáver de uno de los goblins y comenzó a devorarlo con una serenidad que helaba la sangre. Mientras masticaba la carne verdosa, su voz rompió el silencio.

—Hoy se cumple una semana desde que llegué a este mundo tan extraño… y también desde que me convertí en zombi. Supongo que eso significa que tengo dos cosas que celebrar —comentó con sorna, arrancando otro trozo de carne.

—Durante mi exploración de la mazmorra, me topé con un lagarto morado. Era pequeño, pero sabía defenderse. Casi del tamaño de un gato —recordó, mientras las imágenes del encuentro desfilaban por su mente—. Logré atraparlo. Tenía un sabor pegajoso, como chicle. Gracias a él, ahora puedo ocultar mi presencia por breves momentos cuando corro o ataco —añadió, relamiéndose los dedos.




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