Corría el año 4567 de la Era XII del Linar, en el mes de abril.
El cielo comenzaba a despedir el día. Las nubes, bañadas por los últimos rayos del sol, se teñían de intensos tonos anaranjados y dorados, fundiéndose con suaves matices amarillos que anunciaban la llegada del crepúsculo. Una brisa templada recorría los jardines y hacía danzar las hojas de los árboles con un murmullo sereno.
En medio de aquel silencio, el firme y delicado repiqueteo de unos tacones resonó por el largo pasillo de piedra pulida. Cada paso era pausado y elegante, hasta detenerse frente a una puerta de madera blanca finamente tallada.
La puerta se abrió con suavidad.
Al otro lado aguardaba una habitación amplia, cálida y perfectamente ordenada. Estanterías repletas de libros cubrían una de las paredes, mientras que un gran escritorio de madera oscura descansaba junto a un amplio ventanal. La estancia estaba decorada con flores secas, pequeñas lámparas de cristal y delicados adornos que reflejaban el buen gusto de su propietaria.
La joven que acababa de entrar apenas contaba con diecisiete años. Su largo cabello anaranjado caía como un velo de seda sobre su espalda, brillante bajo la tenue luz del atardecer. Su piel era clara e impecable, y sus profundos ojos grises transmitían una serenidad impropia de alguien de su edad.
Vestía una elegante túnica de color celeste que descendía hasta las rodillas, combinada con un pantalón negro ajustado, unas resistentes botas oscuras y unos refinados guantes que cubrían sus manos. Bajo el brazo sostenía con delicadeza un grueso libro de tapas rígidas, cuya encuadernación mostraba el paso del tiempo.
Con paso tranquilo se acercó al escritorio y tomó asiento.
Bastó un leve movimiento de su mano para que las lámparas de la habitación despertaran una tras otra, envolviendo la estancia en una cálida luz dorada que disipó las sombras del crepúsculo.
Depositó el libro sobre la mesa con sumo cuidado.
Sus dedos recorrieron lentamente la cubierta antes de abrirlo. Las hojas, antiguas y perfectamente conservadas, se deslizaron unas sobre otras con un suave susurro, como si aguardaran desde hacía mucho tiempo aquel preciso instante.
Tomó entonces una estilográfica de impecable fabricación. Tras comprobar la tinta con un breve gesto, la sostuvo sobre la primera página en blanco.
Con una caligrafía firme, elegante y cuidadosamente trazada, escribió el título que daría comienzo a su historia.
STARLIGHT
EL DESPERTAR DE LA ESTRELLA
Al terminar, dejó reposar la pluma.
Sus ojos se desviaron lentamente hacia el ventanal, donde el último destello del sol desaparecía tras el horizonte. Cerró los ojos durante unos instantes y dejó escapar un largo y silencioso suspiro.
Así, con el corazón sereno y la determinación grabada en su mirada, se dispuso a comenzar el relato de su vida.
-En una ocasión me preguntaron acerca de mi vida... de mis aventuras y de todo aquello que había vivido.
Quizá les respondí. Quizá procuré satisfacer su curiosidad con algunas historias y recuerdos. Sin embargo, nunca llegué a ser completamente sincera.
No porque deseara ocultar la verdad, sino porque existen recuerdos demasiado profundos para resumirlos en unas pocas palabras.
Tal vez sea este el lugar donde, por fin, pueda contarla tal y como ocurrió.
Entre estas páginas conoceréis a todas aquellas personas que, de un modo u otro, formaron parte de mi existencia.
Aquellas que caminaron a mi lado, las que me tendieron una mano cuando más la necesitaba y también las que me obligaron a enfrentarme al dolor.
Descubriréis los momentos que me hicieron caer, las heridas que me enseñaron a levantarme y las decisiones que forjaron mi carácter hasta convertirme en quien soy.
Porque esta no es la historia de una heroína perfecta.
Es la historia de una muchacha que aprendió, paso a paso, a seguir brillando incluso cuando todo a su alrededor parecía haberse apagado.
-Todo comenzó hace más de cuatro mil años, cuando el mundo aún atravesaba la antigua Era de Endior, una época en la que los hombres levantaban sus reinos mientras la magia permanecía oculta tras los bosques ancestrales y las montañas eternas. Muy al norte, lejos de los dominios élficos y de las tierras donde habitaban las antiguas razas, se alzaba uno de los más grandes y prósperos reinos de la humanidad:
Azuris, el Reino Humano. Sus fértiles campos, sus ríos cristalinos y sus ciudades rebosantes de vida lo convirtieron en un símbolo de abundancia y paz. Sobre todos ellos dominaba un magnífico palacio de mármol blanco, cuyas altas torres y múltiples alas recordaban la forma de una estrella resplandeciente, motivo por el cual era admirado en todos los rincones del continente. Aquel reino era gobernado por el gran rey Eldrin, conocido por todos como el Monarca de la Estrella Blanca, hijo del venerado rey Aldemar, quien había unificado las tierras humanas bajo un mismo estandarte décadas atrás. Eldrin heredó no solo la corona, sino también el temple y la prudencia de su padre. Gobernaba con justicia, firmeza y una sabiduría que le permitía adelantarse a cualquier amenaza antes de que esta echara raíces. Nada parecía escapar a su mirada, y durante largos años creyó que la paz de su reino sería eterna. Junto a la reina había sido bendecido con dos hijos gemelos: Zelthon, nacido apenas unos instantes antes y destinado a heredar el trono, y Alaric, el menor, cuyo espíritu libre parecía desafiar incluso al viento. Dos príncipes inseparables. Dos destinos unidos por la sangre. Dos vidas que, con el inexorable paso de los años, serían quebradas por los designios del destino.
-Desde los albores de la Casa Real de Azuris existía una antigua certeza que jamás había sido cuestionada.
Generación tras generación, la sangre de los soberanos había sido bendecida con el don de la magia, un poder heredado de sus ancestros que se manifestaba de forma natural en cada heredero al alcanzar sus primeros años de vida. Aquella gracia no era únicamente un símbolo de autoridad, sino la prueba de que el linaje seguía contando con el favor de los antiguos designios. Nadie recordaba un solo rey, príncipe o princesa que hubiera nacido privado de aquel legado.
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Editado: 26.07.2026