Soy Una Simple Esclava

4.

Suspiré, estresada, mientras llegaba a la base de entrenamiento, el enorme campo de juego del Reino Sombra. Era un lugar gigantesco. Observé a mis futuros compañeros reunidos a la distancia y, tras respirar hondo para calmar un poco los nervios, me acerqué a ellos.

—Oye, estos uniformes que hizo tu madre están súper lindos. —dijo un chico que estaba cerca de mí.

—Gracias. Ella es muy dedicada en lo que hace.

Miré a mi alrededor. El campo de entrenamiento del Reino Sombra era enorme, con un suelo oscuro y firme que parecía extenderse hasta perderse de vista. En distintos puntos había grupos de jóvenes conversando entre ellos mientras otros esperaban en silencio. Algunos revisaban sus armas de práctica, otros permanecían de pie sin hacer nada, simplemente aguardando el inicio del entrenamiento.

—¿Y el que nos va a explicar las cosas?

Una chica que estaba sentada en uno de los asientos de piedra se puso de pie.

—Está por llegar. El tránsito por donde vive está horrible.

Asentí con la cabeza.

Levanté la vista hacia la parte más alta del campo. Allí se encontraba el gran palco desde donde el rey presenciaba los partidos, los entrenamientos importantes y cualquier evento relacionado con los futuros guerreros del reino. La estructura sobresalía por encima del resto del lugar, construida con piedra negra y rodeada de altas columnas.

El rey ya estaba allí.

No se encontraba solo. Varias personas de apariencia completamente pálida permanecían a su alrededor. Ninguno hablaba. Todos mantenían la vista fija sobre el campo, observando cada movimiento de quienes nos encontrábamos abajo.

Seguí mirándolos durante unos segundos.

—¿Eso no sería trampa...? —dije en voz baja.

—Sí, pero seguramente están ahí para verificar que todo esté en orden. —comentó la misma chica.

Guardé silencio. Éramos seis en total: tres chicos y tres chicas, incluyéndome. Permanecimos donde estábamos, esperando a que comenzara el entrenamiento. El resto de los grupos también aguardaba en distintos sectores del campo, formando pequeños círculos mientras algunos instructores cruzaban de un lado a otro organizando el lugar.

Al cabo de unos instantes, un hombre se acercó caminando hasta quedar frente a nosotros. Llevaba el uniforme oficial del Reino Sombra. Su paso era firme y su expresión permanecía igual de seria que la de cualquiera en ese reino. Parecía agotado por la rapidez con la que había llegado, aunque su rostro apenas lo reflejaba.

—Perdón, chicos. A ver, hagamos esto rápido.

Supuse que él sería nuestro guía... y también el entrenador encargado del grupo.

El hombre observó a cada uno durante unos segundos antes de hablar nuevamente.

—¿Quiénes son de arco? Por favor, alcen la mano.

Levanté la mano al mismo tiempo que el chico que había comentado sobre el uniforme que hizo mi madre.

El entrenador asintió una sola vez.

—Bien. Ustedes dos, al lado izquierdo.

Señaló una zona del campo donde ya había otros jóvenes reunidos con arcos de entrenamiento.

Bajé la mano y comencé a caminar hacia el lugar indicado. El chico hizo lo mismo, manteniendo la misma distancia mientras ambos nos dirigíamos al grupo asignado.

Mientras caminábamos hacia la zona asignada para los arqueros, el chico se colocó a mi lado. Al cabo de unos pasos, levantó una mano hacia mí.

—Criz.

Miré primero su mano y después su rostro.

—Zoe.

Le estreché la mano durante un instante antes de soltarla.

—¿Sabes? He escuchado hablar de ti.

Solté otro suspiro. Ya había perdido la cuenta de veces que me dicen eso cuando me ven.

—¿Sí? ¿Y qué has escuchado?

—Que eres diferente. Y, ¿sabes? Eso no es malo.

Ladeé ligeramente la cabeza.

—Eres el primero que dice eso. Y pareces alguien de pocos amigos.

Por un momento, una risa baja escapó de él.

Abrí los ojos con sorpresa.

—¡Te reíste!

Antes de que pudiera decir algo más, llevó una mano hasta mi boca.

—Shhh...

Un segundo después la retiró con brusquedad, como si hubiera recordado algo.

—Ey, ni siquiera te conozco. No quiero meterme en problemas.

Sentí que alguien nos observaba.

Levanté un poco la cabeza y dirigí la vista hacia el palco principal. Una de las personas de apariencia completamente blanca nos estaba mirando fijamente, sin apartar la vista.

Me incliné apenas hacia Criz.

—Cállate. Uno de los del Reino Blanco nos está mirando. —susurré.

Su expresión cambió de inmediato. La poca naturalidad que había mostrado desapareció.

—Lo siento.

Desvió la mirada y ambos dirigimos la atención al entrenador, que continuaba organizando a los nuevos alumnos. Mientras seguía llegando más gente al campo, iba separándolos según el arma que utilizarían durante el entrenamiento.

—Tomen, chicos.

Uno de los instructores comenzó a repartir los arcos de entrenamiento. Cuando cada uno recibió el suyo, nos indicó que avanzáramos hasta una de las líneas marcadas en el campo.

—Colóquense al frente.

Caminamos hasta el lugar señalado. Quedábamos justo frente al palco principal, donde se encontraba el rey junto a las personas del Reino Blanco. La distancia seguía siendo considerable, pero desde allí podían observar con claridad cada uno de nuestros movimientos.

Observé el arco que acababa de recibir.

Era demasiado simple.

—Esto se ve muy básico...

Deslicé una mano por la madera. Una tenue energía oscura recorrió la superficie y, en cuestión de segundos, el arco comenzó a cambiar de forma. La madera adquirió un acabado más elegante, aparecieron grabados finos a lo largo de la empuñadura y pequeños detalles de color morado se extendieron por los extremos, dándole un aspecto mucho más elaborado sin alterar su tamaño.

Criz se quedó observándolo durante unos segundos.

—Vaya... Sí que sabes. ¿Quién te enseñó? Creo que voy unos años más adelantado que tú y nunca nos han enseñado algo así.




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