Starman: Bottom Of The River

Capítulo 3: Riverside

La noche se derramaba lenta sobre el valle, como tinta negra sobre un mapa olvidado. El canto de los grillos parecía demasiado regular, demasiado medido, como si incluso los insectos supieran que había que guardar silencio. En el centro del pueblo, la vieja cabaña comunal ardía en luz tenue: antorchas encendidas a deshoras, figuras moviéndose dentro con urgencia reprimida.

Renatus estaba despierto. No por casualidad.

—¿Lira? —susurró, agazapado detrás del muro trasero—. ¿Estás ahí?

—Sí... ¿Qué está pasando? ¿Por qué hay tanta gente despierta?

—Vamos a averiguarlo.

Como sombras que se sabían pequeñas, se arrastraron entre la maleza, bordeando los arbustos, el gallinero, los baldes aún llenos de agua. Llegaron a una rendija en la madera. Y escucharon.

—...no es una patrulla cualquiera. Alguien vio los estandartes del reino... plata sobre negro. Sombras con emblemas de plata, dijo el guardia.

—¿Y cómo supieron que estábamos aquí? ¡Nadie ha salido del bosque en meses!

—Tal vez no necesitan saberlo. Tal vez solo están limpiando.

—¿Debemos huir otra vez?

—¿Y a dónde, Arven? ¿A dónde? Este es el tercer refugio en siete años. No hay más. No si llevamos a los niños, a los ancianos... no llegamos.

—Entonces... ¿peleamos?

—Con qué. ¿Con palos? ¿Con oraciones?

Silencio. Pero no el de antes. Este era espeso. Masticable. Trágico.

—Si vienen por nosotros, vendrán por todos. No distinguen entre rebelde y refugiado. Solo entre útil y muerto.

Renatus sintió que algo en su pecho se deslizaba, como una piedra cayendo dentro de un pozo sin fondo. Lira, junto a él, apretaba los labios con fuerza, como si quisiera atrapar las palabras que acababa de oír antes de que entraran por completo a su mundo.

—Tenemos que contarle a alguien... —susurró ella.

—¿Y quién nos escucharía?

Volvieron sin hablar, cada uno con un miedo distinto. Lira con uno que tenía raíces; Renatus con uno que tenía dientes.

Esa noche, acostado bajo su techo de madera y constelaciones, Renatus no durmió de inmediato. Observó la ventana, la rama que rozaba el vidrio, el reflejo lejano del río. Algo se le había quebrado dentro, algo que tenía forma de hogar.

Antes de cerrar los ojos, se prometió a sí mismo que si algo ocurría, no sería un niño temeroso.

Sería un Novus.

Y entonces, por fin, se durmió.

[...]

Un estruendo.

Un ruido y calor.

Es todo lo que se necesita para asustar hasta al más valiente de los guerreros.

El cielo no tuvo la decencia de aclarar sus intenciones. El ataque no llegó con trompetas, ni con voces, ni con advertencias. Solo una explosión: seca, como una carcajada en medio de un funeral. Y después, fuego.

Renatus despertó con el rostro bañado en un sudor que no era suyo. La pared temblaba, su ventana estalló en mil gritos de vidrio, y el olor... el olor era a carne y miedo.

—¡RENATUS! —la voz de su madre, aguda, cortando entre llamas—. ¡CORRE, YA!

No lo pensó. No razonó. Solo corrió.

El pueblo se había convertido en una garganta de cenizas. Casas derrumbadas. Gente huyendo. Voces llamando nombres que no tendrían respuesta. Hombres cubiertos con armaduras oscuras, el emblema del Rey brillando sobre sus pechos como si ardiera por dentro. No cazaban. No peleaban. Ejecutaban.

—¡MAMÁ! —gritó Renatus, y lo vio. Lo último que vería de ella.

Su madre, de pie como una torre de voluntad, el cabello agitándose como llamas blancas. Frente a ella, cinco soldados. Uno ya en el suelo, convertido en una escultura de cristal por su magia. Pero no bastaba.

Renatus dio un paso. Y en ese instante, la lanza atravesó su madre.

El mundo se apagó un segundo.

Un rugido ahogado salió de su garganta. Su padre, desde el otro extremo, peleaba con rabia muda. Herido. Cojeando. Pero de pie.

Una lanza.

Una espada.

Un final.

Un tanto poético, en realidad. Dos amantes que unieron sus vidas con algo más fuerte que la distancia, con algo más feroz que la guerra, con algo más terco que la muerte. Ahora se veían separados por veinte metros de infierno. Fuego, escombros y enemigos. Veinte metros de distancia, y una sola mirada que los cruzaba sin obstáculos.

Ella estaba de rodillas, la lanza aún clavada en su pecho, y, aun así, se mantuvo erguida, como si pudiera desafiar al acero con la pura fuerza del amor.

Él, más allá, jadeante, con la espada incrustada en su torso, con heridas que ya no sangraban.

Los ojos de ella lo buscaron entre el caos.

Él la encontró antes. Siempre la encontraba antes.

No dijeron nada. No podían.

Pero ambos pensaron lo mismo:

"Al menos te vi una última vez."

Ella sonrió con los ojos. Con el alma.

Y entonces, cayó.

Él soltó un grito que no tenía nombre. No era el de un hombre. No era humano. Era el eco de una promesa rota.

Intentó correr hacia ella.

Solo para tomar su mano.

Pero las flechas lo alcanzaron primero.

Cayó de lado, los ojos aún fijos en ella, los dedos extendidos hacia un amor que ya no respondía.

Así fue como los padres de Renatus murieron:

De pie. Separados. Pero unidos por una línea invisible, más fuerte que la muerte.

Una línea que ningún filo pudo cortar.

[...]

Renatus no lo creía.

No quería hacerlo. No podía.

Sus piernas temblaban. Su mente era una niebla espesa y su pecho, un tambor roto que ya no sabía cómo latir. Ellos tal vez no fueron quienes le dieron su primera vida, pero sí fueron los que le enseñaron lo que significa tener una segunda. Le dieron abrigo, historias a la hora de dormir, miradas llenas de orgullo y esa ternura incómoda que solo los padres saben ocultar bajo regaños.

Y ahora estaban ahí.

Dos cuerpos.

Dos formas inertes.

Dos presencias arrancadas del mundo.

Los observó, esperando que respiraran. Esperando que dijeran algo.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 09.02.2026

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