Spirits-free: Un País Desconocido. #2

Capítulo 5: Confiando en el desconocido.

Las calles de la capital estaban muy poco concurridas, pero sabía que las salas de té, las mesas de juego y los bares, estarían llenos. Evitó pasar por el centro de la ciudad y dirigirse al castillo, pero a su vez tratando de hacer su caminata más larga, necesitaba el aire frío de la noche contra su rostro, cuello y manos, necesitaba aclarar sus pensamientos y ver cualquier cosa que no fueran las paredes de su habitación. La experiencia de haber visto a su abuelo, si realmente lo había hecho, era abrumadora, como cuando el sol del mediodía calentaba todo el lugar y se pusiera de acuerdo con el hornillo del taller para calentar el aire, provocando que salir fuera del lugar se sintiera igual que dentro de él.

"Hay muchas cosas que no sabes, Albert..." esas palabras resonando en su cabeza. "Debes encontrar a la persona que está igual de involucrada que tú en esto..." ¿Cómo podría saberlo? "Deberán conocerse y descubrir más sobre lo que pasa..." ¿Qué estaba pasando? No tenía idea de lo que estaba pasando, todas las personas seguían con sus rutinas, caminando por las calles sin notar algo fuera de lugar. No sabía si estaba recordando esas palabras en el orden que, supuestamente, había escuchado de su abuelo. Nada tenía sentido para él.

Se había encontrado con el General, quien estaba junto a dos muy parecidas mujeres, una más joven, supuso que una era su esposa y la otra su hija, quien tenía de la mano a un pequeño niño de diez años, él lucía el mismo tono oscuro de cabello de su padre, mientras la chica el mismo tono rojizo de su madre. Había notado que la chica apenas y le había respondido al saludo, su mirada y completa atención estaba fija al otro extremo del salón, mirando con ojos brillantes al chico que estaba en la mesa de comida, con aspecto serio y ausente. El más joven de los príncipes. Nunca lo había visto, se decía que él prefería estar entre las paredes del castillo que, en las calles, otros decían que los Reyes no dejaban salir a ninguno de sus hijos, era un poco cierto, pero por lo general, siempre que la Familia Real decidía salir del castillo, siempre iban cuatro, a veces un quinto integrante que se ocultaba en su capa de viaje.

—Oh, es perfecto. — había dicho el General.

Albert solo sonrió, inclinó su cabeza un poco y se retiró del lugar con su paga. Empezaba a notar como todos lo miraban y hablaban. Incluso, los trabajadores del castillo, quienes estaban uniformados, las chicas con sus vestidos color rosa y faldas largas, los chicos con sus trajes grises, estaban más presentables que él.

Ahora estaba bajando las escaleras que daban a la cocina, por donde había ingresado escoltado por un guardia cuando había tratado de entrar por las puertas principales del castillo. Por la forma en que se había dado cuenta en que las personas, incluyendo los guardias, lo miraban, sabía que la fiesta que habría en el salón sería de las mejores. Mujeres con sus vestidos finos y esponjosos, guantes de seda, sombreros floreados, de la mano de su pareja o de sus padres, los hombres llegando con sus finos trajes y zapatos brillantes, a primera vista era obvio que él no estaba invitado.

Tiraba la pequeña bolsa con el dinero con su mano derecha, no muy alto para que no se le cayera. Le faltaban pocos escalones para llegar a la cocina cuando escuchó un ruido proveniente de ella. Se apresuró a bajar rápidamente, dejó la bolsa con el dinero en el bolsillo de su chaleco y miro toda la cocina. A cierta distancia había una chica que estaba en el suelo con su ropa de dormir blanca y mojada. Apretaba sus labios gruesos con desaprobación mientras miraba su chal completamente húmedo al igual que ella. Había espuma a su alrededor e intentó levantarse, pero se resbaló solo un poco, sin dolor como para que se quejara.

Camino los pocos pasos que había entre él y ella, al parecer no se había dado cuenta de su presencia hasta que estuvo frente a ella. No dijo nada y extendió su mano hacia ella, ella la recibió y le ayudó a levantarse. Estaba completamente mojada y su vestido pegado a su cuerpo. No sabía que decir que sonara educado.

—Gracias. — le dijo ella.

Su voz era baja pero firme. Cuando Albert le iba a responder con un simple: "No hay de qué", noto que ella se giraba solo un poco para sacudir su chal mojado, dejando ver su brazo izquierdo con perfecta claridad.

—Eres tú...

***

Eres tú... Las palabras de aquel joven resonaron en los oídos de Evie, como si ya las hubiera escuchado, con tal grado de asombro y el mismo tono de voz. No lo conocía, pero se le hacía familiar. Pensó y pensó, "¿De dónde me conoce o donde escuche su voz?" y lo recordó, recordó el sueño de un joven alto de hombros anchos y cabello castaño al igual que sus ojos, su voz era la misma a la de su sueño.

Trato de recordar más de aquel joven, pero era difícil y doloroso, porque todo su cuerpo comenzó a doler más. Sintió como el piso bajo sus pies se movía solo un poco. Él se acercó a ella.

—¿Estás bien?

—Sí, solo que...— Se detuvo, no lo conocía, no tenía que decirle realmente lo que pensaba.

— ¿Te llamas Evie?

La forma en que pronuncio su nombre provocó un leve escalofrío recorrer por su columna vertebral, tal vez era el frío y que estuviera mojada no ayudaba.

— ¿Cómo sabe mi nombre?

—Veras, no es precisamente la forma en que lo debería saber...— se interrumpió de golpe.




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