Starman: Bottom Of The River

Capitulo 4: Dirty Water

Agua.

Era todo lo que quedaba.

Un océano inmenso que se extendía más allá de los bordes del mundo, tan vasto que hacía al universo parecer una gota suspendida en el aliento de un dios dormido. El cielo —si es que aún era cielo— estaba cuajado de estrellas como heridas abiertas, pulsantes, viejas. Y sobre todas ellas, una sola luna flotaba, como un ojo bovino y metálico: azul, inmóvil, burlona.

Pululaba sobre el Nethra, esa luna indiferente que daba la vida como si no costara y la quitaba sin mirar.

Renatus no la miraba.

No podía.

No le importaba.

Solo quería no morir.

La herida le atravesaba el estómago como una sonrisa cruel. No tenía forma de cerrarla.

Dolía.

Ardía.

Y cada gota de sangre que huía de él le recordaba que todavía no era del todo cadáver.

Entonces, rezó.

No con palabras. No con esperanza. Rezó como lo hacen los que han tocado fondo con los dientes y ya no tienen orgullo que ofrecer. Rezó al agua, al planeta, a cualquier cosa que estuviera escuchando desde el fondo de aquel charco cósmico.

—Ayúdame... —fue un pensamiento, no un sonido.

Sus lágrimas no se distinguían del agua que lo sostenía.

Y sin embargo, el agua lo escuchó.

O tal vez solo se burló también, como la luna.

Pero se movió.

Una corriente leve, indecisa, como una mano temblorosa tratando de consolar a un extraño. No era suficiente para salvarlo, pero sí para no dejarlo hundirse.

¿Había sido él? ¿Había invocado esa respuesta? ¿O simplemente flotaba como un desecho más?

No lo supo.

No le importó.

Solo sabía que se estaba moviendo. Y eso, por ahora, era vivir.

Pasaron minutos, o años, o cinco segundos. El tiempo, como el cuerpo, se volvía líquido.

La conciencia era una cáscara resquebrajada.

Pero la orilla llegó.

Y con ella, el dolor.

Renatus salió del agua como se sale de un sueño: malnacido, sangrante, con arcadas. Se arrastró con las uñas —más hueso que carne— hasta que sus pulmones encontraron barro y ya no agua. Entonces gritó.

Un sonido agudo, rabioso, humano.

Tal vez fue tan fuerte que sacudió las ramas del bosque.

Tal vez ni los insectos se dignaron a escucharlo.

No importaba.

Se desplomó en la arena negra, hecho un ovillo, apretando el vientre como si pudiera impedir que la vida se le escapara por la grieta abierta.

Era diez años encerrados en el cuerpo de un fracasado.

Un niño con la mente de un hombre que había perdido dos veces.

Un ser que había tocado el borde del universo y vuelto solo para vomitar barro.

Lloró.

No por dolor.

No por miedo.

Lloró porque entendió que no había sido especial.

Lloró porque todo eso —la muerte, la reencarnación, la magia— lo había traído aquí:

a morir otra vez, pero más lento.

Después, llegó la oscuridad.

No como castigo.

Sino como alivio.

[...]

Flota. Pero ya no en agua sucia. Ahora es un río de luz líquida que recorre un jardín sin tiempo. Flores que respiran como animales. Árboles invertidos, cuyas raíces cuelgan del cielo como campanas de carne. El aire canta, y su voz es la misma que lo arrulló antes de nacer.

Renatus camina desnudo sobre la superficie del río.

Cada paso es un recuerdo que se reescribe.

El pasado se redime, por un instante.

Vuelve a ver su madre sonreír. A dos niños jugando sin miedo. A Lira, pequeña y salvaje, enseñándole a hablar con las raíces.

El universo lo mira. Y por un segundo, no lo juzga.

—Volviste, hijo mío —dice una voz que suena como su madre, su maestra y el eco de su yo futuro—. Todo era parte del plan, a partir de ahora estaremos bien, no tienes nada de qué preocuparte.

Él llora. Son lágrimas sinceras. De niño, no de adulto.

Pero,

El agua se vuelve espesa.

El suelo ya no sostiene.

Las flores abren sus pétalos y tienen dientes.

Lira aparece de nuevo, pero está sola.

Caminando por un bosque oscuro.

Su vestido está rasgado.

Sujeta una piedra como si fuera un talismán.

Renatus intenta alcanzarla.

La voz celestial calla.

Y en su lugar, otra voz —la suya— empieza a hablar:

—La dejaste.

—Te creíste redentor y eras solo un niño jugando con fuego.

—¿Creíste que bastaba con lanzarla lejos del peligro? ¿Qué pensabas? ¿Que el bosque perdonaba?

—Le diste horas. Tal vez minutos. Tal vez la última visión que tuvo fue tu patética muerte.

Lira lo mira por última vez.

Sus ojos están vacíos.

Se abre la tierra.

Ella cae.

Y no hay nadie para salvarla.

El cielo se colapsa en una espiral.

Los árboles cantan nombres de los muertos.

El agua del río se convierte en carne.

Renatus está atrapado.

En una celda hecha de sus propios huesos.

Y entonces...

un sabor metálico.

Un olor a pescado muerto y sal hervida.

Despierta.

Está tosiendo.

Tiene algo atorado en la garganta.

—¿Qué carajo es esto...? —susurra.

Y ahí, una sombra se agacha frente a él.

Una voz burlesca, desagradable.

—No te atrevas a vomitar gusano. Esa carne te costó más de lo que vales.

[...]

Una voz áspera, como gargajos endurecidos por el tabaco de una década, reverberaba por la cabaña. No era una cabaña en realidad, más bien un conjunto de maderas resignadas a no caerse, sostenidas por milagro o por terquedad. El techo rezumaba humedad, el aire olía a trapo fermentado, y sin embargo, ahí estaba Renatus, vivo.

Frente a él, encorvado como si el mundo fuera demasiado bajo para su desgracia, se alzaba el rostro mismo del asco. No era feo: era lo que queda cuando la belleza ha sido exiliada. Su complexión era dura, curtida por algo más áspero que la guerra: la supervivencia sin gloria. Ríos de agua azul, brillante como zafiros licuados, recorrían su piel de obsidiana, pulsando lento como si su cuerpo aún dudara de estar vivo. Cicatrices se cruzaban como mapas mal trazados, algunas recientes, otras viejas como el cinismo en su voz.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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