Starman: Bottom Of The River

Capítulo 16: Clair de Lune

Ahí me encontraba yo, de pie en medio de la noche, tambaleándome entre la vigilia y el sueño, como una vela que no sabe si quiere apagarse o seguir fingiendo que alumbra. Frente a mí, Lucius. Su piel, blanca como el hueso limpio de una criatura ya olvidada, apenas se distinguía en la penumbra. Las dos lunas —testigos gemelas e implacables— brillaban con toda su indiferente gloria, pero ni una chispa de su luz tocaba su rostro. Todo se volcaba al lago, como si la belleza se negara a posar en los vivos y prefiriera la superficie muerta del agua.

Una vista hermosa, si no fuera por lo que acababa de decirme.

—¿A qué te refieres? —solté, con ese filo que en mi boca siempre suena a broma, pero es puñal—. ¿Una decisión que no se puede deshacer? ¿No hice ya eso cuando me uní a ustedes?

Reí, o al menos hice el gesto. Un ruido hueco que pretendía aligerar el aire. Como si el peso de la frase pudiera evaporarse solo porque yo decidía no sentirlo.

Lucius solo me miró.

Y no era la mirada habitual —esa maldita ternura que siempre parecía a punto de disculparse por existir—. No. Esta vez era otra cosa. Una expresión que no le había visto jamás. Cansancio. Dolor, tal vez. Como si llevara siglos viendo el mismo incendio repetirse, y acabara de encontrarme con las manos llenas de ceniza.

—Dime, Renatus… —su voz no tenía filo, ni rabia—. ¿Te divertiste? ¿Pudiste ver lo que yo veo siempre?

—No entiendo lo que dices —dije, porque no quería entenderlo.

Lucius soltó una carcajada breve, seca. Como un papel que se arruga.

—Yo… lamento si te incomodé con mi petición. Sabía que alguien como tú no querría enseñar a un montón de niños. Lo sabía. Pero tenía que verlo.

—¿Verlo? Sigo sin entenderte.

—Tenía que ver si era verdad —continuó, bajando la vista hacia el lago—. Si eras tan distinto como me conto Lira. Si podías hablar con ellos sin tratarlos como cosas rotas. Si podías enseñar sin destruir.

Lo dijo sin reproche. Sin acusación. Lo dijo como quien deja caer una piedra en el agua y observa las ondas, esperando que alguna le devuelva algo.

—¿Sabes? Tengo una habilidad especial —dijo Lucius, sin levantar la voz—. No estoy seguro de cómo explicarla. Es parecido a ver auras… aunque no es exactamente eso.

Lo miré con una ceja arqueada, sin molestia, pero con esa expresión que uno pone cuando alguien retoma una conversación que tú ni siquiera sabías que había comenzado.

—¿Y eso a qué viene?

Él no respondió de inmediato. En vez de eso, señaló con un leve movimiento de la cabeza hacia el lago.

—Ven. Acércate. Mira tu reflejo.

No era una orden. Era una invitación. Pero tenía el peso de una sentencia.

Dudé. No porque me importara lo que pudiera ver, sino porque… algo en su tono me decía que ya sabía lo que yo vería.

Avancé. El agua estaba quieta, casi antinaturalmente. Como si también ella quisiera escuchar.

Me incliné.

Y ahí estaba. Mi rostro. Obsidiana. Inmóvil. La misma forma que había aprendido a ignorar con una eficiencia quirúrgica. Pero algo no encajaba. El contorno vibraba, casi imperceptible. Como si lo que yo creía sólido fuera apenas una carcasa.

—No es tu rostro lo que te estoy pidiendo que veas —dijo Lucius, con esa suavidad que apuñala despacio—. Mira lo que dejas detrás. Lo que eres cuando no estás hablando. Cuando enseñas. Cuando callas. ¿Lo ves?

Lucius alzó la vista hacia las lunas. Sus ojos parecían atraparlas, como si bebiera la luz en lugar de simplemente verla. Respiró hondo. Juro que vi una onda eléctrica recorrerle el cuerpo, un estremecimiento que no era miedo ni frío, sino algo más antiguo. Luego, con gesto lento, extendió la mano y posó un dedo sobre el lago.

El agua tembló apenas. No por el contacto, sino por lo que arrastraba con él.

Seguí mirando mi reflejo. Al principio, nada. Solo yo. Ese yo que ya me sabía de memoria.

Pero entonces, detrás de mi cabeza, algo empezó a tomar forma. Una especie de halo. Una corona sin gloria. No era exactamente luz. No era exactamente sombra. Era… presencia.

—Cuando yo veo a alguien —empezó Lucius, con voz templada—, además de su apariencia física, veo algo más.

Su dedo seguía inmóvil, tocando el agua como si de ahí extrajera la verdad.

—El tamaño refleja su poder. No solo mágico o físico. También su red: las personas que lo aman… y cuánto lo hacen.

Hizo una pausa. No para asegurarse de que entendía, sino porque cada palabra tenía un peso exacto.

—La forma refleja su estabilidad. Mental. Emocional. O como prefieras llamarlo. Si es un círculo o un espiral o un caos quebrado. Y el color…

El color.

—El color muestra su moral. Tonos cálidos significan empatía, compasión. Los fríos, egoísmo. Los oscuros… maldad. Y los blancos, bondad.

Me quedé en silencio. No por respeto, ni por shock. Sino porque lo que veía en el lago se movía.

Y no estaba seguro de si quería saber qué color tenía yo.

Lucius retiró el dedo del agua. El reflejo no desapareció.

La figura detrás de mí seguía allí: vibrante, incompleta, como si el lago estuviera intentando dibujar algo que no sabía cómo nombrar.

—Tú eres distinto, Renatus —dijo, sin énfasis—. No más fuerte. No más sabio. Ni siquiera más justo.

Se acercó unos pasos. El reflejo tembló.

—Tu aura… no encaja. Es inestable. No en el sentido de un alma rota, sino como… como una ecuación sin resolver. Como si el mundo aún no hubiera decidido qué hacer contigo.

Hizo una pausa. Luego, con voz baja, casi como si hablara consigo mismo:

—Eres posibilidad.

Me giré hacia él, y por un instante no vi a Lucius, sino a alguien asustado. Como si al mirarme estuviera contemplando un incendio que todavía no ha comenzado, pero que ya huele a ceniza.

—Tu color cambia —continuó—. Oscila. No entre el bien y el mal. Oscila entre extremos que ni siquiera sé nombrar. No sé si es libertad o caos, pero…



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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