La mañana era seca.
No en sentido climático —aunque también—, sino en esa manera en que lo seco se siente en los huesos, en la boca del estómago, en los gestos que no se dan.
Los rayos de luz se filtraban a través de ramas retorcidas como dedos artríticos, proyectando sombras rotas sobre la tierra. No era un amanecer hermoso, ni trágico: era uno más.
En esa taberna sin nombre, el silencio no era ausencia de ruido. Era el silencio de los gritos que no pudieron salir. Silencio que solo ocurre después de la violencia, cuando nadie sabe si sigue vivo por fortuna o por error.
Renatus salió de allí con los pasos pesados de quien no carga culpa, sino memoria. Solo.
Pues solo estaba. Y solo siempre estaría.
Nadie recordaba su nombre.
Los que alguna vez lo supieron, lo olvidaron.
Y a los que él mismo se lo dijo, están muertos.
Por su mano. O por su sombra.
El aire olía a resina vieja y sangre seca. Caminó sin prisa, con la certeza de quien no tiene a dónde ir, pero sí a dónde volver.
Llevaba consigo una bolsa vieja, deshilachada, apenas soportando su propio peso, casi como el mismo Renatus.
Caminó un rato, con los pies llevándolo donde no quería ir, aunque sabía exactamente a dónde.
Miraba sin ver.
Niños jugaban en el barro como si el barro fuera su hogar legítimo.
Vendedores ambulantes lo abordaban con la desesperación de quien no vende un producto, sino tiempo de vida.
Pasó junto a unos baños públicos que olían a hierro y hierbas. Allí, la gente se lavaba el sudor, la mugre y, con algo de suerte, la culpa. Había quien lloraba en silencio mientras el agua les caía sobre los hombros. Otros salían con una sonrisa nerviosa, como si hubieran dejado su alma en el desagüe.
Renatus entró en un edificio al final de la calle.
Un monumento al exceso de un tiempo ya sepultado.
Las columnas, gruesas y decoradas hasta la náusea, estaban talladas con figuras hinchadas de alas, rostros infantiles que pretendían inocencia y lograban inquietud. El techo, alto y curvado como un cielo domesticado, mostraba grietas que serpenteaban entre pinturas casi borradas: escenas de gloria, guerras ganadas, promesas rotas por el polvo.
Todo olía a incienso barato, a humedad contenida y a desdén oficial.
Un retrato del Rey lo observaba desde lo alto de una pared despintada. Los ojos del monarca, pintados con devoción y miedo, parecían seguir a cada visitante como un castigo silencioso.
El ambiente estaba apagado.
No por la falta de luz, sino por la ausencia de fe.
Allí, hasta los ecos parecían haberse marchado por falta de interlocutor.
Renatus avanzó. Sus pasos resonaban en el suelo como si cada uno estuviera pidiendo permiso para existir.
Se acercó al mostrador, una estructura alta, de madera oscura astillada por el uso, reforzada con rejillas de hierro oxidado que crujían con el mínimo movimiento.
Detrás de ellas, un hombre pequeño, algo gordo, con ojeras profundas y un uniforme arrugado, hojeaba papeles como si tratara de recordar por qué aún respiraba.
Cuando sintió la presencia de Renatus, no alzó del todo la mirada. Solo la justa para ver que no era un mendigo, ni nadie que pudiera ignorar.
—Nombre y encargo —dijo, como quien recita una plegaria muerta.
Renatus respiró hondo, como si responder le desgastara más que el combate.
—Lucem Alven. Encargos número 346259, 894634, 849926, 364725, 563526, 846253, 367452, 386352, 752426 y 367462.
Una pausa.
El hombre lo miró con más atención esta vez. No con interés, sino con esa clase de escepticismo que aparece cuando la realidad supera lo que uno está dispuesto a tramitar en horario laboral.
No dijo nada. Solo tragó saliva y apartó la mirada, resignado.
—Va a tener que otorgar los números de identificación de cada uno de los criminales —murmuró, mecánicamente, como si no supiera ya que iba a lamentarlo.
Renatus no respondió.
Simplemente alzó la bolsa que llevaba colgada del hombro y la dejó caer sobre el mostrador.
El golpe fue húmedo, irregular. Un ruido viscoso y lleno de carne.
El hedor escapó como una criatura liberada: metal oxidado, carne caliente ya en descomposición y sudor seco.
—Aquí están todos los números —dijo, sin mirar la bolsa—. Si necesita ver los cuerpos, están en la taberna en las afueras de la ciudad. No voy a traerlos yo.
El recepcionista miró la bolsa. Dudó un momento en abrirla, pero algo en su instinto —quizás el mismo que lo mantenía vivo en ese empleo— le dijo que no era necesario.
A través de una rendija, distinguió los muñones: manos humanas, cercenadas con precisión quirúrgica, cada una con un número tatuado, quemado o tallado en la piel de la muñeca.
—Sabe que esto no es… el protocolo habitual —dijo, sin convicción.
—¿Y usted cree que yo soy el tipo de hombre que sigue protocolos?
El silencio volvió a asentarse entre ellos. Un silencio espeso.
—Voy a… registrar esto. Puede tomar unos minutos —dijo el hombre, con un suspiro que sonaba más a derrota que a molestia.
Abrió el libro de registros con manos lentas. La pluma raspaba el papel como si cada letra doliera.
[…]
Renatus chasqueó la lengua, harto, como si acabara de probar veneno y no fuera la primera vez.
—Tsh... mil magnus por veinte imbéciles—Se dejó caer en una silla chirriante, dejando que su peso hiciera el comentario por él—. Qué generosos. ¿También me van a regalar un ataúd de cartón si muero en servicio?
Sobre la mesa, una pieza de pan esperaba su turno en el teatro de la miseria.
Renatus la miró como si lo hubiese insultado en otro idioma.
La tomó. La mordió.
El crujido fue brutal, grotesco. No el de un alimento, sino el de una viga vieja partiéndose.
Masticó un rato más.
El pan no se rendía. Él tampoco.
—Esto no es comida. Es una reliquia hostil —murmuró, tragando sin orgullo.
Editado: 26.02.2026