Spirits-free: Un País Desconocido. #2

Capítulo 6: Un baile, guarida y brujos.

Fernanda lo estaba viendo desde su lugar, se había puesto el uniforme que los Reyes creyeron oportunos para ellos, para distinguirlos de todos los invitados. Tenía calor, el vestido era pesado y de una tela que absorbía el clima en el salón, con tantas velas y personas bailando, hacia el aire espeso. Las ventanas estaban cerradas, punto a desfavor. Pero no importaba el calor, importaba lo que estaba sucediendo. Estaba viendo a su mejor amigo bailar con una joven de cabello rojizo, que aun recogido en una espesa trenza, llegaba hasta su cintura.

Él la sostenía entre sus brazos con una sonrisa, ella sonreía ampliamente, llena de felicidad. La conocía, era la hija del General de los guardias del castillo. Ella era realmente hermosa y hubiera deseado estar en su lugar. Ella quería disfrutar de los bailes, era lo que más quería, bailar y bailar toda la noche, hasta que sus zapatos se rompieran, hasta que sus pies no dieran más o que la velada se acabara. Fernanda nunca lo había podido hacer, siempre asistía a los bailes, pero solo podía deleitarse mirando y soñando.

Había perdido de vista a Harry y a la hija del General y recorrió todo el lugar con sus ojos buscándolos, pero noto que un elegante invitado le miraba, alzó su copa y le sonrió, ella se sonrojo y noto que Juan se acercaba a ella, también sonriendo.

—Te pediría que bailaras conmigo, pero debemos estar cumpliendo los deseos de los invitados. — le había susurrado.

—¿Quién dice que no podemos hacerlo después de que todo el mundo se haya marchado?

Juan se retiró del lugar riéndose y ella se quedó ahí, viendo como todos bailaban y se divertían. Tal vez nunca asistiría a un baile como una de las invitadas más importantes, o como la acompañante de algún hombre, pero no cambiaba por nada, ver e imaginar todo lo que podía hacer si estuviera en el puesto de alguna de esas afortunadas mujeres.

***

Sabía lo frío era esa parte del país, pero eso no le impedía realizar su propósito. Sus planes estaban estancados y eso le frustraba. Había cabalgado en poco tiempo, tener a su hombre de confianza a su lado en la cabalgata era algo que le facilitaba el viaje, los peligros existentes en los bosques apenas y lo notaban. Había logrado hacer un camino diferente para llegar a esa parte del país, de su casa ubicada en el centro de la ciudad, a su guarida, a las dos grandes montañas que se veían desde cualquier parte habitada del país, aunque sabía que no era de él, el poder que tenía sobre su funcionamiento le hacía sentir que era suya. Por lo general, cualquier persona que quisiera llegar hasta allí se tardaría dos días sin dormir, pero él gozaba de privilegios que lo hacían sentir poderoso.

Le dio una última mirada a los árboles cuando se bajó de su caballo y uno de los seguidores tomaba sus riendas. Camino a la entrada de aquella montaña, donde había una abertura de piedra. De cerca, las montañas solo eran dos grandes pilas de piedras llenas de musgo. Recorrió el lugar, era aún más frío que afuera, sus pasos hacían eco en la piedra, aunque no solo los suyos, también los pasos de su mano derecha, de Isaac. Había pequeñas antorchas encendidas en el lugar y aun así no lo hacían más cálido.

El pequeño túnel se abría paso a un amplio salón, como ellos lo llamaban, el área de registro, donde había varios seguidores que los miraron sorprendidos. Eso era lo que le gustaba, ver las caras de sus seguidores cuando llegaba sin avisar, cuando tomaba alguna decisión, sus rostros reflejaban sorpresa, lealtad, en ocasiones miedo, a veces todo junto. Evito sonreír ante ellos.

— ¿Dónde está Misael? — dijo con voz demandante, lo suficientemente alto para que todos escucharan. Noto como un pequeño escalofrío recorrió por todos ellos—. No lo repetiré por tercera vez— continuo—. ¿Dónde está Misael?

Un seguidor abrió su boca para responderle, pero ninguna palabra salió de su boca. Justo cuando este iba a hablar, por uno de los pasillos que había en el lugar salía un hombre alto y delgado, con una túnica negra y pequeños manchones blancos en ella. Su cabello oscuro era aún más oscuro con la poca luz del lugar, pero brillante al igual que sus oscuros ojos, tan negros como la oscuridad del bosque cuando le faltaba poco a la luna para estar en lo más alto del cielo.

—Aquí estoy, mi Señor.

Era extravagante, su voz socarrona, sus movimientos ágiles y perfectos, nunca titubeaba. Pertenecía al grupo hacía diez años, con una sola tarea que desempeñar pero que era la más importante de todas. No le agradaba mucho aquel hombre, pero entre más seguidores hubiera mejor marcharía su plan. Comenzó a caminar sin decirle nada. Él no debía decir nada porque ya todos debían de saber lo que quería. Sonrió al sentir que Misael le estaba siguiendo.

***

No había llegado al primer llamado del Líder porque estaba ocupado en algo muy importante, una tarea que no le correspondía en ese momento, aunque, en realidad, a él no le corresponden muchas.

Estaba siguiéndolo, mirando con extremada delicadeza cada movimiento que su Líder hacía, después de diez años, era ahora cuando quería saber la identidad de él. Les había preguntado a varios de los seguidores, pero no decían nada, sabía que estaba ocultándose. Miro como caminaba con todo su cuerpo derecho, sus pasos firmes, su voz era áspera, irónica pero demandante. Quería, con todas sus fuerzas, saber quién era, saber quién quería algo tan atroz y era capaz de provocar tanto dolor sin ningún remordimiento.




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