Starman: Bottom Of The River

Capítulo 1: Age Old Blue

El primer aliento dolió como una bocanada de fuego.

No por calor, sino por el recuerdo de no necesitarlo.

Sus pulmones se llenaron de aire espeso, ajeno, cargado de humedad terrosa y ceniza vieja. Tosió. Tosió como si algo sagrado se le hubiera roto por dentro. Y mientras su cuerpo temblaba —nuevo, pequeño, indefenso— su alma se encogía, helada por la certeza de haber sido algo más.

Había olvidado cómo dolía nacer.

El llanto de una mujer cortó el silencio como una cuerda tensa que por fin cede. Más allá de la oscuridad, de las mantas húmedas y las manos que lo sostenían, el mundo apenas respiraba. Una cabaña de madera torcida. Un pozo que goteaba sin lluvia. Un bosque tan espeso que tragaba la luna. Y un río que parecía llevar algo mas que agua.

Él no sabía su nombre.

Tampoco sabía si aún lo tenía.

Solo sabía que sus ojos —azules, tan absurdamente azules— habían abierto antes que su boca. Y que lo primero que vieron fue el techo de ramas secas, moviéndose como si lo saludaran. Como si lo recordaran.

"¿Dónde estoy?", pensó. Pero no con palabras. Aún no tenía palabras. Solo un eco. Una vibración interna. Un grito que no encontraba forma.

"¿Que soy ahora?"

Y entonces, en medio del temblor de la carne nueva, lo sintió:

un murmullo.

No una voz. Ni un pensamiento.

Un murmullo líquido, profundo.

Lágrimas.

Cálidas, saladas, vivas.

Caían sobre su piel como una lluvia íntima, antigua, imposible de entender. No eran suyas, y sin embargo lo tocaban como si le pertenecieran. Como si fueran parte del contrato tácito que lo había traído a la vida.

Su cuerpo temblaba, aún ajeno a sí mismo, mientras esas gotas transparentes le marcaban el rostro como tatuajes de bienvenida. Las lágrimas venían de una figura inclinada sobre él, una silueta que era luz y sombra al mismo tiempo, contornos que no lograba fijar del todo.

La mujer lo sostenía con manos que temblaban más que él. Manos fuertes, curtidas, pero temblorosas, como si temieran romper algo frágil.

Era su madre. Aunque en ese momento, para él, no era más que una criatura extraña: una máscara de carne que lo envolvía, lo asustaba, y al mismo tiempo lo protegía del frío que reptaba desde las paredes.

Tenía los ojos azules.

Azules como el reflejo de la luna atrapada en los vidrios rotos de la ventana. No un azul cualquiera, sino uno profundo, mineral, lleno de memorias que él aún no podía nombrar. Y su piel era la noche. Oscura como un bosque sin luna. Como una canción olvidada.

Del cráneo le nacía una cascada de hilos plateados. Cabello que brillaba incluso en la penumbra, como si cada hebra llevara dentro un pedazo de estrella fugaz. No parecía humana. No del todo. Había en ella algo más antiguo, más salvaje, más bello y triste que cualquier cosa que él recordara haber visto, incluso en sueños.

Y, sin embargo, cuando ella lo acercó a su pecho, cuando el calor de su piel lo envolvió y su corazón marcó un ritmo que él no comprendía, pero sí reconocía, el miedo se disipó. Solo un poco. Solo lo justo para que el mundo no lo tragara del todo.

Giró la cabeza.

Lento, como quien teme que el mundo cambie si lo mira demasiado de frente.

Las sombras se multiplicaban a su alrededor. Voces apagadas, respiraciones entrecortadas, manos que no se atrevían a tocarlo pero que lo deseaban con una devoción casi sagrada. Rostros. Tantos rostros.

Eran parecidos —ojos de agua vieja, pieles de tierra y noche, cabellos como raíces de plata o carbón— pero todos distintos, como ecos divergentes de una misma canción.

Algunos lloraban con alegría. Otros con miedo. Otros simplemente miraban, con ese silencio tan lleno de amor que solo puede nacer en el punto medio del milagro y de la pérdida.

Su pequeño cuerpo, nuevo y aún sin nombre, se sentía demasiado blando para tanta emoción. No entendía qué eran esas miradas, ni por qué dolían tanto al rozarlo. No sabía que la ternura podía pesar. No sabía que el amor podía ser un incendio sin llamas.

Lloró.

Lloró porque no tenía otra manera de existir aún. Porque el mundo era demasiado grande, demasiado denso, demasiado humano.

Y entonces, sin entender por qué, cerró los ojos.

El sueño llegó como un río caliente, envolviéndolo en la promesa de un lugar sin preguntas.

Por un instante —breve como el parpadeo de una estrella moribunda— se sintió seguro.

Tal vez, pensó sin palabras, esto no sea tan malo después de todo.

[...]

Un nuevo llanto.

Esta vez no de hambre, ni de miedo, sino de pura y transparente frustración. Apenas un año de vida en ese cuerpo diminuto y ya intentaba ponerse de pie. Una hazaña que resultaba mucho más difícil de lo que había imaginado.

—¿Oh, amor, otra vez? —dijo una voz suave, cálida, pero con un deje de impaciencia.

—Déjalo —respondió otra más grave, más lenta, pero igual de cálida—. No le hará daño intentar levantarse.

—¡Claro que sí! Apenas es un pequeño, no debería forzarse así. Ven, amor... ya es hora de dormir.

La mujer lo recogió con un suspiro resignado, apretándolo contra su pecho mientras lo llevaba por la casa hasta un cuarto donde la noche ya había echado raíces. Él no lloró esta vez. Pero en su interior, algo se encogía.

No le temía a la oscuridad por lo que pudiera ocultar. Le temía por lo que ya conocía: el vacío. Ese abismo silencioso que había habitado entre su muerte y este renacer.

—Buenas noches, mi amado Renatus. Te veo en la mañana —susurró la mujer al dejarlo en la cuna.

Renatus.

Así lo llamaban. Un nombre curioso para un alma sin nombre. Como si supieran. Como si alguien, en alguna parte, le estuviera jugando una mala broma.

Al principio, los sonidos de las sombras no significaban nada. Un mar de ruido. Pero con el tiempo —como si algo en su interior ya conociera la música detrás del idioma— comenzó a entender. La lengua era extraña, un latín roto, como aprendido de un eco.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 09.02.2026

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