Starlight Arco 1: El Despertar De La Estrella

Capitulo 1: El reino caído.

Año 6343.

La guerra había llegado hasta el corazón de Azuris.

El que alguna vez fue el reino humano más hermoso y próspero del continente ahora era poco más que un recuerdo cubierto de ceniza. Las altas torres de mármol blanco estaban agrietadas, los vitrales habían estallado en miles de fragmentos y enormes columnas yacían derrumbadas sobre el suelo. El aire estaba cargado de polvo, humo y el olor metálico de la sangre.

A lo lejos todavía podían escucharse explosiones, gritos de soldados y el estruendo de las espadas chocando unas contra otras.

Entre todo aquel caos...

Un hombre corría.

Sus pasos resonaban con fuerza sobre el suelo de mármol roto mientras respiraba con dificultad. Cada zancada era más pesada que la anterior.

Llevaba una mano apretando con fuerza su brazo derecho.

No era una herida normal.

De la profunda abertura no brotaba sangre roja, sino un extraño líquido de color morado que caía lentamente sobre el suelo dejando pequeñas manchas brillantes. De vez en cuando pequeños fragmentos oscuros se desprendían de la herida, como si aquella energía estuviera consumiendo lentamente su cuerpo desde dentro.

El dolor era insoportable.

Su respiración se volvió agitada.

Sus piernas comenzaron a temblar.

Finalmente cayó de rodillas sobre el suelo.

—¡Agh...!...

Apretó los dientes con todas sus fuerzas mientras sujetaba su brazo herido.

Por un instante cerró los ojos intentando soportar el dolor.

Cada latido hacía que la herida ardiera aún más.

Pero no podía detenerse.

No ahora.

No cuando todavía había alguien esperándolo.

El hombre levantó lentamente la cabeza.

—Solo... un poco más...

Con esfuerzo volvió a ponerse de pie.

Era un hombre de aproximadamente treinta años.

Su largo cabello blanco caía sobre sus hombros, cubierto en parte por polvo y pequeños restos de piedra. Sus ojos grises conservaban aquella mirada firme propia de un rey que jamás abandonaba a su pueblo.

Vestía una elegante armadura y ropas reales de color plateado adornadas con finos detalles dorados. Sin embargo, la tela estaba rasgada por varios lugares y manchada por la batalla. Sus botas negras apenas podían mantenerse limpias entre los escombros del palacio.

Cada paso le costaba más que el anterior.

Pero seguía caminando.

Atravesó largos pasillos completamente destruidos.

Retratos de antiguos reyes colgaban torcidos de las paredes.

Algunas antorchas permanecían apagadas.

Otras iluminaban débilmente el corredor con una luz temblorosa.

El silencio del interior del palacio contrastaba con el estruendo de la guerra que seguía librándose afuera.

Después de unos segundos llegó frente a unas enormes puertas dobles hechas de madera blanca y decoradas con delicados grabados de estrellas.

Eran las puertas de la habitación real.

El rey respiró profundamente.

Con la poca fuerza que le quedaba apoyó ambas manos sobre ellas.

Las puertas se abrieron lentamente con un pesado crujido.

En cuanto entró...

Escuchó un pequeño llanto.

Era un sonido muy suave.

Frágil.

Inocente.

Completamente ajeno a la tragedia que estaba ocurriendo afuera.

El hombre levantó la vista.

En medio de la habitación, iluminada por la tenue luz que entraba desde una enorme ventana, descansaba una cuna cuidadosamente tallada por los mejores artesanos del reino.

Cada borde estaba decorado con pequeñas estrellas, flores y lunas.

Dentro de aquella cuna...

Una pequeña bebé lloraba mientras agitaba sus diminutas manos.

Tenía apenas tres meses de nacida.

Su piel era tan clara como la nieve.

Su pequeño cabello naranja apenas comenzaba a crecer sobre su cabeza.

Sus mejillas estaban sonrojadas por el llanto.

El rey sintió que toda la tensión desaparecía por un instante.

Una pequeña sonrisa cansada apareció en su rostro.

—Mi pequeña...

Se acercó lentamente hasta la cuna.

Con muchísimo cuidado la tomó entre sus brazos.

La bebé continuó llorando unos segundos más.

Él comenzó a mecerla con suavidad mientras la abrazaba contra su pecho.

A pesar del intenso dolor que recorría su cuerpo, en ese momento solo existía ella.

—Shh...Tranquila...Atar ya está aquí...

Su voz era baja, cálida y llena de cariño.

Movía lentamente a la niña de un lado a otro intentando calmarla.

—No tengas miedo..Todo está bien...Nada va a hacerte daño...

Poco a poco el llanto comenzó a disminuir.

La pequeña abrió lentamente los ojos.

El rey sintió que el tiempo parecía detenerse.

Aquellos ojos eran muy parecidos a los suyos.

Grandes.

Hermosos.

De un tono gris claro.

Pero había algo diferente.

En el fondo de ellos brillaba una luz cálida, suave y tranquila.

Era un brillo parecido al de las estrellas cuando iluminan el cielo durante una noche completamente oscura.

Una luz que transmitía paz.

Esperanza.

Como si incluso en medio de la oscuridad todavía existiera un futuro.

El rey acarició con un dedo la pequeña mejilla de su hija.

La niña sujetó con su diminuta mano uno de sus dedos.

Era una fuerza tan pequeña...

Y, aun así, fue suficiente para hacer que los ojos del rey se llenaran de lágrimas.

Sonrió con ternura.

—Eres tan pequeña...Y aun así... iluminas este lugar más que todas las estrellas del cielo.

La bebé soltó un pequeño sonido parecido a una risa y observó fijamente el rostro de su padre.

Él dejó escapar una leve carcajada.

Por unos breves segundos olvidó la guerra.

Olvidó el dolor.

Olvidó la destrucción.

Solo era un padre abrazando a su hija.

Y deseó, con todo su corazón, que aquel momento pudiera durar para siempre.

El rey continuó caminando lentamente por la habitación, meciendo a la pequeña entre sus brazos con un cuidado casi imposible de describir.




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