—Pensándolo bien, esta nueva vida ha sido... extraña —reflexionó Renatus, en un no-lugar donde ni siquiera la conciencia parecía tener forma—. Tuve una familia que me amaba. Pacífica. Casi feliz. Si todo hubiera seguido así, no habría protestado. Habría sido uno más. Uno menos.
Pero luego los perdí.
Después conocí a un imbécil con cara de perro viejo y humor de verdugo... y terminó siendo uno de los mejores amigos que he tenido. En esta vida, y en la anterior. Claro que también lo perdí.
Me convertí en algo que ni yo podía mirar al espejo sin escupirle. Despreciable, solitario, funcional.
Y entonces apareció Lira. Con su mirada dulce, su lógica torcida y esa forma de no entender mis sarcasmos que, por algún motivo, me hizo querer seguir hablando. Creí que las cosas mejorarían. Qué idiota.
Y ahora estoy aquí. Caminando directo a una muerte segura. Si digo que no, estos rebeldes me matarán. Si digo que sí, el Reino me matará.
Una elección digna de los dioses, ¿no? Condenado por acción o por omisión. Mierda de vida. Mierda de reencarnación. Mierda de destino.
[…]
Renatus despertó.
Confusión primero. Dolor después. Desorientación constante.
El techo que vio al abrir los ojos era de tela gruesa, remendada con trozos de cuero y remates torpes. Una tienda.
Una casa de campaña, casi improvisada. Pieles de animales cosidas con cuidado brutal, no lujosas… pero sí extrañamente bellas. Arte involuntario.
En una repisa de madera, una vela chisporroteaba con una llama testaruda, y junto a ella, un vaso de barro lleno de agua.
Agua.
Clara. Limpia. Sin residuos. Sin ese sabor metálico que lo acompañaba desde la infancia.
“Qué raro,” pensó con amargura. “Hace siglos que no veía agua así.”
Entonces notó las cuerdas.
Manos y pies atados. Una presión sorda en las muñecas.
Claro. Ser capturado era la consecuencia lógica de muchas de sus decisiones recientes.
Giró la cabeza.
Y allí estaba ella.
Lira.
Despierta. Atada como él. Mirándolo con los ojos muy abiertos, brillantes, redondos como lunas llenas.
Y sonriendo. Sonriendo con esa felicidad ingenua y desarmante como si acabaran de despertarse en un picnic.
Renatus parpadeó.
—... ¿Estás bien? —murmuró, con voz rasposa.
Lira asintió con energía, la cuerda de sus muñecas crujió.
—¡Sí! ¡Nos capturaron! ¡Pero estoy contigo, así que está bien!
Él la miró. Largo.
Y solo pudo decir:
—Estás loca.
—Creí que habías muerto, —dijo Lira, sin perder la sonrisa, pero con un temblor en la voz que la delataba.
Renatus entrecerró los ojos.
—¿Por qué estaría muerto? Ese no era el trato. Si perdía, tenía que venir aquí... ¿lo recuerdas?
—Sí, pero... la forma en que simplemente te desvaneciste. Sentí miedo.
Silencio.
—Miedo de que no despertaras otra vez.
Renatus suspiró. No por tristeza. Por costumbre.
—¿Y estuviste despierta todo este tiempo?
—¡Sí! Te vi dormir.
Hizo una pausa, como si estuviera revelando un secreto valioso.
—Respiras diferente cuando duermes. Más calmado. Sin tanto miedo.
Renatus la miró con esa expresión entre fastidio y algo más peligroso: afecto.
—Estás tan tranquila con estar atada como si esto fuera parte del paseo.
Lira se encogió de hombros como pudo, las cuerdas crujiendo otra vez.
—Estoy contigo. Y mientras estés aquí, no tengo miedo. Además, nadie nos ha gritado aún. Eso es buena señal, ¿no?
—Claro —murmuró él, ladeando la cabeza hacia el techo—. Nadie nos ha gritado aún. Qué alentador.
Renatus la observó con más atención.
Y entonces lo notó.
Lira no llevaba su máscara de piel.
Por un instante, se le congeló la sangre. El estómago se le encogió en un reflejo condicionado por años de sobrevivir entre monstruos que dictaban leyes sobre rostros y razas.
Allí estaba ella.
La de verdad.
Piel blanca, salpicada de manchas verde musgo.
Cabello menta, suelto, enmarañado, pero suave como el alga que flota en aguas quietas.
Sus ojos grandes y redondos, sin el filtro de la máscara, lo miraban con una honestidad que dolía.
El pánico lo atravesó como un rayo.
“¿Qué está haciendo? ¿Por qué no la lleva puesta? Si alguien la ve, si alguien—”
Y entonces recordó.
No estaban en el Reino.
El campamento olía a tierra húmeda, no a mármol esterilizado.
Allí, las leyes no llegaban.
Ni el Rey.
Ni sus perros.
Soltó el aire, despacio.
La cuerda raspaba, pero era la única prisión que sentía real.
—Te quitaste la máscara —murmuró.
—¿Eh? Ah, sí. Me siento más cómoda así —respondió ella, con una sonrisa pequeña, como quien revela un secreto bonito.
Renatus asintió, lento.
Pero el miedo, pensó, aún tardaría en quitárselo él.
La conversación se vio interrumpida por el sonido de pasos.
Muchos.
Pies que pisaban firme, pero no como soldados. Más bien como personas que no querían matar... solo asegurarse.
Renatus se tensó. El instinto lo azotó.
No importaba cuán calmada fuera el agua: si crujía la maleza, algo venía.
Tres figuras cruzaron la entrada de lona, empujando la luz de la mañana al interior.
La primera fue Valeria.
Su ceño fruncido habitual seguía allí, pero algo en su expresión estaba más... templado. Como si su furia se hubiera enfriado en la herrería de la reflexión.
Sus tatuajes habían vuelto. No los mismos de antes. Estos eran más profundos, más vivos. No tinta: historia.
La segunda fue una mujer.
Pequeña, de piel canela y cabello largo como un riachuelo de tierra húmeda.
Su mirada era el tipo de mirada que hace que te quieras sentar, llorar y contarle tu vida.
Parecía la clase de persona que te desataría las muñecas, te envolvería en una manta y te daría chocolate caliente sin preguntar qué hiciste para acabar atado.
Un poco mayor que los demás, pero no tanto como para sentirse ajena. Solo lo justo para parecer que ya lo había vivido todo... y aún así seguir allí.
Editado: 26.02.2026