Starman: Bottom Of The River

Capítulo 11: You Shook Me All Night Long

La noche era tranquila. Luxor y Nethra —los gemelos del firmamento— vagaban libres entre las estrellas, como si nunca hubieran conocido cadenas. Renatus, en cambio, sí las conocía. Y una de ellas dormía ahora en su regazo.

Lira respiraba con calma, ajena —o casi— al caos que había desatado horas antes. Esa criatura extraña y desarmada, con sus ojos de asombro perpetuo, había logrado algo que ni los más osados soñaban: una droga que hacía sonreír a los cadáveres. Todo, por el simple deseo de hacer feliz a los demás.

Renatus no estaba molesto. Ni siquiera confundido. Estaba... inquieto.

No por el hecho de que hubiera esparcido alegremente sus “esporas de felicidad” por el aire, convirtiendo un comedor comunal en un carnaval de carcajadas histéricas. Ni siquiera por la total ausencia de remordimiento en su rostro cuando le preguntó si lo había hecho a propósito, y ella respondió con un “¿no te gustó?” lleno de inocencia criminal.

No. Lo que lo desconcertaba de verdad era otra cosa.

Lo había logrado solo porque quiso hacerlo.

Ese deseo, tan puro como peligroso, había sido suficiente para crear algo que podría ser arma, medicina o adicción. Sin estudios, sin cálculos, sin ética. Solo intención.

Y eso —eso— le daba miedo.

Renatus estaba sumido en sus pensamientos, con la mirada perdida en algún punto entre las estrellas y la frente de Lira.

—Tal vez esto no esté tan mal.

Era una idea peligrosa. Insidiosa. Una que se colaba en su mente como humedad en una pared vieja.

En las últimas 48 horas había sentido más emociones que en los últimos dos años. Risa. Frustración. Una punzada de ternura maldita. Incluso el amago de esperanza, ese veneno suave.

—Podría acostumbrarme a esto.

La frase le dejó un sabor a óxido. Porque sabía que acostumbrarse era el primer paso para perderse. Y, sin embargo, ahí estaba. Con una niña en brazos, un cielo inmenso sobre la cabeza, y una guerra que lo buscaba aunque él no quisiera pelearla.

—Así que ahí estabas, gusano —dijo una voz femenina, con un timbre grave que casi reverberaba en el aire nocturno como una amenaza que disfruta del eco.

Renatus parpadeó.

—¿Cómo me dijiste, imbécil? —espetó, con una indignación tan genuina que rozaba lo teatral, como si esa palabra fuera un privilegio reservado a un grupo muy selecto de personas... y ella no formara parte de él.

Frente a él estaba una mujer que no había salido de ninguna pesadilla... pero tampoco de un sueño. Casi tan alta como él, cabello castaño con reflejos rojizos y una ondulación ligera que no alcanzaba a suavizar la tensión de su postura. Su rostro, de facciones suaves, tenía un tipo de belleza que no pedía permiso para existir. Hermosa, sí —casi hermosa, pensó Renatus—, pero aquello se perdía detrás de la expresión de enojo que no parecía dirigida a él, sino al mundo entero.

Sus ojos esmeralda brillaban con una furia serena, y su piel de cobre pálido parecía esculpida a martillazos por algún dios con mal carácter. Era robusta como una estatua viva, con músculos marcados que hablaban de fuerza sin pedir disculpas.

Tatuajes recorrían sus brazos como ríos de tinta antigua, símbolos que Renatus no reconoció, pero que olían a historia y rabia.

Y entonces pensó, con toda la irreverencia de alguien que no aprende ni después de morir: “Ella es jodidamente sexy.”

—Ya me oíste —dijo la mujer con una sonrisa filosa—. Estuve buscándote por días. Me dijeron que estabas en esta ciudad, pero vaya que eres una rata escurridiza, Lucem.

Su voz arrastraba el nombre como si fuera una maldición decorativa.

—Pero ya veo por qué no te encontraba —añadió, lanzando una mirada hacia la figura dormida de Lira—. Estabas demasiado ocupado divirtiéndote con esta florecita, ¿no?

Renatus la miró, y algo en su rostro cambió. Una mueca de asco se le cruzó entre los ojos. No fue furia, fue algo peor: repulsión envuelta en incredulidad.

—¿Perdón... pero te conozco? —dijo, como si intentara limpiarse la voz con la lengua.

—No. No lo creo. Pero no hace falta —respondió ella, cruzándose de brazos—. No necesitas conocerme para lo que vengo a pedirte.

—¿En serio? ¿Y qué sería eso? —preguntó con tono plano, casi como si hablara del clima. Ni un gramo de interés.

—Nada en especial —dijo ella con una sonrisa ambigua—. Solo necesito que me acompañes. Una visita rápida y ya está. A cambio, te llevas todo el Arkhéon que quieras.

Renatus ladeó la cabeza. Un gesto leve, como si la lógica de la oferta se le deslizara entre los dedos.

—¿Perdón? ¿Y para qué querría yo Arkhéon?

Ella se encogió de hombros.

—Bueno... es bueno para hacer magia, ¿no? —lo soltó sin miedo, como quien menciona el clima—. Además sirve para hacer estos tatuajes increíbles.

Renatus se tensó. Fue sutil, pero claro. Como si alguien hubiera abierto una puerta prohibida con un silbido.

Magia.

Lo había dicho así, sin filtros, como si fuera una palabra más. Como si no colgaran cuerpos por eso. Como si no fuera una sentencia de muerte solo pronunciarla en voz alta.

Y lo peor: lo había dicho sin miedo.

—Wow, wow, wow, vamos a calmarnos un poco —dijo Renatus, alzando las manos con una ironía tan densa que podría usarse de mortero.

El alboroto despertó a Lira, que alzó la cabeza aún medio dormida.

—Reni... ¿qué está pasando? —preguntó, con esa voz frágil que parecía no entender el filo del ambiente.

—Mira quién se despertó —soltó la mujer con una sonrisa torcida—. Pero qué tierna. Tiene un apodo para ti y todo.

Renatus bufó. No porque le molestara el comentario, sino porque le molestaba que tuviera razón.

—Pero mira, voy a ser honesta —continuó ella, clavando los ojos en él como quien apunta con una daga—. No soy buena para las palabras.

—Sí, se nota —añadió Renatus, seco como ceniza.

—Déjame terminar —resopló, y se obligó a tomar aire—. Soy parte de un grupo rebelde, ¿bien? Nuestro líder quiere verte. Le pareces alguien de lo más interesante, Lucem.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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