Soy Una Simple Esclava

2.

Desde aquel día, mi vida cambió por completo.

Aprendí a ocultar cada una de mis emociones. Dejé de reír cuando algo me hacía gracia, dejé de llorar cuando me sentía triste e incluso aprendí a controlar mis gestos para que nadie pudiera descubrir lo que realmente sentía. Con el paso de los años, fingir se volvió parte de mí. Sonreír estaba prohibido, emocionarme era un error y demostrar cualquier sentimiento podía traerme problemas.

Ahora tengo dieciséis años.

Y, siendo sincera, mi vida nunca ha sido fácil.

Cada día debo recordar quién soy delante de los demás y quién soy realmente cuando estoy sola.

En esos momentos me encontraba con mis padres en el supermercado haciendo las compras de la semana. Como siempre, mi madre empujaba el carrito con tranquilidad mientras recorría cada pasillo revisando cuidadosamente los productos. Mi padre caminaba a su lado con la misma expresión seria de siempre. Cada vez que mi madre elegía algo, él simplemente levantaba una mano y utilizaba su magia de levitación para hacer que los productos flotaran unos segundos en el aire antes de acomodarlos suavemente dentro del carrito. Era un gesto tan cotidiano que nadie en el supermercado les prestaba atención.

-Mmm... qué raro... -murmuré mientras recorría con la mirada todo el estante.

Tomé una botella, leí la etiqueta y volví a dejarla en su lugar. Después hice lo mismo con otra y otra más. Todas eran iguales o incluso más extrañas que la anterior. Había salsas hechas con piel de diferentes animales, especias desconocidas y otros ingredientes que jamás había probado.

Fruncí ligeramente el ceño.

-¿Dónde estarán...?

Mi madre, que estaba unos metros más adelante acomodando unas cosas en el carrito, notó que llevaba varios minutos observando el mismo estante. Se acercó caminando con tranquilidad.

-Zoe, ¿qué estás buscando? -preguntó con su habitual tono calmado.

Me giré enseguida para verla, procurando mantener una expresión neutra, tal y como me habían enseñado desde pequeña.

-Eh... en uno de los libros del instituto leí sobre unas salsas llamadas tomate y mayonesa. Me dio curiosidad probarlas, pero solo encuentro salsas hechas con piel de animales -respondí mientras señalaba los frascos frente a mí-. ¿Las conoces?

Mi madre observó el estante durante unos segundos y luego asintió lentamente con la cabeza.

-Sí, las conozco.

Esperé unos segundos a que señalara dónde estaban, pero en lugar de eso negó suavemente.

-Hija, esas salsas no existen en este reino.

Parpadeé confundida.
-¿Cómo que no existen?

-Solo pueden conseguirse en el Reino Blanco. Allí su gastronomía es muy diferente a la nuestra. Utilizan ingredientes naturales como tomates, huevos, leche y aceites vegetales para preparar la mayoría de sus comidas. En cambio, nuestro reino siempre ha preferido elaborar sus alimentos a partir de ingredientes de origen animal.

Alcé una ceja.

-¿Es en serio?
Mi madre asintió una vez más.

-Sí. Por eso es muy raro escuchar a alguien de este reino hablar sobre ketchup o mayonesa. Aquí prácticamente nadie sabe que existen.

-Entonces... supongo que algún día tendré que visitar el Reino Blanco para probarlas.

Mi madre no respondió. Simplemente tomó una de las botellas del estante y la colocó dentro del carrito antes de continuar caminando por el supermercado. Yo la seguí, aunque no podía dejar de pensar en cómo sería un lugar donde existieran cosas tan simples... y al mismo tiempo tan diferentes a las de nuestro reino.

Mi madre frena en seco.

-Deja de buscar cosas que jamás has visto en tu vida aquí. Mejor ve a buscar el limador de dientes. Los tienes muy grandes y afilados, y podrías lastimarte si no los cuidas casi se me olvida eso.

Solté un pequeño suspiro y rodé los ojos con discreción.

-Está bien...

Sin decir nada más, me alejé del carrito y comencé a caminar hacia otro pasillo del supermercado. Mientras avanzaba, observaba los diferentes productos acomodados en los estantes. Era curioso cómo para nosotros era completamente normal comprar un limador de dientes como si fuera un cepillo de dientes.

Ya en la sección de higiene dental, comencé a buscar una lima. Había de distintos tamaños y colores, pero terminé agarrando una de color gris.

La observé unos segundos.

-Es difícil mantener unos dientes así, ¿verdad?

Ignoré por completo la voz que acababa de dirigirse a mí y seguí mirando el empaque como si no hubiera escuchado nada.

-Ey... ¿por qué no hablas?

Sentí cómo aquel desconocido intentó tocarme el hombro.

Antes de que pudiera hacerlo por completo, aparté su mano con brusquedad.

-No me toques.

Mi voz sonó completamente seria, aunque por dentro lo único que quería era hacer una mueca de asco.

El chico dio un pequeño paso hacia atrás.

-¿Qué...? ¿Qué pasa?

Levanté la vista por primera vez para observarlo mejor.

Parecía tener unos dieciocho años. Era alto, de cabello rojo y unos llamativos ojos rojos que resaltaban enseguida.

En cuanto noté el color de sus ojos, mi expresión se volvió aún más seria.

Sin decir una sola palabra, di media vuelta y empecé a alejarme.

-¡Ey! ¿A dónde vas?

En ese mismo instante, las luces del supermercado comenzaron a parpadear.

Una.

Dos.

Tres veces.

"Mierda..."

Me quedé completamente inmóvil.

El chico volvió a acercarse a mí, claramente confundido por mi reacción.

-Mira... no sé quién eres, pero solo voy a decirte una cosa.

Lo miré fijamente.

-No interactúes con la gente de este reino.

Él frunció el ceño sin entender absolutamente nada.

-¿De qué estás habl...

De repente, todas las luces del supermercado se apagaron al mismo tiempo.

Aproveché la oscuridad para desaparecer sin hacer el menor ruido.

Por suerte, cuando las luces volvieron unos segundos después, ya estaba lejos de aquel chico.
Suspiré con alivio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.