Starman: Bottom Of The River

Capitulo 13: Nothing's new

La llama de la vela ardía, lenta y constante. Un baile leve, indiferente al mundo, como si nada más importara. Renatus la miraba sin parpadear, como si en ese parpadeo pudiera derrumbarse.

Lira lo miraba a él.

Su expresión era difícil de descifrar. Una mezcla torpe de tristeza, rabia y algo aún más incómodo: comprensión.

—¿Entonces? —preguntó Lira, apenas un susurro.

—¿Entonces qué? —respondió Renatus, sin apartar la vista del fuego.

—¿Esto es todo? ¿Así vamos a quedarnos? ¿Esperar, escondernos, hasta que nos maten como a ratas?

Hubo un silencio. La vela titiló, como si dudara con ellos.

—Puedes irte si quieres —dijo él, al fin—. Nadie te obliga a quedarte.

Ella lo miró con los ojos bien abiertos, sin pestañear. Como si acabara de decir algo estúpido.

—Sabes muy bien que no quieres decir eso, Reni.

Renatus apretó la mandíbula. No contestó. Siguió mirando la llama, como si pudiera meterse dentro de ella y desaparecer.

Lira suspiró, largo, como quien se rinde pero no se va. Se sentó en el suelo, cruzó las piernas y apoyó los codos sobre las rodillas.

—¿Sabes qué es lo que más me molesta? —dijo, con la voz tranquila, casi tierna—. Que me acostumbré a tenerte cerca. A que estuvieras ahí. Como si fueras… inevitable.

Renatus alzó una ceja, apenas.

—Un cumplido extraño.

—No lo es. —Ella se encogió de hombros—. Es como la lluvia. No me gusta mojarme, pero si no llueve nunca, algo está mal.

Él soltó una risa seca.

—Eso es lo más insultante que me han dicho.

—Aún no termino.

Lira se inclinó un poco hacia él. No con amenaza, sino con algo más peligroso: sinceridad.

—No vine contigo porque crea que eres bueno. Vine porque sé que no lo eres del todo. Porque no estás tan roto como finges.

Eso sí lo hizo mirarla. La vela crepitó, lanzando una sombra larga sobre su rostro.

—No sabes nada de lo que soy.

—Tampoco tú —dijo ella, suave—. Pero sí sé lo que fuiste.

Renatus frunció el ceño.

—Solo quiero saber… ¿qué le pasó a ese niño que se emocionaba al encender un poco de fuego? Al niño que me salvó sin importarle morir.

Renatus tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz fue baja, filosa.

—Creció. Vio la cara descubierta de este mundo… y créeme, no fue nada bonito lo que vio.

—Sigues hablando así —dijo Lira, con los ojos clavados en él—, como si siempre hubieras estado solo.

—De alguna manera… siempre lo he estado. —Renatus se encogió de hombros, sin mirar—. No soy más que una molestia. Un accidente esperando a ocurrir. La suerte es algo que no puedo darme el lujo de tener.

Lira apretó los puños, pero su voz siguió serena.

—Pero ellos quieren hacer algo bueno. Algo mejor. ¿No era eso lo que tu madre quería?

Ese nombre lo golpeó como un puño suave. Renatus se mordió el labio. Volvió a mirar la vela, esta vez con fuerza, como si quisiera apagarla con la mirada.

—Ellos no me necesitan. Estarán bien sin mí. Yo solo causo problemas.

—Eso no es verdad, Reni.

Lira le tomó el hombro. No fue un gesto grande, pero en Renatus tembló algo.

—Todo lo que he conocido de ti ha sido bueno. Has hecho más que ayudarme. Incluso cuando no querías. Incluso cuando decías que no te importaba.

—…

—Sé que, con un poco de esfuerzo, puedes lograr cosas increíbles. Lo sé porque ya las estás haciendo. Solo que no te das cuenta.

Silencio. El tipo de silencio en el que la vela parece más ruidosa que una multitud.

—Yo… —murmuró Renatus, apenas un soplo de voz—. Nunca te he contado cómo murió Marle, ¿verdad?

Lira negó con la cabeza, despacio.

—Nunca quise preguntar —dijo, tranquila—. Si era tan importante para ti, sabía que algún día me lo contarías.

Renatus tragó saliva, como si cada palabra fuera una astilla atravesándole la garganta.

—Yo… —empezó, y luego bajó la mirada—. Yo lo maté. Fue mi culpa que muriera.

La llama de la vela titiló, como si la habitación contuviera el aliento.

[…]

Fue durante el séptimo año desde que nos conocimos. Teníamos reglas claras. No hacer nada estúpido. No meternos en asuntos ajenos. No hablar más de lo necesario.

No era perfecto, pero era bueno. Me sentía vivo. Tenía a alguien que me importaba. Alguien que no me tenía miedo. Alguien… al que podía llamar amigo.

Ese día... era hermoso.

El sol brillaba con esa arrogancia de los días felices. Los insectos zumbaban como si el mundo les perteneciera. El viento no rugía, no advertía; soplaba suave, como una caricia.

Y yo rompí una de nuestras reglas.

Vi a un niño.

No debía detenerme. No debía acercarme.

Pero el niño lloraba en medio de la calle... y algo dentro de mí, algo que creí muerto, despertó.

No sé qué me pasó. Ese llanto me recordó algo. Algo que pensé que había olvidado hacía mucho.

Quise... no lo sé. Calmarlo. Hacerlo reír. Algo.

Encendí una chispa en mi mano, apenas un destello para distraerlo. Con la tierra formé un pequeño muñeco, una tontería. Solo quería que dejara de llorar.

Cuando vi sus ojos —dos soles diminutos brillando por algo tan simple— me sentí bien.

Sentí que, por una vez, hacía algo correcto.

Me levanté y me fui, creyendo que ahí acabaría todo. Un gesto amable. Una memoria feliz para el niño. Nada más.

Pero.

Mientras descansábamos, Marle entró, pálido, jadeando como un hombre a punto de romperse.

El pueblo estaba enloquecido. Buscaban a un mago.

Un mago de piel negra. De cabello plateado.

Alguien —quizá el niño, quizá su madre, quizá un simple rumor— me había delatado.

Y los caballeros del Reino venían por mí.

Traté de decirle a Marle que huyéramos. Que aún había tiempo.

No me escuchó.

Solo tenía esa expresión…

Resignación. Derrota. Y algo peor: aceptación.

Le grité que se fuera. Que esto era culpa mía. Que no tenía nada que ver.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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