"No puedo creer que tenga que hacer esto. ¿Por qué carajos hacen intercambios? Con razón dicen que nuestra raza tiene problemas cuando va a otros Reinos; nosotros no somos muy sociables con personas que no conocemos."
Estaba tan enojada y confundida sali casi llorando del lugar, llegué hasta donde estaban mis cosas. Guardé el documento en mi bolso y llamé a mi madre. Después de eso, salí y la esperé afuera del campus.
Pasó un rato hasta que, a lo lejos, vi el carro de mi madre acercándose lentamente. Solté un suspiro pesado mientras esperaba a que se detuviera frente a mí.
-Hola, hija. ¿Cómo te fue? -la escuché decir.
La verdad, en ese momento no quería decir absolutamente nada. Sentía demasiadas emociones al mismo tiempo: enojo, frustración, vergüenza y confusión. Ni siquiera yo entendía lo que estaba sintiendo, así que responder era lo último que quería hacer.
Sin decir una sola palabra, abrí la puerta trasera de mala gana. Lancé mi bolso al otro lado del asiento con un poco más de fuerza de la necesaria y luego entré, cerrando la puerta con un golpe seco.
-¿Qué pasa, hija? -preguntó mi mamá, girándose desde el asiento delantero para mirarme.
-Ma... por favor... -murmuré en voz baja.
No quería verla ni hablar. Sentía que, si abría la boca, terminaría llorando o explotando de la rabia. Bajé la mirada, abrí mi bolso y saqué el teléfono para distraerme, aunque ni siquiera tenía ganas de usarlo.
Mi madre permaneció en silencio durante unos segundos. Luego simplemente asintió con la cabeza.
-Okey... -dijo con calma, comprendiendo que necesitaba mi espacio.
Sin añadir una palabra más, encendió el carro y emprendimos el camino de regreso a casa. Durante todo el trayecto, el único sonido que llenaba el ambiente era el del motor y el de mis pensamientos, que no dejaban de dar vueltas una y otra vez.
Apenas entré a la casa, vi a mi padre sentado en la sala viendo televisión. Al escucharnos entrar, se puso de pie de inmediato y caminó hacia mí.
-Hola, hija. ¿Cómo te fue? -preguntó mientras abría los brazos para abrazarme.
-¿Desde cuándo das abrazos? -pregunté confundida.
Mi padre ladeó un poco la cabeza, como si mi pregunta le hubiera tomado por sorpresa.
-¿No puedo darle un abrazo a mi hija? -respondió.
Lo observé durante unos instantes. Algo en su actitud se me hacía extraño. Mi padre no era de demostrar cariño de esa manera, por eso me resultaba tan raro verlo actuar así.
Sin responderle, caminé hasta la sala. Solté el bolso sobre el sofá sin importarme dónde cayera y me dejé caer pesadamente en el asiento. Apoyé los codos sobre mis piernas y pasé una mano por mi rostro, intentando ordenar el torbellino de pensamientos que seguía dando vueltas en mi cabeza.
Mi madre y mi padre intercambiaron una mirada silenciosa. Los dos notaban que algo no estaba bien, pero ninguno se atrevía a insistir. El ambiente se volvió incómodamente silencioso.
-No digo que no... pero andas muy raro, papá.
Vi cómo mi padre saluda a mi madre con un beso en la mejilla. Ella respondió con una mirada cansada y luego caminó hacia la cocina para preparar algo de comer, dejándonos solos en la sala.
Mi padre volvió a mirarme y se sentó en el extremo del sofá, sin dejar de observarme.
-¿Y el trabajo? -pregunté, cruzándome de brazos.
-Tranquilo, como siempre -respondió encogiéndose de hombros. Sin embargo, apenas terminó de hablar, volvió a clavar la vista en mí-. ¿Y cómo te fue? ¿No te dijeron algo?
Esta vez noté algo diferente en su voz. Sonaba impaciente, como si estuviera esperando una respuesta muy específica.
Lo miré con desconfianza.
-Sí... me dijeron que era buena para representar al Reino.
-¿Y qué les respondiste?
-Solté un largo suspiro-Les dije que no, papá.
Por un instante, el silencio se apoderó de la sala, los ojos de mi padre se abrieron de golpe.
-¿¡Te aceptaron para representar Irte al reino blanco!? -exclamó, levantándose del sofá con una enorme sonrisa en el rostro-. ¡No lo puedo creer!
-¡Ni te atrevas! -lo interrumpí antes de que siguiera celebrando
Me levanté rápidamente, tomé mi bolso del sofá y comencé a buscar la hoja que me habían entregado el Rey Después de unos segundos de rebuscar entre mis cosas, la encontré. La saqué con un movimiento brusco y se la extendí.
-¡¿Metiste a este estúpido evento para esta cosa?! -grité, colocando la hoja casi en la cara de mi padre-. ¡¿Qué te pasa, papá?!
Él no respondió de inmediato. Con calma, tomó la hoja de mis manos y comenzó a leerla. Sus ojos recorrían cada línea mientras su expresión cambiaba poco a poco. Cuando terminó, levantó la mirada y volvió a verme.
-Hija... esto... esto es muy importante.
Solté una risa seca, llena de impotencia.
-¿Importante? Para ti será importante. A mí nunca me interesó ir a ese lugar.
Mi padre frunció ligeramente el ceño.
-No entiendes la oportunidad que...
-¡No! ¡El que no entiende eres tú! -lo interrumpí alzando la voz-. Yo jamás pedí representar al Reino. Ni siquiera quería asistir a ese evento. Fui porque me insistieron, y ahora resulta que quieren mandarme a otro Reino, rodeada de personas que ni conozco.
Mis manos temblaban mientras hablaba. Sentía un nudo en la garganta y el pecho me pesaba cada vez más.
-¿Sabes lo que sentí cuando me dijeron eso? Sentí que decidieron por mí, como si mi opinión no valiera nada.
Mi padre bajó lentamente la hoja. La sonrisa de hacía unos segundos había desaparecido por completo.
-Hija... yo solo pensé que sería una gran oportunidad para tu futuro.
-Pues pensaste mal -respondí con los ojos cristalizados-. Porque mientras tú ves una oportunidad... yo solo veo algo que nunca quise vivir.
-¡Wow, wow! ¿Qué está pasando aquí? Estoy escuchando demasiada bulla -dijo mi madre mientras salía de la cocina con un mantel sobre el hombro. Con su expresión era seria y su mirada fría recorría la sala de un lado a otro.
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Editado: 09.07.2026