Starman: Bottom Of The River

Capítulo 15: try again tomorrow

El viento lloraba en la distancia, un murmullo que apenas rozaba las lonas cansadas del campamento. Sobre su cabeza, el techo ajeno de una tienda que ya había conocido antes se extendía como una mordaza.

A su lado, Lira dormía. Dormía con la insolencia dulce de quien aún cree que el mundo puede ser salvado.

Renatus no lo creía. No podía.

¿Cómo dormir, después de arrancarse la piel en público? ¿Cómo cerrar los ojos, sabiendo que había revelado en minutos secretos que antaño habrían envejecido con él?

“Descansa”, le habían dicho, como si las palabras pudieran zurcir las grietas que le había dejado la noche.

Renatus se incorporó, el cuerpo cansado, la mente en llamas. Salió de la tienda con la violencia contenida de quien aún no sabe si va a matar o a romperse.

Lucius lo esperaba, o no.

No importaba.

Él ya había respondido.

Ahora, le tocaba a Renatus exigir respuestas.

Cruzó el campamento como un fantasma de piedra.

Retazos de sol se filtraban entre las ramas, dibujando manchas movedizas sobre la tierra húmeda. Las voces —recién despiertas, secas aún de sueño— lo seguían mientras pasaba.

Ya no hablaban con miedo. Pero la duda era una herida abierta en cada mirada.

Lo habían aceptado. Probablemente sabían más de él que cualquiera fuera de aquel bosque maldito.

Pero aún no confiaban en él.

Renatus no necesitaba su confianza.

Mientras no intentaran clavársela por la espalda, podían mirarlo cuanto quisieran.

Se acercó a la fogata donde, antaño, lo habían juzgado como a una bestia salvaje.

Allí estaban Valeria y Amanta.

Amanta removía una olla descomunal, una sopa espesa que olía a tierra y esperanza tibia.

Valeria la observaba como un cachorro hambriento, los ojos fijos en la comida, el cuerpo casi vibrando de anticipación.

Renatus se permitió una mueca —algo entre una sonrisa y un gruñido— y se acercó, como quien entra en un sueño que aún no decide si es bueno o una trampa.

—¿Qué tanto están haciendo? Huele... —Renatus frunció la nariz, pensativo— exótico.

—Estoy preparando la comida de la mañana —respondió Amanta, sin apartar los ojos de la sopa—. Tendrás que esperar tu turno. Los nuevos comen al final. Pero tranquilo: mientras yo tenga el cucharón, nadie pasará hambre.

Renatus ladeó la cabeza, evaluándola como quien examina una herramienta nueva.

—Te encantará su comida —intervino Valeria, prácticamente babeando de anticipación—. Si tuviera que compararla con algo... sería como un platillo gourmet de algún lugar de España o Italia.

Renatus alzó una ceja. Esos dos nombres, antiguos, casi míticos, le rozaron algún rincón oxidado de la memoria. Algo se movió dentro de él, como un eco olvidado.

—¿Tú... estuviste en esos lugares? —preguntó, escéptico.

Valeria negó con una sonrisa melancólica.

—No. Pero me gustaba comer su comida. Eran mis favoritas. Daría lo que fuera por una paella de verdad... —murmuró, y por un momento, su expresión se tornó amarga, como quien recuerda un sueño demasiado luminoso para este mundo.

Renatus la observó en silencio, una sombra cruzándole los ojos.

—Bueno —dijo al fin, encogiéndose de hombros—, sé hacer ese tipo de cosas... pero no creo que me dejen acercarme a la cocina.

—¿¡En serio!? —saltó Valeria, con la emoción de una niña descubriendo un truco de magia—. ¿Sabes cocinar esas cosas?

—Técnicamente, sí. —Frunció el ceño, pensativo—. Aunque nunca lo intenté en serio. Y ni siquiera sé si aquí hay algo parecido al arroz...

—¡Eso no es un problema! —canturreó Valeria, rebuscando entre las provisiones con una energía incansable.

Sacó una pequeña esfera blanca, casi traslúcida, y la sostuvo como un trofeo.

—Mira. Esto es casi igual al arroz. Mismo tacto, mismo sabor.

Renatus se acercó un paso, agachándose para mirar de cerca.

—¿Cómo se llama? —preguntó, genuinamente intrigado.

—Eh... —Valeria parpadeó—. Aquí le decimos zalaris. Aunque Amanta dice que el nombre original se perdió.

Renatus asintió, memorizándolo en silencio.

Valeria siguió escarbando: sacó una ramita rojiza, salpicada de pequeños puntos negros.

—Esto, si lo mueles, sabe como pimienta. Se llama críspora.

Renatus tomó la ramita entre sus dedos. La olfateó con cuidado. Su aroma picante y seco le llenó la nariz de recuerdos olvidados.

—¿Y eso de allí? —señaló una fruta extraña, de forma similar a una pera, moteada de puntos marrones.

Valeria sonrió, como una profesora orgullosa.

—Marnis. Las semillas se tuestan como café. El sabor es más dulce... pero despiertan igual.

Renatus se permitió una media sonrisa, breve y esquiva.

—¿Y la carne? Dijiste que era como pollo.

—Exacto —afirmó Valeria—. Es de un ave que cazamos en el bosque. Se llama corval. No vuela mucho, pero corre como un demonio.

Renatus soltó un leve resoplido, mitad risa, mitad asombro.

—Así que todo tiene su eco aquí... —murmuró, más para sí mismo que para ella.

—Sí —asintió Valeria, bajando un poco la voz, casi reverente—. Como si este mundo recordara el anterior, pero a su manera.

Renatus la miró, serio.

—¿Quién recopiló todo esto? —preguntó en voz baja—. ¿Quién supo qué era comestible y qué no?

Valeria se encogió de hombros.

—Los que vinieron antes. Algunos dejaron escritos. Otros... aprendieron de la peor forma.

Renatus pasó la mano sobre el zalaris, pensativo. La historia de ese grano no estaba en ningún libro, sino escrita en cicatrices y tumbas anónimas.

—Así que... —murmuró en voz baja— evolución convergente...

—¿Qué dijiste? —preguntó Valeria, ladeando la cabeza.

—Evolución convergente —repitió Renatus, dejando escapar un leve suspiro, como si tuviera que desempolvar conceptos que hacía siglos no tocaba—. Es... —se detuvo, buscando palabras que no sonaran como un manual académico—. Es cuando dos especies distintas, en lugares distintos, terminan pareciéndose, porque enfrentan problemas parecidos.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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