Starman: Bottom Of The River

Capítulo 14: Let There Be Light Again

La noche era tranquila.

El sol, agazapado tras el horizonte, amenazaba con romper la oscuridad en cualquier momento.

Y Renatus... Renatus no sabía qué pensar.

Lo había hecho. Había aceptado unirse a la rebelión.

¿Por qué?

La respuesta era simple. No porque fuera lo que el mundo necesitaba. No porque fuera lo que las personas esperaban.

Porque era lo que él necesitaba.

Y también —aunque le costara admitirlo— porque no podía permitir que Lira se uniera sola.

Lucius lo miró con una sonrisa tranquila, el rostro lleno de una comprensión profunda que a Renatus le resultaba ajena.

Le pidió con un gesto suave que se pusiera de pie.

Cuando Renatus obedeció, Lucius lo abrazó, apretándolo con fuerza fraternal.

Renatus se tensó. No era un hombre hecho para esos gestos —su piel, su alma, todo en él pedía distancia—, pero no se apartó.

Sabía, de alguna forma muda y extraña, que así debía ser.

—Sabía que volverías —dijo Lucius en voz baja, como compartiendo un secreto—. Lo vi en ti desde el primer momento. No eres de los que dejan las cosas a medias.

Antes de que pudiera responder, una figura cruzó el espacio como un rayo.

Valeria llegó con el corazón estampándole el pecho, impulsada por un pánico que aún olía a acero y sangre.

Corrió hacia el ruido, lista para la guerra...

Pero entonces lo vio.

Y aunque nadie más pareció notarlo, Renatus sí: su expresión endurecida se quebró en un solo latido.

La rabia que traía se evaporó como niebla bajo el sol, reemplazada fugazmente por un asombro tan puro que parecía una herida abierta.

Valeria, demasiado orgullosa para quedarse en ese estado, recompuso su máscara casi de inmediato.

Se cruzó de brazos, alzó una ceja, y soltó con su habitual tono ácido:

—Hum. Así que... ¿volviste? —Bufó, fingiendo desinterés—. Sinceramente, creía que no lo harías. Pero es un alivio.

Sería un desperdicio tener que matar a alguien fuerte como tú.

Detrás de ella, casi como una sombra dulce, estaba Amanta.

No dijo una palabra.

Simplemente lo miró, sonriendo de esa manera que solo las madres o las almas viejas saben sonreír: con orgullo silencioso, con una fe que no necesita voz.

Asintió apenas, como si esa pequeña inclinación bastara para decirlo todo.

Y, por un instante que nadie midió, Renatus se sintió parte de algo.

Algo que no había pedido, algo que no había buscado, pero algo... real.

Pero —siempre hay un pero—.

Lucius lo miró, y en su rostro cruzó una expresión complicada, una de esas que no se dicen en voz alta sin tragar veneno primero.

Algo luchaba en su mirada: algo que no quería decir... pero que debía.

—Luce... —corrigió, incómodo— quiero decir, Renatus... No quiero que lo tomes a mal, pero... —Lucius respiró hondo, como quien se prepara para recibir un golpe— si de verdad quieres unirte, hay algo que debes hacer.

Renatus ladeó la cabeza, con esa media sonrisa escéptica que era más filo que cordialidad.

—¿Oh? ¿Es algún tipo de prueba física? —preguntó, ya relajándose, casi divertido—. No te preocupes, estaba preparado para eso.

Lucius apartó la mirada. Esa evasión fue como un plomo cayendo en el estómago de Renatus.

—No exactamente —dijo en voz baja—. Tú no te preocupes. No tardará mucho. Puede ser... incluso esta misma mañana. Cuando el sol salga, encuéntranos en el centro del campamento. Mientras tanto, siéntete libre de explorar cuanto quieras.

Hizo una pausa breve, casi imperceptible, como si quisiera decir algo más y se tragara las palabras.

—Amanta —añadió, volviéndose—, dale un poco de agua a nuestros invitados.

Prepararemos todo para... eso.

Renatus los vio alejarse, sintiendo en el aire esa electricidad previa a las tormentas.

El tipo de promesa que nunca augura calma.

Algo en su mente zumbaba, incómodo como una astilla enterrada en la carne.

No sabía qué era.

Un presentimiento, quizás.

Sentimientos de pánico relucían brevemente en su interior, como relámpagos detrás de los párpados.

Pero Renatus los callaba a la fuerza, como siempre hacía: con dientes apretados y voluntad de hierro.

Lira lo observó de reojo, con esa sensibilidad que parecía reservada solo para él.

Se acercó despacio, casi como si temiera espantarlo.

—No te preocupes, Reni —dijo con su voz suave y segura—. Todo estará bien. Sé que podrás hacerlo.

Renatus la miró, desconfiado.

—¿Tú sabes sobre esto? —preguntó en voz baja, aguzando el oído como si temiera la respuesta.

Lira se encogió de hombros, con una pequeña sonrisa culpable.

—Bueno... sí. Pero me dijeron que no te dijera nada. No te preocupes —insistió, con un brillo inocente en los ojos—. Solo debes ser tú mismo. Sé que te van a amar.

Esas palabras, lejos de calmarlo, le encendieron todas las alarmas.

Un nudo sordo se le formó en el estómago.

Que te amen, pensó.

¿Qué demonios significa eso aquí?

[…]

Renatus paseó un rato sin rumbo fijo.

Ni siquiera él sabía qué esperaba encontrar.

Quizás armas alineadas como dientes de lobo. Quizás guerreros endurecidos, con rostros como cuchillos y ojos que no parpadean.

Ciertamente no monstruos, como decía la propaganda del Rey. Pero sí... rostros firmes, curtidos por mil batallas.

Pero no.

No encontró nada de eso.

Solo vio rostros cansados.

Cansados... y felices.

O al menos, intentando serlo.

Había en sus ojos algo que no veía en el mundo de allá afuera: esperanza.

Un amor sencillo, silencioso.

Más que una base militar, el campamento parecía un refugio de vagabundos, un rincón olvidado donde las personas comunes —no muy diferentes a las que caminaban en las ciudades bajo la sombra del Rey— podían existir... sin ese miedo constante de que alguien los estuviera escuchando.

Renatus avanzó entre ellos, sintiéndose un extraño.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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