Normalmente estaría en su casa, habría cenado con su padre y luego se habría retirado para dormir en su habitación, donde la mayoría de la noche la pasaría contemplando las doradas cadenas que poseía. Era lo único de valor que tenía. Pero esa noche, decidió salir un rato, caminar bajo las estrellas, tomarse una taza de té y jugar varias partidas de cartas.
Cuando realmente estaba aburrido, se acercaba a aquellas mesas y apostaba solo tres monedas, no era realmente que le apasionara jugar, pero era algo que lo pondría a pensar y por eso lo hacía. Siempre estaba solo, se metía tanto en su trabajo que los amigos que había hecho cuando niño en el colegio, seguramente no lo recordaban.
Cuando Albert llegó al centro, justo enfrente del lugar donde estaba la mesa de juegos a la que recurre las pocas veces que va, el salón estaba lo suficientemente lleno. Cambió de rumbo y se abrió paso entre las personas que estaban paradas en el lugar. Le pregunto a un hombre canosos sobre que había y le dijo que una bruja leería su suerte y que daría dos lecturas gratis, y, que esperaba que la siguiente fuera la de él, necesitaba saber si viviría más tiempo.
Un poco confundido, él se alejó de aquel hombre de forma respetuosa y se quedó en una esquina, una joven muchacha se acercó a él y le sirvió una taza de café, le dijo que la bebiera y que si quería la lectura, debía hacer la fila al final de las dos lecturas gratis. Miro a la mujer, una mujer hermosa, piel blanca y de ropa fina estaba parada en una de las primeras mesas, con su mano izquierda enguantada sobre el hombro de una joven chica que estaba en el lugar con dos de sus amigos. Los tres le daban la espalda, pero podía ver que una de ellas tenía el cabello rubio y rizado, la otra de cabello negro, y, el hombre que estaba con ellas cubría su cabeza, era evidente que, era hombre, sus hombros anchos, su ropa, así lo hacía notar, además de que la ropa de él se veía fina, mientras la de ellas muy poco.
—No importa cómo sé tu nombre— dijo la bruja al parecer respondiendo a una pregunta de la chica—, lo que importa es la lectura.
La bruja dejó de tocarle el hombro a la joven y tomó la taza de ella entre sus manos, miró en su interior, lo movía delicadamente y juntaba sus cejas, luego abrió sus ojos.
—Veo que has sufrido la pérdida de alguien que amas demasiado— dijo la bruja—, alguien que no ves desde hace mucho tiempo— hizo una pausa—. Veo que también tienes miedo, el miedo de no poder encontrar la felicidad.
Noto como la mujer se inclinaba un poco, la chica estaba preguntándole o insinuándole algo, pero desde el lugar donde estaba no podía oírla.
—Entiendo que no quieras escuchar eso, pero debo mirar primero en tu pasado para ver que hay en tu presente— volvió a mirar la taza—. Podrás encontrar la felicidad, pero esto a un gran costo, deberás ser fuerte, confiar en ti— la mujer calló, la joven le estaba diciendo algo, de forma despectiva—. No, esto no es una farsa, veo sangre en tu futuro, mucha sangre y debes tener cuidado. Cuando la luna esté llena, en su primera noche, debes empezar a correr, tu carrera con el tiempo empieza. Tienes un corto plazo, solo, hasta la última noche de luna llena, podrás escoger que hacer.
La chica miró a sus amigos y les dijo algo, ellos le respondieron moviendo sus cabezas de lado a lado, negando. De alguna manera sabía que estaban discutiendo, y, eran lo suficientemente prudentes como para formar un escándalo.
Ella se levantó de su silla y camino entre las mesas rápidamente, él trato de ver su rostro, pero no pudo. Noto como los amigos de ella seguían sentados en sus sillas, sin preocuparse para donde iba su amiga. Después de un rato, al notar que los amigos de aquella chica no iban tras ella, él intentó ir en su búsqueda, esperando no ser muy tarde y que ya se hubiera marchado del lugar. La forma con la que el chal negro cubría su boca y limpiaba sus mejillas, le hizo comprender que las palabras de la bruja le habían afectado. Pensando en esas palabras, escuchó su nombre, se giró para mirar quien lo llamaba.
—Albert, en ti también presiento que hay pérdidas irreemplazables— la mujer se acercó a él—. ¿Podría ver?
Miro a todos los que estaban a su alrededor y noto como los dos amigos de la joven seguían en sus sillas. Pudo ver perfectamente el rostro de la chica rubia pero el del chico no, estaba cubriendo su rostro, tratando de esconder su identidad. La bruja le tendió la mano derecha y él dejó la taza de café en su mano.
—Lo siento, pero debo salir.
La bruja asintió con una sonrisa que le hizo dudar de lo que haría.
—Muy bien, Albert— continuó ella—, puedes irte, pero antes que lo hagas debes saber que todo va cambiar desde esta noche.
Albert no dijo nada y camino a la salida. Sabía que la joven que tan mal había salido no estaba muy lejos y la vio doblando a la esquina, aceleró el paso y la siguió. Cuando estuvo en la esquina, la vio casi llegando a la otra esquina y cruzando la calle, estaba yendo al Mercado, todas las calles te llevan al Mercado y al castillo. Camino más rápido, siguiéndola, con una calle de diferencia entre ambos, quería correr, pero pensaba que la asustaría, como probablemente lo estaba haciendo en ese momento.
El Mercado era todo un laberinto, no sabía con exactitud a donde había entrado, que puestos había pasado o si realmente había pasado por ahí, la había perdido de vista.
Caminando por el Mercado, entró a un callejón, le pareció verla ahí, contra la pared que cerraba el paso y se acercó. La luz de las lámparas de aceite no llegaba hasta aquel lugar, pero eso no le preocupó.
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Editado: 20.04.2026