Starman: Bottom Of The River

Capítulo 9: Hasta la raíz

Ahí estaba él. Un hombre con demasiados nombres, y ninguno verdadero. Solo uno es conocido, y es el único que no le pertenece.

Se detuvo al borde del bosque, donde la luz comenzaba a quebrarse entre ramas torcidas. Lo recordaba bien.

Esa atmósfera densa, húmeda, como si el aire llevara siglos sin respirar. Esa presencia sutil, casi imperceptible, que susurraba desde las raíces: no deberías estar aquí.

El bosque no había cambiado. Seguía latiendo con ese pulso antiguo y hostil, como si fuera un animal dormido al que no convenía despertar.

La marca sobre su pecho ardía, suave al principio, luego con una cadencia inquietante, como un segundo corazón.

Un mensaje sin palabras: el bosque también lo recordaba.

¿Realmente valía la pena?

Cinco mil magnus. Una cifra tentadora, sí. Pero incluso el oro suena a mentira cuando viene de labios reales.

¿Se los pagarían de verdad? ¿O simplemente querían que eliminara un estorbo… antes de eliminarlo a él?

La idea no era nueva. El Reino no tenía enemigos, tenía herramientas desechables.

Recordaba la conversación con nauseabunda claridad.

—Muy bien, señor Alven, solo falta que firme este acuerdo de rendición de responsabilidad.

—¿Qué? A mí no me dijeron nada de firmar papeles.

—Es solo una formalidad —había dicho el burócrata, con esa sonrisa de pergamino húmedo—. Si por alguna razón no consigue completar la misión, el Reino se reserva el derecho de negarle toda compensación.

—…

—Y claro, si decide abandonar la tarea a última hora, el Reino no podrá obligarlo a continuar. Completamente justo, ¿no le parece?

Justo.

Una palabra tan podrida en boca del Reino que casi le dio risa.

—Recuérdame de nuevo qué tengo que buscar.

—Eso es confidencial, señor. Ya se lo explicaron.

—Refresca mi memoria —gruñó, frunciendo el ceño como si oliera estiércol detrás del protocolo.

El funcionario suspiró, revisó unos papeles que claramente no necesitaba revisar, y adoptó ese tono burocrático que convierte la crueldad en rutina.

—Es una subvariante. Diferente a cualquier raza que ya conozca. Técnicamente puede adoptar la forma de cualquier raza, pero se distingue por una marca inconfundible: lunares verdes. Cubren todo su cuerpo, incluso en las zonas más difíciles de ver.

—¿Y qué tiene de peligrosa? ¿Te arranca el alma o solo los impuestos?

El funcionario no rió.

—Es de máxima prioridad para el Reino que esta aberración sea eliminada de raíz. Ya enviamos múltiples pelotones. Ninguno regresó. Usted… usted es nuestra única esperanza, señor Alven.

"Nuestra única esperanza."

Cuánta desesperación en una frase tan bien ensayada pensó Renatus.

Y ahí estaba. Frente a la boca del bosque.

No una entrada, no un sendero: una fauces abiertas, verdes y silenciosas, esperando.

Respiró hondo. El aire olía a tierra mojada, savia vieja y advertencias sin voz.

—Después de todo… —murmuró— ¿qué podría ser más raro que todo lo que ya he visto?

Y entró.

Como quien sabe que va directo a una trampa, pero ya está demasiado cansado para fingir que le importa.

[…]

El aura del bosque era, sin duda, intimidante. Vieja. Viva. Lo envolvía como un susurro que no necesitaba palabras.

Y, sin embargo, Renatus no se sentía amenazado.

No esta vez.

Cada criatura, cada sombra con ojos que se movía entre las ramas, simplemente lo ignoraba. O se alejaba en silencio, como si su presencia no provocara ni miedo ni alerta.

Como si el bosque no supiera por qué había venido.

Como si él fuese... un invitado confundido en la fiesta equivocada.

No era bienvenida.

No era rechazo.

Era indiferencia. Y eso lo inquietaba más que cualquier emboscada.

Buscó durante horas.

Alrededor, sobre, debajo de cada árbol. Nada. Absolutamente nada.

Ninguna señal de lunares verdes. Ningún rostro desconocido.

Solo criaturas pequeñas, con formas vagamente humanoides, que huían al verlo con el miedo reflejo de quien ha aprendido a temer las botas humanas.

Pero nada como lo descrito.

Nada que justificara cinco mil magnus.

Lo único verde en ese bosque eran las plantas. Y las excusas.

Frunció el ceño.

Tal vez el problema era el silencio. Si esa cosa era tan peligrosa como aseguraban, quizá bastaba con provocarla.

Así que decidió hacer lo que mejor sabía: molestar.

Gritó. A pleno pulmón.

Golpeó las palmas como si celebrara un festival en mitad del reino prohibido.

Arrojó ondas de choque mágicas que hacían vibrar los árboles y espantar a las aves.

Nada.

Solo las pequeñas criaturas, aún más asustadas.

Y justo cuando pensaba que el bosque lo había devorado sin tragarlo… la vio.

Una sombra.

Moviéndose entre los árboles.

Rápida. Precisa.

Como un relámpago contenido en carne y hojas.

Como si no estuviera huyendo… sino danzando en su elemento.

Renatus alzó su cuchillo a la altura del ojo, el filo alineado con su mirada. En la otra mano, una esfera de fuego crepitaba, viva, impaciente.

“Sería una pena quemar este bosque,” pensó, “pero si no me deja opción…”

No terminó la frase en su mente. No hacía falta.

Entonces lo sintió.

Una presencia. No adelante, no entre los árboles. Detrás.

Como una sombra cayendo sobre él, silenciosa, precisa.

Giró en un instante.

El cuchillo voló directo a la yugular. No dudó. No pensó.

Pero lo que encontró no fue un monstruo.

Era una mujer. De su edad, tal vez un poco más joven.

Piel blanca como la luna. Ojos color miel, cálidos y extrañamente tristes.

Y el cabello…

Cabello azul claro, con reflejos de menta.

Como el agua en calma de un lago que ya ha visto cosas imposibles.

Por un segundo, todo el bosque pareció contener la respiración.

Renatus se preguntó qué hacía esa niña aquí.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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