La escena comienza con Renjiro entreabriendo los ojos con dificultad, solo para descubrirse flotando a la deriva en lo que parece ser un plano distinto de la realidad: un vacío indefinido que no alberga nada más que la propia oscuridad. Apenas logra observar a su alrededor, intentando descifrar dónde se encuentra.
Para su sorpresa, ha recuperado su apariencia humana, la misma que poseía en su antiguo mundo: las ojeras marcadas, la ropa que vestía el día en que su vida terminó. No lograba comprender cómo era posible.
De pronto, su atención se desvió hacia una figura lejana pero claramente visible, que parecía observarlo fijamente. No podía distinguir si se trataba de una persona o de algo más.
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —inquirió Renjiro, dirigiéndose a la figura que continuaba escudriñándolo.
La silueta no respondió. Permaneció inmóvil, y solo inclinó levemente la cabeza hacia la derecha, como si lo examinara con curiosidad. Renjiro se quedó paralizado, cada vez más desconcertado por la situación.
Antes de que pudiera formular otra pregunta, sintió cómo la gravedad que lo mantenía suspendido comenzaba a desvanecerse. La figura se dio media vuelta y empezó a alejarse sin rumbo claro. Renjiro extendió el brazo, intentando detenerla, pero fue en vano: comenzó a caer en picada, mientras la silueta se perdía en la distancia.
Aunque todo parecía un abismo sin fin, podía percibir que el final de su caída se aproximaba. Justo antes de estrellarse contra un suelo que no parecía existir, despertó de golpe, regresando bruscamente a la realidad, de vuelta a su cuerpo de no-muerto.
Aunque no podía respirar, su pecho se expandía y contraía con rapidez. Sus ojos se abrieron de par en par, las pupilas dilatadas, sin enfocar nada en particular. En su mente, trataba de asimilar lo vivido. ¿Qué era ese lugar? ¿Quién era esa figura? Y, lo más inquietante, ¿había sido solo un sueño… o fue real? Demasiadas preguntas incluso para su mente analítica.
Una vez que recuperó la compostura, escudriñó el entorno y recordó que seguía en el páramo, más precisamente en las ruinas del campamento humano. Entonces, la imagen de una pequeña criatura alada regresó a su memoria. Barrió el lugar con la mirada, buscando al hada, pero no parecía estar en ningún sitio.
Tras reflexionar, dedujo que, mientras él permanecía inconsciente, ella debió haber huido, probablemente aterrada por su aspecto. En cierto modo, agradecía que estuviera a salvo, aunque no podía evitar sentir una punzada de tristeza por no haber tenido la oportunidad de conocerla mejor.
—¡Aaahh, maldito cuerpo de zombi! —vociferó, llevándose las manos a la cabeza, frustrado por su primer intento fallido de interacción.
Sin embargo, en su interior reconocía su responsabilidad. No había tenido la fuerza suficiente para resistirse a sus impulsos salvajes. Recordaba cómo el hambre nublaba su juicio y una voluntad ajena le arrebataba el control. Aceptaba, con pesar, que era un monstruo que se alimentaba de otros seres, y que, inevitablemente, debía consumir carne cada cierto tiempo.
Entonces, un crujido entre los arbustos lo tomó por sorpresa. Instintivamente, llevó la mano a la empuñadura de su espada, atento al movimiento entre las hojas. Su asombro fue mayúsculo al ver que el hada emergía de entre los matorrales. Sus miradas se cruzaron.
Al reconocerla, Renjiro bajó la vista hacia las bayas silvestres que ella traía en las manos: eran las mismas que él había recolectado para ofrecérselas. Comprendió que le habían gustado tanto que decidió buscarlas por su cuenta. Su rostro se relajó, retiró la mano del arma y soltó una risa nerviosa al ver el rostro de la pequeña cubierto por el jugo de las frutas que había devorado. Ella, al notarlo, desvió la mirada con timidez.
—Veo que te gustaron mucho, ¿eh? Me alegra, porque realmente no hay muchas cosas comestibles por aquí… o al menos, nada que no sea venenoso —comentó con timidez—. ¿No te hice daño, cierto? Perdóname por lo que intenté hacerte. Te juro que no quiero comerte ni nada parecido —añadió, esforzándose por ofrecer sus disculpas más sinceras.
La pequeña le indicó que no tenía ni un rasguño, ni herida alguna causada por él. En cambio, lo señaló a él, preguntando con un gesto si se encontraba bien. Al principio, Renjiro no comprendió, pero luego recordó su acto desesperado: haberse atravesado el pecho para evitar perder el control.
Rápidamente se examinó el torso, solo para descubrir una herida ya cerrada, apenas visible. Al principio lo atribuyó a su capacidad de regeneración, pero descartó esa idea al considerar lo lenta que solía ser esa habilidad.
Antes de que pudiera seguir reflexionando, el hada se acercó con paso sereno. Sin prisa, trepó por su cuerpo hasta alcanzar la altura de la herida. Entonces, recitó unas palabras en forma de canto susurrante, sellando por completo la abertura. Luego descendió con ligereza y volvió a comer.
Renjiro quedó atónito. Por fin comprendía quién había sido el responsable de su curación.
—Ah… con que fuiste tú quien me salvó —murmuró.
La pequeña asintió con dulzura.
—Pues… muchas gracias. De verdad, te lo agradezco —expresó con gratitud.
Ella le regaló una sonrisa orgullosa.
Pero entonces, la expresión de Renjiro se congeló al notar un detalle revelador en aquella interacción.