Starman: Bottom Of The River

Capítulo 10: Lady Divine

Pequeños crujidos provenían del suelo; ramitas y hojas secas se quebraban con cada paso, como si el bosque mismo suspirara por su partida. A medio camino hacia la ciudad, una conversación apagada seguía su curso.

—Muy bien, Lira. Dime, ¿qué es lo que no debes hacer?

Ella parpadeó un par de veces antes de responder, como si repasara una lista invisible.

—Hum... No debo usar magia, no debo decirle a nadie mi nombre, y no debo hablar demasiado con nadie. Especialmente con los que usan armadura.

Renatus asintió con aprobación disimulada.

—Muy bien. Aprendes rápido. Lo cual es bueno. Porque el mundo no tiene paciencia para los lentos.

—¿Aunque... de verdad no puedo usar ni un poquito de magia? —preguntó, como quien intenta colarse por una rendija de misericordia.

Renatus soltó una risa seca, sin humor.

—Nada. Ni un chispazo. El Reino tiene orden de matar a cualquiera que mencione la palabra magia. Incluso si la deletreas.

—Oh... —murmuró ella. Bajó la vista un momento—. Me imaginaba el mundo fuera del bosque diferente... no sé, lleno de personas amables. Como en la aldea.

—Bueno —Renatus ladeó la cabeza, soltando un suspiro como quien se prepara para arrancar una venda—. Lamento decepcionarte. Allá afuera las personas amables son como los días sin viento: raros, silenciosos... y probablemente una trampa.

—¿Y si yo intento ser amable de todos modos?

—Entonces te van a devorar primero. Pero al menos tendrás la conciencia limpia mientras lo hacen.

—¿Devoran a las personas por ser amables?

—No literalmente —gruñó él.

—Ah. Sigues diciendo palabras que no entiendo.

Renatus se pasó la mano por la cara, como si intentara borrar el mundo.

—Bienvenida al infierno, compañera. Lo único peor que estar solo es estar mal acompañado. Y ahora tengo ambas cosas al mismo tiempo.

—Gracias, también me alegra viajar contigo —dijo ella con toda sinceridad.

Renatus se quedó en silencio un momento. Luego, sin mirar atrás, reanudó el paso.

—No era un cumplido...

—¿Ah no?

—...Olvídalo.

[…]

Llegaron a la ciudad cuando el atardecer ya lamía los bordes del horizonte con su luz cansada. No era un espectáculo majestuoso. No con esa vista.

Calles polvorientas, humo suspendido en el aire como telaraña vieja, y techos que parecían a punto de rendirse. La ciudad no se alzaba ante ellos. Simplemente estaba ahí, como un animal viejo al que ya no le importa impresionar.

Lira frunció ligeramente el ceño. No de disgusto, sino de leve decepción.

—¿Pasa algo? —preguntó Renatus, sin dejar de caminar.

—No... bueno... —ella buscaba las palabras como quien intenta atajar mariposas con las manos—. Creí que sería un poco más... ya sabes, lleno. Vivo.

Renatus miró al horizonte. Decenas, quizá cientos de personas se movían a lo lejos, como hormigas enloquecidas entre callejones. Voces. Ruidos. Hierros golpeando cosas.

—A mí me parece bastante lleno —dijo, encogiéndose de hombros.

—Yo me refería a plantas. Y animales. Casi no hay. Se siente raro.

Renatus soltó un bufido, mitad risa, mitad resignación.

—Bienvenida a la civilización. Aquí lo que no produce, molesta. Y lo que molesta, se arranca de raíz.

Lira bajó la vista al suelo, donde no había ni una sola flor, ni siquiera una hierba rebelde entre los adoquines.

—Tal vez... tal vez no quiero vivir aquí.

—Genial. Llegamos tarde y ya quieres volver. Qué entusiasmo.

—¿Tarde para qué?

Renatus la miró con una expresión tan agotada que parecía prestada de otro hombre, uno mucho más viejo.

—Para hacer como que esto vale la pena.

Se dirigieron al mismo edificio viejo de antes, ese que parecía haber olvidado su edad pero no su vanidad. Columnas desconchadas pretendiendo nobleza, paredes que olían a humedad y a papeleo viejo. El intento de elegancia era tan evidente como triste.

—Genial —gruñó Renatus—. Es la tercera vez que vengo hoy… y la primera que vengo con las manos vacías. Me siento especial.

Lira entró tras él con pasos suaves, los ojos como platos, brillando al ver las lámparas de cristal artificial, los murales desvaídos que mostraban escenas heroicas, y el eco de los tacones sobre el mármol. Su expresión era de asombro genuino, como si acabara de descubrir un templo secreto.

—Wow… —susurró, mirando hacia el techo—. ¿Viven aquí los reyes?

Renatus se tragó una carcajada.

—Sí. Los reyes del papeleo.

Apenas se acercaron al mostrador, el burócrata levantó la cabeza con una sonrisa que parecía más adherida que sentida.

—¡Oh, señor Alven! Qué gusto verlo de nuevo —entonó como quien se reencuentra con un viejo amigo.

—Sí… no opino lo mismo —dijo Renatus sin una gota de intención diplomática.

—¿Tiene buenas noticias sobre el asunto? —preguntó el burócrata, bajando ligeramente la voz y dejando que la palabra flotara con aire de importancia.

Renatus miró a Lira, que ahora inspeccionaba una planta falsa con una fascinación desproporcionada. Sus labios se movieron titubeantes, como quien no decide si escupir veneno o tragarlo.

—No encontré nada —dijo finalmente, con el tono más seco que pudo reunir—. Casi muero allá por culpa de las bestias, y no había nada.

El burócrata arrugó la frente, con gesto ensayado de pesar.

—Me entristece escuchar eso, señor Alven, pero el contrato estipulaba que-

—No me refiero al contrato —interrumpió Renatus, inclinándose sobre el escritorio con una sonrisa falsa que era pura amenaza—. Me refiero a que dejen de perder el tiempo de la gente con cuentos. Si hubieran mandado a alguien menos preparado que yo, estarían enterrando un cadáver en este momento. Y no sería el mío.

Un silencio denso se coló entre los tres. Lira levantó la vista de la planta muerta y dijo, muy seria:

—¿Quieres que finja que eres un cadáver? Soy buena fingiendo cosas.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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