Starman: Bottom Of The River

Capitulo 6: Stuck in the Middle With You

El bar no tenía nombre. O si lo tenía, ya lo habían olvidado junto con las historias que solían contarse antes de que el Reino lo jodiera todo.

El aire estaba espeso, saturado de sudor, humo de leña vieja, y ese inconfundible aroma de desesperanza fermentada en barriles. La luz de las lámparas era tan tenue que parecía tener miedo de tocar los rostros. Nadie hablaba muy alto. Nadie reía sin mirar por encima del hombro. Era el tipo de lugar donde las palabras costaban más que el licor.

Renatus estaba en el rincón más oscuro, como siempre. Había una silla libre a su lado, pero todos sabían que no lo estaba. A su alrededor, media docena de rostros: algunos jóvenes con ojos demasiado viejos, otros curtidos como cuero maltratado, todos con esa misma expresión de hambre. Hambre de respuestas. De sentido. O, como era más común en esos tiempos, de alguna historia que justificara seguir respirando.

La madera crujió bajo su peso cuando se inclinó hacia la mesa, la copa en mano. No hizo falta levantar la voz. En cuanto abrió la boca, todos se callaron.

—Conocí a Marle en el peor momento de mi vida, y de alguna forma el desgraciado logró hacerlo mucho peor —dijo, sosteniendo una risita que se negaba a dejar salir, casi como si quisiera ocultar que realmente le importara—. Ya han pasado diez años, ¿no? Sí, por eso están todos aquí. Le tienen miedo, ¿no? Vamos, la he visto cuatro veces en mi vida. Esa desgraciada nunca ha hecho nada. Nethra. Solo supersticiones viejas de imbéciles asustadizos.

Renatus escupió el nombre como si tuviera púas.

—Nethra... La llaman "la devoradora", "el ojo azul", "la doncella de hielo y muerte". Dicen que cuando ella mira, la gente enloquece. Que los partos salen mal. Que los muertos no descansan. ¿Queréis saber lo que es?

Hizo una pausa.

—Una mujer con mejor puntería que paciencia, y con más cicatrices que tiempo.
Una puta diosa lunática a la que le rezan los cobardes porque necesitan culpar a algo más grande que ellos.
Y sí, la vi sola cuatro veces.
Cada vez peor.

La tercera vez fue con Marle.
Él la reconoció de inmediato, por supuesto. Dijo: "Ah, mira tú, la reina de los cadáveres sigue flotando."
Y yo, como el idiota que era, pregunté si era alguien importante.
Él solo se rió.

Marle siempre se reía cuando algo estaba por volverse mortal.

—Pero no es de ella quien les quiero hablar. No hoy.
Hoy quiero hablarte de él.
Del desgraciado más molesto, sucio y jodidamente... necesario que conocí.

Marle y yo. Diez años atrás.
El barro todavía estaba fresco bajo nuestras botas, y el mundo aún no sabía cuánto podía sangrar.

Era apenas un pequeño, diez años de vida y ya había visto más cosas de las que muchos no se imaginan.
Creí que no podía ponerse peor.
Joder, qué equivocado estaba...

[...]

Lo recuerdo como si fuera ayer. Marle y yo salíamos de ese pueblucho con olor a mierda. Solo estuve ahí un par de días, pero ya lo odiaba desde el principio.

Un par de monedas, un saco roto y mucha hambre: eso era todo lo que teníamos.

—¿A dónde vamos? —pregunté, sin alzar la voz, como si decirlo muy alto hiciera más real que no teníamos ni puta idea.

—¿Y yo qué sé, gusano? Tú eres el que abrió la boca para decir "vamos". Así que anda, sorpréndeme. Ilumíname con tu vasto conocimiento del mundo exterior.

—Bueno... no conozco nada de por aquí, así que...

—¿Qué? ¿Viviste en una cueva toda tu vida?

—Es... complicado. Algo así. ¿Y tú? ¿No hay algún lugar al que quieras ir?

¿Querer? En muchos lados me quieren muerto. En otros, les debo tanto dinero que hasta los cobradores me dejan propina por lástima.

—Nah... ¿Tú debiendo dinero? Imposible. Si eres puro carisma, Marle.

—¿Verdad que sí? Veo que por lo menos no estás completamente ciego, gusano.

Caminamos. Un par de horas. Nadie dijo nada.
Él se calló de repente, como si se le hubieran oxidado las cuerdas vocales. Pero no era solo silencio: era ese tipo de quietud que parece decir "he terminado de hablar para siempre".
Yo solo pensaba en comida. En encontrar un techo. En no morirme tirado en una zanja como un perro sin nombre.

—Recuerdo una vez —dijo de pronto, como si acabara de volver de una conversación que solo él había estado escuchando—. Altavallis. Ciudad rica, sucia como el culo de un gigante.
Le hice un truco de manos a un par de idiotas borrachos, ya sabes, cambié las cartas cuando no miraban. Mano ganadora. Saco unas monedas. Me río. Todo bien.
No sé cómo se dieron cuenta, pero cuando parpadeé ya tenía media taberna queriendo arrancarme los dientes.
Me escondí en la estatua de un noble gordo con cara de santo. Estaba hueca. Tres días ahí metido.
Nadie lo sabía... hasta que una maldita rata me mordió la oreja.
Grité. Me encontraron. Quemaron la estatua. Yo salí, en llamas, y rodé por un barranco como si el mundo me estuviera escupiendo de vuelta a la realidad.

—No entiendo nada de lo que acabas de decir.

—No necesitas entenderlo, gusano. Solo aprender.

¿De qué crees que tenía miedo? ¿De los borrachos con cuchillos? No.
Ellos olvidan. Siempre olvidan.
Lo que da miedo es el mundo, ¿entiendes? Esta cloaca disfrazada de civilización.
Y sobre todo, el Reino.

Tú no vienes de aquí. Se nota. No sabes cómo se siente vivir con la bota del Rey marcándote la espalda cada vez que respiras mal.
Aquí no hay errores pequeños.
Un comentario mal hecho, una ceja alzada en mal momento, conjurar una chispa en público...
Y listo.
Muerto.
O peor: vivo, pero encadenado.

No hay perdón. No hay redención.
Sigues las reglas, aunque te hagan pedazos por dentro.
O terminas siendo el cadáver anónimo que usan para practicar interrogatorios.

—Yo... lo entiendo, ¿ok? Sé que es importante. Pero ¿por qué me lo sueltas ahora? Llevamos horas caminando. Un tema de conversación hubiera estado bien antes de que mis pies se convirtieran en carne muerta.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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