Starman: Bottom Of The River

Capitulo 7: Merle and Me

La noche aún era joven en la taberna, pero el aire ya estaba rancio de humo, sudor y silencio contenido. El murmullo general apenas se había movido desde que él habló —si es que alguien lo había escuchado.

Renatus no sabía si sus palabras se habían perdido entre el rechinar de jarras y la tos seca de los borrachos, pero fingió que no le importaba.

Como si estuviera por encima de todo.

Como si no necesitara nada.

Como si no deseara, con cada fibra de su cuerpo maldito, que alguien —al menos uno— le hubiera prestado atención.

Levantó el vaso vacío de cristal, lo agitó en el aire con desgano teatral, como quien lanza una piedra en un pozo esperando escuchar eco... y solo recibe el peso de su propio silencio.

El sonido del cristal al caer sobre la mesa retumbó más de lo que debería. No porque fuera particularmente fuerte, sino porque fue uno de esos sonidos que no encajan.

Como él.

El cantinero le sirvió sin decir palabra. No lo miró. Nadie lo hacía.

Renatus se quedó un segundo observando el vaso lleno. Podía jurar que el líquido brillaba con una luz enferma. Quizá era solo su reflejo. Quizá era solo él.

El sonido del líquido golpeando el vaso selló el trato no dicho. Un acuerdo tácito entre él y el olvido.

Renatus bebió.

Un trago largo, hondo, como si pudiera tragarse el pasado de un solo sorbo. Ardió. Pero refrescaba. Como una bofetada a tiempo.

—¿En qué demonios me quedé? —dijo, secándose la boca con el dorso de la mano—.

—Ah, sí... La identidad falsa.

Chasqueó la lengua, como quien paladea una mentira bien fermentada.

—Nada más auténtico que reinventarse cuando ya estás podrido.

[...]

La mañana llegó sin pedir permiso, sin remordimientos, sin gloria.

Nada había pasado la noche anterior.

Nada estaba pasando entonces.

Y, si me preguntan, probablemente nada merecía pasar en ese rincón olvidado del mundo.

El único testigo de esa hora miserable era el zumbido de los insectos, y el olor persistente —y particularmente agresivo— de excremento en descomposición. Una fragancia que, con los años, aprendí a asociar con los comienzos.

Eso es lo único que recuerdo con claridad de ese amanecer:

El zumbido.

El hedor.

Y el pensamiento de que tal vez estaba muerto, y esto era una especie de infierno menor.

Falsari nos despertó con una calma irritante, como quien no quiere molestar al cadáver mientras le firma los papeles de resurrección.

—Arriba, espectros —dijo, con una voz que avisaba de buenas noticias.

Y por "buenas noticias", claro, me refiero a un nuevo disfraz para seguir huyendo.

—¿Y bien? —dijo Marle, todavía con la lengua dormida por el sabor a moho—. ¿Pudiste encontrarle una cara nueva al gusano?

—Algo así. No es perfecta, pero... —Falsari se encogió de hombros mientras miraba con desgana el papiro entre sus dedos manchados de tinta—. Creo que servirá.

Me extendió el papel como quien entrega un trapo viejo. Lo tomé. Lo miré. Y, por un segundo, me detuve a respirar.

Era un anuncio de "desaparecido".

Un niño, de unos doce años, de tez oscura y ojos brillantes. Sonreía como si el mundo aún no le hubiera enseñado a tener miedo.

Se parecía a mí. No exactamente. Pero lo suficiente como para engañar a los que quieren creer.

Una cara llena de alegría dibujada con tinta barata. Una mentira dulce, lista para cubrir una vida entera.

—¿Quién era? —pregunté sin apartar la vista.

—Nadie —respondió Falsari, ya abriendo otro pergamino—. Lo suficientemente muerto como para no molestar, lo suficientemente vivo como para ser creíble.

—¿Crees que realmente encaje? —pregunté, levantando el papel sin convicción—. No me parezco tanto. ¿Y si el mocoso aparece de nuevo?

Lo dije con esa preocupación fingida que uno escupe cuando ya está podrido por dentro pero quiere sonar como si aún quedara algo que salvar.

La verdad es que estaba harto.

Harto de seguir metiéndome en vidas ajenas como quien se pone ropa robada, aún húmeda del dueño anterior.

Falsari soltó un resoplido corto, casi un bostezo.

—No lo creo. Los que terminan en este tipo de papeles no vuelven.

Se encogió de hombros y añadió con una sonrisa sin alma:

—Y son niños. Todos se parecen.

Volví a mirar el cartel.

La cara del niño seguía sonriendo. Inconsciente. Limpia.

Justo debajo, en letras desproporcionadamente grandes, estaba el nombre:

"Lucem Alven"

Como si con eso bastara para saber quién era.

Como si un nombre pudiera anclar a alguien en el mundo.

Tragué saliva.

Y creo que fue en ese momento que lo supe.

Ese nombre no me pertenecía.

Ninguno lo hacía.

Y aceptar esa máscara sería otra forma de desaparecer.

[...]

Todos en la taberna hicieron un leve movimiento. Apenas un espasmo.

Pero Renatus lo notó.

La forma en que se tensaron. Cómo las miradas bajaron justo un segundo demasiado tarde.

—Oh... —murmuró, apoyándose contra la barra con una media sonrisa torcida—. Ya veo. Ese nombre sí lo conocen. Lucem. Claro. Nadie recuerda a Renatus. A ese pobre idiota. Pero Lucem, el "Hueso Negro", sí. El mercenario despiadado. El bastardo que cobra en sangre. Ese sí que deja huella. Casi cómico, ¿no? Como si Renatus hubiera muerto aquel día, y todo lo que quedó... fue Lucem.

Renatus barrió la taberna con la mirada.

Intentó fijarse en cada rostro, como si escarbara entre ruinas buscando una chispa de reconocimiento. Pero nada.

Los ojos eran extraños, las caras borrosas.

Demasiadas cicatrices nuevas. O tal vez, demasiadas antiguas.

No recordaba a ninguno.

Pero lo miraban como si ellos sí lo recordaran a él.

Y eso era mucho peor.

—Como les decía... —soltó, con tono despreocupado, girando el vaso vacío entre los dedos—. Lucem. Claro.

Naturalmente, Falsari quería una paga.



#1573 en Fantasía
#293 en Magia

En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.