La vida de cualquier ser no se mide por las acciones que cometió, sino por cómo esas acciones resonaron en los otros.
Una mirada, una palabra, una traición pequeña: ecos que se arrastran más allá del cuerpo, más allá del tiempo.
En ese sentido, la vida de Renatus no fue nada.
No dejó huellas. No dejó heridas.
No hubo amor ni legado, ni siquiera un odio digno de persistir.
Su historia, si alguna vez fue escrita, se borró con la lluvia sucia de una ciudad que ya no existe.
Estaba Marle, sí.
Pero Marle era humo. Marle era olvido con piernas.
Y Renatus estaba seguro de que, al despertar, lo recordaría como se recuerda un mal chiste contado en la penumbra.
—Un completo desperdicio de potencial —pensó Renatus, sin amargura ni drama. Solo con el cansancio de quien ya ha aceptado que nunca fue necesario.
Y justo entonces, el bosque respiró.
Y la respiración no era suya.
—¿Te atreves a ser juzgado? —repitió el ser, sin tono, sin intención. Un aliento seco, mecánico, como el eco de una frase dicha a miles antes que él.
No había amenaza en la voz. Tampoco promesa.
Renatus no respondió de inmediato.
Porque no había nada que perder.
Ni tampoco nada que ganar.
Su vida —esa fugaz colección de heridas y huidas— carecía de sentido, y quizá por eso aceptó. No por valentía.
Sino por el cansancio de quien ya no espera más.
—Sí... —murmuró. No con firmeza, no con miedo.
Sino como quien acepta que ya ha muerto hace tiempo.
Una mano —fría como la profundidad del espacio, vieja como las primeras ruinas del mundo— se acercó a él.
Renatus no opuso resistencia. Aunque lo hubiera hecho, no habría cambiado nada.
El destino no negocia.
Como una flecha cansada, sin urgencia, la criatura hundió su mano en el pecho de Renatus.
Y allí lo encontró: su corazón.
Bañado en un azul cristalino, aún palpitante.
No rojo. No humano.
Algo más.
Renatus no gritó. No sintió dolor.
Solo vacío.
Como si el cuerpo ya supiera que eso debía pasar.
Sus párpados caían, pesados como montañas.
Y recordó esta sensación. No era muerte.
No del todo.
Era... parecido.
Parecido a cuando despertó por primera vez en la "cabaña" de Marle.
Sin más, como un trapo mojado, Renatus cayó.
Sus rodillas golpearon la tierra sin fuerza.
Como si algo en él —algo esencial, invisible— se hubiese desconectado.
El cuerpo todavía respiraba.
Pero él ya no estaba allí.
Y soñó.
[...]
—¿Cariño? ...¿Cariño? —La voz llegó acompañada de un chasquido de dedos, impaciente pero no autoritario. Más bien, irritado con ternura.
Renatus —no, él no era Renatus ahora. Era otro. Alguien cuyo nombre se le escapaba como arena entre los dedos del universo— parpadeó, confuso.
—¿Estás bien? —insistió la mujer.
Tenía el ceño ligeramente fruncido. Sus ojos decían "preocupación", pero su voz escondía algo más viejo, algo erosionado por la costumbre: miedo a que él no volviera del todo.
—¿Eh...? Sí. Eso creo.
Ella suspiró. Se apartó un mechón de cabello y bajó la mirada, como si ya conociera la respuesta.
—Tienes que dejar de trabajar tanto. No te hace bien. —Su tono era casi melancólico, como si hablara de alguien que ya estaba ausente—. Esto ya no es solo cansancio. Te vas. Por segundos, por minutos... y no estás. Deberías hacerte ver. No es normal perder la conciencia así.
Él quiso responder. Quiso tomar su mano, decirle que la recordaba, que estaba presente. Pero la mujer frente a él —la que una vez amó, la que una vez lo amó— ahora le resultaba tan extraña como su propia carne cuando reencarnó.
Ya no sabía si la había olvidado... o si simplemente ya no pertenecía allí.
—No creo que sea nada —dijo al fin, y fue una mentira tan torpe que él mismo quiso vomitarla.
Lo recordó.
No como un sueño. No como un espectro. Lo recordó de verdad.
Esa escena había sucedido. No era una ilusión tejida por el ente.
Fue real.
Fue una oportunidad.
Y la dejó ir.
Tal vez —pensó, con esa clase de pensamientos que llegan cuando ya es demasiado tarde— tal vez si hubiese dicho algo distinto.
Si la hubiera escuchado.
Si no hubiera estado tan encerrado en sus propios laberintos.
Tal vez, tal vez...
Pero los tal vez no construyen puentes.
Son clavos.
Y él los cargaba todos en la espalda, oxidados y punzantes.
No era el dolor lo que lo desgarraba: era la certeza de que pudo haber hecho algo.
Siempre creyó que habría tiempo.
Siempre pensó que podría arreglarlo más tarde.
Más tarde.
Y el "más tarde" fue la trampa.
Fue lo que le quitó todo lo que una vez amó.
—¿Amor...? ¿Amor...? —La voz llegó suave, quebrándose apenas en la última sílaba. No era la misma de antes. Era distinta. Más joven. Más cálida.
Pero contenía la misma nota oculta: esa preocupación que solo nace del amor sincero.
Renatus —esta vez sí, Renatus— volvió la mirada.
Su madre.
No como la recordaba... sino como la había olvidado: con los ojos llenos de paciencia, y la sonrisa llena de preguntas que nunca se atrevió a hacerle.
—Estoy bien, madre —respondió, por reflejo más que por verdad.
Ella frunció los labios, no convencida. Caminó hasta él, se inclinó apenas para alisarle el cabello, gesto que lo hizo temblar por dentro.
¿Por qué no lo había valorado entonces? ¿Por qué era más fácil cerrar la puerta que compartir lo que lo atormentaba?
—Últimamente te noto... lejos —dijo ella con un susurro, como si hablara a un animal herido que no quiere ser tocado—. Te vas por dentro, hijo. Y yo no sé cómo seguir alcanzándote.
Él bajó la mirada. No podía responder.
La había oído decir eso una vez.
Y la había ignorado.
Pensó que era sólo una fase. Que el tiempo todo lo curaba. Que ella siempre estaría allí, esperando, como una madre buena y eterna.
Editado: 26.02.2026