Estaba cansada, no había dormido nada la noche anterior y no recordaba haber tenido pesadillas, solo recordaba oscuridad y un pequeño ardor en su brazo izquierdo, un ardor que cuando despertó se volvió comezón. Evie estaba limpiando los libros que estaban en la biblioteca del castillo mientras aprovechaba para leer algunas páginas de ellos. Aunque sus quehaceres eran los mismos de todos los días, tenía a una chica que le acompañaba, la que no le dejaba sola.
Aunque a veces se perdía en el tiempo, no recordaba lo que había estado pensando, a veces no sabía si en realidad lo hacía, pero su amiga era quien le hacía estar atenta de todo.
Dejo el pequeño trozo de tela que tenía para limpiar los libros y se acercó a una de las ventanas del castillo. Los vidrios limpios dejaban entrar la luz del sol al lugar e iluminaba todos los rincones, había muchos lujos en la gran biblioteca real, altos estantes con libros encuadernados ordenados por autor, cofres llenos de pergaminos clasificados por su importancia o los que se podían utilizar, las mesas con candelabros de oro al igual que las lámparas de cada esquina, las velas se cambiaban todos los días, los reyes las mantenían encendidas la mayor parte de la noche, desde que la primera gota de oscuridad se asomaba, ella prefería utilizarlas solo cuando fuera necesario, prefería la noche que le permitía pensar y descansar.
A fuera, pudo ver como los siervos hacían su trabajo desde que salía el sol, los guardias custodiando las puertas y la parte más concurrida alrededor del castillo.
Miro la pared que estaba sumamente alejada del castillo, aquella que impedía la salida y entrada de personas indeseadas, pero, eso no era lo que quería ver, su objetivo estaba mucho más allá de esa pared y de las casas, campos y árboles, miraba a lo lejos, donde dos montañas se veían tan pequeñas pero llamativas. Suspiro, quería salir del país y conocer lo que había después de los límites, le causaba cierta curiosidad saber que pasaba allí.
—Sé lo que estás pensando— dijo su amiga acercándose a ella—, también deseo salir, pero...
—Lo sé— miro por última vez las montañas resignadas—, quien sale de los límites de Spirits-free no vuelve nunca más.
Su amiga de rizos rubios le sonrió de manera comprensiva, ella también tenía grandes deseos de salir del país y conocer junto a ella, era el sueño de ambas cuando niñas, pero la ley se los prohibía.
Siempre quiso saber que pasaba con las personas que se arriesgaban a salir, escuchaba las historias de la salida y las teorías que había acerca del intento de regreso, pero nunca lo sabría a ciencia cierta. Nunca regresaban.
Cuando terminaron de limpiar salieron juntas de la biblioteca y se dirigieron a la cocina en el sótano. El castillo tenía tres pisos, el tercero; los dormitorios y respectivos baños, el segundo; la biblioteca, sala de armas, galería, museo, y en el primero; comedor, salón de baile y, lo más importante, el trono, este último quedaba en frente de la puerta principal del castillo donde el Rey y la Reina recibían a los habitantes y escuchaban sus quejas, sus peticiones o cuando recibían los impuestos exigidos a los campesinos.
Caminaron por el pasillo del segundo piso que estaba decorado con estandartes rojos y dorados con el logo de la Familia Real; un águila con sus alas extendidas sobre la corona. A cada paso que daban, encontraban a los guardias con sus singulares armaduras plateadas y frio semblante, tan serios que parecían estatuas, lo único que movían eran sus ojos y pecho, esto en señal de que eran reales y no la decoración.
Varios de ellos solo las miraron, mientras sus zapatos resonaban en el lugar y evitaban pisar sus faldas. Cuando terminaron de bajar una de las escaleras que daban al comedor, atravesaron por el amplio salón y abrieron la puerta que les daba paso a otro pasillo donde había tres puertas más, la primera daba al salón de baile, la segunda a la lavandería y la tercera a la cocina. El castillo parecía un laberinto de gruesas paredes amarillas, cada uno de ellos mostraba el trabajo que se le había dedicado para levantarlo, la puerta de madera de la cocina crujió cuando la abrieron, bajaron la estrecha escalera en forma de caracol y muchas personas iban de un lado para otro.
—Por favor, Juan— era la voz de la mujer autoritaria que estaba a cargo—, el agua es para que Teodoro y tú laven los platos.
Ellas miraron como Juan cumplía las órdenes de aquella mujer de cabello negro salpicado de blanco, tenía un delantal y una expresión considerada pero firme. Todos iban de un lado para el otro, unos cocinando, otros lavando platos y otros simplemente limpiando el lugar. Las dos trataron de pasar inadvertidas de aquella mujer, pero se equivocaron.
—Evie, Fernanda— les llamo— ¿Ustedes dos para dónde van?
Las dos se voltearon y le sonrieron. Ella tenía sus dos manos puestas en la cintura y las miraba con interés.
—A la cabaña, madre. — le respondió Evie.
Las dos se acercaron a la mujer. Evie, que tenía el cabello largo y negro, ojos color miel, era delgada y alta, Fernanda, por otra parte, cautivaba con sus rizos dorados, mejillas sonrientes, solo un poco más baja que Evie de buen cuerpo. Evie en la mayor parte del tiempo era seria mientras su amiga muy sonriente.
La madre de Evie les sonrió.
—Necesito que me hagan un favor— dijo y busco un papel en su delantal blanco—. Necesito que vayan al Mercado y me traigan estas cosas.
Evie tomo la lista y Fernanda dos canastas. Salieron de la cocina por la puerta que quedaba al otro extremo e iban juntas por el camino de pierdas que estaba rodeado por el verdoso pasto. Estaban en la parte Este del castillo, donde se podía ver pequeñas cabañas a la distancia y muchos árboles frutales al lado de estas, donde vivían todos los trabajadores del castillo.
Cuando llegaron a una pequeña reja, Evie saco su llave y la abrió. Era la única parte del castillo que no tenía tantos guardias ya que solo hacían sus rondas. Todo era sumamente controlado y todos los trabajadores manejaban sus propias llaves.