Starman: Bottom Of The River

Capítulo 2: Dry Grass And Shadows

La vida está llena de misterios, pensó Renatus, con la seriedad de un filósofo atrapado en el cuerpo de un niño de cinco años.

Creyó ser único. No lo fue.

Creyó haber entendido el mecanismo de la así llamada "Magia". No lo hizo.

Había algo humillante en la forma en que el mundo seguía ignorando su existencia. Seis meses enteros, y ni una sola piedra había vuelto a calentarse. Ni una. Había variado el tamaño, el peso, la textura. Probó con piedras redondas, planas, incluso una con forma de corazón que le trajo su madre con una sonrisa torpe. Nada.

La frustración se acumulaba en su habitación como el polvo debajo de su cama: inevitable y opresiva. Su "laboratorio" estaba compuesto por más de cien guijarros ordenados con una meticulosidad absurda. Clasificados por color, tamaño, densidad. Algunos marcados con tinta vegetal. Otros con símbolos dibujados con saliva.

Y claro, el pueblo no tardó en notar al pequeño con mirada afilada y puños cerrados que se agachaba en medio del mercado para examinar una roca con la intensidad de un sacerdote examinando un artefacto sagrado.

—Ahí va el niño de los guijarros —decían entre risas.

Renatus no los escuchaba. Y si los escuchaba, fingía no hacerlo. Solo respondía con un dedo levantado, no el más diplomático de todos, y seguía con su tarea.

Su teoría, absurda pero lógica dentro de su mente infantil, era simple: si repito exactamente todas las condiciones del primer éxito, volverá a suceder.

Eso incluía la posición de sus dedos, la inclinación del sol, e incluso si había comido sopa o pan esa mañana. Empezó a anotar patrones con dibujos torpes y letras invertidas. Empezó a sospechar que el clima influía. O que tal vez debía gritarle algo a la piedra antes de intentarlo. Le gritó. Nada. Le rogó. Nada.

Y sin embargo, cada vez que encontraba un guijarro idéntico al de aquel primer día —o que él juraba que lo era— su grito de victoria se escuchaba hasta el río:

—¡Este sí, este sí, ESTE SÍ!

Seguido, claro, de:

—¡¿POR QUÉ NO FUNCIONAS, PEDAZO DE TRAIDOR?!

Había una mezcla entre rabia y euforia en su búsqueda. Una necesidad de entender el mecanismo, de desentrañar el truco detrás de la magia. No quería poder. Quería precisión. Explicación.

Y aunque sus padres lo miraban con cierta preocupación disimulada —sobre todo cuando empezó a hablarle a las piedras como si fueran viejos enemigos— no lo detuvieron. Tal vez porque sabían que había algo en su mirada que no pertenecía del todo a un niño. Tal vez porque sabían que esa terquedad... algún día movería montañas.

[...]

Un día, harto de tanto fracaso, de tanto guijarro idiota y tanto suspiro frustrado, Renatus se rindió... pero solo un poco.

No iba a dejar de buscar, claro que no, pero sí iba a mirar más arriba. Tal vez el problema no era la técnica, ni el sol, ni la fase lunar. Tal vez el problema era que estaba apuntando demasiado bajo.

Y entonces la vio.

Sobre la mesa del comedor, rodeada de pan viejo y una jarra de leche agria, reposaba una piedra que no era como las demás.

Era azul. Pero no un azul cualquiera.

Un azul metálico, eléctrico, casi hiriente a la vista.

Una piedra viva, como si tuviera pulso. Como si recordara cosas.

—¿Debería...? —murmuró, con esa vocecilla interior que suena mucho como uno mismo cuando está a punto de hacer algo estúpido.

—No, madre se enojaría. Es su piedra favorita. La llama "su amuleto"...

Silencio. Una pausa dramática.

Y entonces otra voz, también suya, pero más cínica, más Renatus:

—Aunque claro, es solo un pequeño precio que pagar por saber la verdad.

Acto seguido, y con la discreción de un ladrón experto que apenas alcanza el borde de la mesa, se apoderó del mineral brillante y huyó como alma que lleva la magia. A su laboratorio. Su fortaleza. Su templo secreto: su habitación. Cerró la puerta con rituales de seguridad (una silla atrancada y una manta por si se colaba la luz).

Esperó.

Midió con una ramita la inclinación solar desde la ventana.

Contó hasta treinta y siete (porque treinta y siete es un número científicamente místico, había decidido).

Y empezó.

Colocó la piedra con reverencia sobre su altar improvisado (una caja invertida). Se arrodilló frente a ella. Puso las manos como aquel día con el guijarro caliente.

Nada.

Respiró profundo. Visualizó.

Pensó con toda su alma de niño testarudo:

"Fuego. Fuego. FUEGO."

Y la piedra respondió.

No con calor. No con luz.

Sino con una reacción completamente desproporcionada.

¡Bum!

Una explosión envolvió la habitación en un estallido de llamas azules y viento congelado. La temperatura se volvió incoherente, como si el verano y el invierno hubieran decidido pelearse a muerte justo ahí.

Los libros volaron. Las cobijas ardieron sin quemarse. Su estantería se evaporó en un suspiro dramático.

—¡CÓMO! ¡POR LOS DIOSES! ¡MAGIA! —gritó Renatus mientras giraba sobre sí mismo, más emocionado que asustado.

Y entonces, entre el caos, entre el fuego que no consumía y el hielo que no congelaba, una voz temible retumbó desde más allá del umbral del castigo materno:

—¡TE DIJE QUE NO TOCARAS MI PIEDRA DE ARKHÉON, ELUR!

Silencio.

—Ups.

El frío lo invadía, no el frío del hechizo que había lanzado con anterioridad, un frío de muerte que avisaba un destino funesto.

—En definitiva, la he cagado —se reprochó con la resignación de quien ya empieza a negociar con los dioses.

La muerte en vida, un ser que solo sabe de destrucción, entró por la puerta.

Su silueta era una sombra furiosa vestida de madre.

Ojos fríos como perma frost, mirada que podría hacer explotar una caldera.

Cruzó el umbral como una tormenta contenida, esperando ver a su marido intentando hacer magia de nuevo, como en los viejos tiempos, como en las malas decisiones.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 09.02.2026

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