Soy Una Simple Esclava

6.

Aquí tienes el texto con más argumento y de forma más natural:

Alisté todo lo que creía necesario dentro de mi maleta. Por suerte, era prácticamente un bolso mágico; sin importar cuántas cosas metiera, siempre parecía tener espacio para una más. Guardé ropa, algunos libros, mi cargador, un par de objetos que tenían valor para mí y otras pequeñas cosas que, aunque probablemente no iba a necesitar, me daban cierta tranquilidad llevar conmigo.

No había podido dormir en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, mi cabeza empezaba a imaginar cómo sería todo a partir de ese día. Entre los nervios, las dudas y el enojo que todavía llevaba por dentro, el sueño nunca llegó. Solo me quedé dando vueltas en la cama hasta que, al ver que el cielo comenzaba a aclararse, me rendí.

Con un largo suspiro me levanté mucho más temprano de lo habitual. El silencio de la casa todavía dominaba el ambiente, como si todos siguieran dormidos. Me cambié de ropa con movimientos lentos, intentando convencerme de que aquello realmente estaba pasando.

-¡Auch! -exclamé de inmediato.

Fruncí el ceño mientras me miraba en el espejo del baño. Estaba cepillándome los dientes con toda la tranquilidad del mundo cuando sentí un pinchazo en el labio inferior. Escupí la espuma de la crema dental y acerqué mi rostro al espejo.

-Genial... otra vez.

Mis colmillos, largos y afilados, habían vuelto a hacer de las suyas. Un pequeño corte se marcaba en mi labio de abajo. No era la primera vez que ocurría; cada cierto tiempo crecían un poco más y terminaban lastimándome al hablar, comer o incluso al cepillarme los dientes.

Terminé de cepillarme con más cuidado, me enjuagué la boca y abrí el pequeño cajón del lavamanos. De allí saqué una lima especial que había comprado.

-Cómo odio hacer esto... -murmuré entre dientes.

Respiré hondo antes de empezar. Con paciencia fui limando la punta de cada colmillo, deteniéndome de vez en cuando para comprobar que ambos quedaran del mismo tamaño. Era un trabajo aburrido y bastante incómodo; el simple sonido de la lima rozando los dientes hacía que se me erizara la piel.

Después de varios minutos terminé. Abrí un poco la boca frente al espejo para observar el resultado.

-Supongo que así está mejor...

Ya no eran tan largos ni tan peligrosos. Seguían siendo puntiagudos, pero ahora se parecían más a los dientes de una piraña que a unos colmillos capaces de cortarme el labio cada vez que hacía un movimiento brusco.

No me gustaba limármelos. Cada vez que lo hacía sentía que perdían parte de su esencia. Sin embargo, ya era hora. Si seguían creciendo, terminaría haciéndome más heridas de las que ya tenía.

Escuché unos suaves golpes en la puerta de mi habitación.

Solté un suspiro pesado, cerrando los ojos por un instante. Ya sabía quién era.

-Pasa...

La puerta se abrió lentamente y mi madre entró. Se quedó unos segundos observándome en silencio, como si quisiera decir algo más, pero al final solo preguntó:

-¿Estás lista?

No respondí.

Tomé el bolso que descansaba sobre mi cama y me lo colgué al hombro. Sin dirigirle una sola mirada, caminé hacia la puerta y pasé a su lado en completo silencio. Sentía su mirada siguiéndome, pero no tenía fuerzas ni ganas de iniciar una conversación.

Bajé las escaleras y salí a la sala.

El aire fresco de la madrugada golpeó mi rostro. El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y azulados. Aún era temprano; el pueblo seguía casi completamente dormido.

Frente a la entrada de la casa ya esperaba mi padre. Permanecía de pie, con los brazos cruzados y una expresión tan seria como siempre. A su alrededor había varios guardias reales, todos vestidos con brillantes armaduras y capas que se mecían suavemente con la brisa de la mañana. Sus caballos permanecían inmóviles, resoplando de vez en cuando mientras el vapor escapaba de sus hocicos por el frío.

Miré de reojo el viejo reloj que colgaba junto a la puerta.

Las seis y media de la mañana.

Ni siquiera había amanecido del todo, y aun así ya estaban allí, preparados para partir.

«Ni desayunar dejan...», pensé, sintiendo cómo el estrés y el hambre se mezclaban en mi estómago.

Mi padre giró la cabeza hacia mí. Su expresión seguía siendo igual de fría y seria que siempre.

-Ven, Zoe. Ya te tienes que ir.

Se hizo a un lado de la puerta para dejarme pasar.

Antes de moverme, mi mirada se desvió hacia uno de los guardias. El documento que mi padre había firmado ya estaba en sus manos, perfectamente resguardado entre los demás papeles. Así que era definitivo. Ya no había vuelta atrás.

Sin decir una palabra, caminé hacia la salida.

Apenas crucé el umbral de la puerta, sentí que alguien sujetaba mi brazo con fuerza.

Me giré de inmediato.

Era mi madre.

Sus dedos temblaban ligeramente mientras me sostenían, y en sus ojos había una mezcla de tristeza y desesperación.

-¿No te vas a despedir?

Durante unos segundos no dije nada. La miré a ella... luego a mi padre... y, finalmente, bajé la vista hacia la mano que aún apretaba mi brazo.

Con un movimiento firme me solté de su agarre.

-¿Despedirme...? -reí con amargura, negando lentamente con la cabeza-. Nunca me dejaste expresar lo que sentía. Cada vez que intentaba decir lo que pensaba o hacer algo que me hacía feliz, siempre había una crítica, una orden o un "no". Nunca importó cómo me sintiera yo.

Mi voz comenzó a quebrarse un poco.

-¿Y ahora esperan que despedia? ¿Que los haga sentir felices por algo que jamás quise y a lo que me están obligando?.

Mis ojos se humedecieron, pero me negué a llorar frente a ellos.

-No...

Di un pequeño paso hacia atrás, sin dejar de mirarlos.

-No se los voy a perdonar.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.

Al fondo escuché una voz firme, Asique seguí con mi camino derecho.




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