La mañana llegó como un accidente: sin aviso, sin permiso.
Habían pasado ya varios días desde aquella conversación con Lucius, y Renatus apenas había dormido. Su rostro parecía sostenido por voluntad ajena, con esa fatiga que se pega a los huesos como sombra.
Estaba comiendo uno de esos platos que tanto le gustaban. Una carne parecida a la del cordero le bajaba por la garganta con una calidez casi reparadora. Por un momento —solo un instante fugaz— se permitió sentir que todo estaba bien. Que lo que había visto esa noche no lo perseguía.
Pero no había mucho que hacer. Pensó que tal vez podría olvidar, perderse en trabajos menores, barrer la memoria con tareas sin sentido. No funcionó.
Aparte de sus clases ocasionales con los niños, seguía sin encontrar propósito en ese lugar. Todos tenían algo entre manos, siempre corriendo, siempre ocupados. Todos menos él.
Seguía siendo un margen. No tan distinto a sus días como mercenario: solo, útil a veces, nunca parte del todo.
Un sonido metálico lo sacó de sus pensamientos: el golpe seco de algo chocando contra la mesa donde comía.
Valeria estaba allí. Su sonrisa —enérgica, petulante— era una luz demasiado brillante para los ojos apagados de Renatus.
Lo miró con ese aire de mando natural y señaló hacia abajo. Una taza metálica temblaba frente a él, llena de un líquido naranja oscuro.
—Bebe esto. Te ves como la mierda. Te hará sentir mejor.
Renatus la miró sin decir nada. Ojos hundidos, como un perro mojado pidiendo que lo dejen en paz.
Ella, por supuesto, lo ignoró. Volvió a señalar la taza, esta vez con una ceja arqueada que no admitía réplica.
Renatus obedeció. El sabor era peculiar: café tostado, fuerte, mezclado con un picor sutil a jengibre. Conocía bien ambos sabores, pero nunca juntos. Esa combinación era nueva… inesperadamente reconfortante.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Renatus. No había hastío en su voz esta vez. Solo una curiosidad plana, como quien espera una piedra más en el camino.
Valeria bufó. Fuerte, teatral, como si inflara el pecho para escupir fuego.
—¿Qué si qué quiero? ¡¿En serio me preguntas eso?! —alzando los brazos, como si él acabara de insultar a su madre—. Llevo días esperándote para entrenar, ¡días! Y tú, tú simplemente te evaporas, te escondes, como una sombra con ego.
Se inclinó hacia él, clavándole los ojos.
—¿Sabes lo que es eso? ¡Eso es una falta de respeto! Yo me parto el lomo y tú… ¿tú me dejas plantada? ¿Así, sin más? ¿Quién te crees?
Renatus recapitulo, es verdad, le había prometido entrenar con ella, pero lo había olvidado por todas las cosas que rondaban en su cabeza
—Yo… perdón. No me he sentido bien últimamente, y bueno… no he estado de humor.
Valeria lo miró.
Una disculpa. Una genuina disculpa.
Eso no era normal. No en él.
Su ceño se frunció, pero no por rabia esta vez. Era otra cosa. Preocupación mal disfrazada.
—¿Tú te estás disculpando? ¿Estás enfermo? ¿Te mordió algo?
Renatus apenas alzó una ceja.
—No seas idiota.
—No, en serio. Di la verdad —cruzó los brazos, ladeó la cabeza, más seria de lo que intentaba aparentar—. ¿Estás bien, Renatus? ¿Qué te está carcomiendo?
Él dudó. El silencio entre los dos pesó como hierro templado.
—Yo... —empezó, y luego se tragó las palabras como si fueran veneno—. No quiero hablar de eso.
Valeria no insistió. Solo asintió. Pero su voz se endureció:
—Está bien. No tienes que hablar. Pero vas a sudarlo.
—¿Qué?
Ella ya se estaba alejando, girando sobre sus talones como una tormenta con piernas.
—Cinco minutos. Afuera. Y más te vale traer esos huesos de mártir contigo. Hoy no vas a esconderte detrás de tu mal humor.
—¿Qué? ¿Es así como invitas a alguien a una cita? —Renatus rió, una risa breve, áspera, pero real. Como si algo dentro suyo recordara cómo se hacía.
Valeria se giró de inmediato, sin dejar de caminar, y le lanzó una mirada venenosa por encima del hombro.
—¡Ja! Primero muerta antes que salir con alguien como tú.
—Bueno —murmuró él, poniéndose de pie con la taza aún en la mano—. Eso explica tu mal gusto para bebidas.
—¡Oye! ¡Eso fue un intento de broma! —gritó ella desde el pasillo—. ¡Te estás curando imbécil!
Renatus sonrió. No por mucho. Pero suficiente.
[…]
Ahí estaban.
Un claro de tierra seca, plano como una mentira bien contada. El bosque los rodeaba, denso pero no opresivo. Lo bastante lejos del campamento como para gritarse sin público; lo bastante cerca como para no tener excusas.
—Muy bien —dijo Renatus, mirando el vacío como si lo insultara—. Aquí estamos. En medio de la nada. Como un par de imbéciles.
Valeria inhaló hondo. El aire olía a polvo y a tensión no resuelta.
—¿Por qué siempre eres... así?
—¿Así cómo? ¿Sensual?
Ella le lanzó una mirada que podría haber desollado a un dragón.
—Un idiota. Así.
Renatus arqueó una ceja, divertido.
—Podrías ser más específica. Idiota es muy amplio.
Valeria chasqueó la lengua con fastidio.
—Lira siempre habla de ti como si fueras algún tipo de santo impoluto. Sabio. Fuerte. Como si fueras la respuesta a una oración que nadie rezó. Pero la verdad es que eres un imbécil con demasiada confianza.
Él se encogió de hombros.
—Una descripción bastante precisa, la verdad.
Valeria entrecerró los ojos.
—¿Sabes qué me enoja más que tu actitud? Que de algún modo... funciona.
Renatus parpadeó, sorprendido.
—¿Funciona?
—Sí. Y no creas que no lo noto —lo señaló con todo el cuerpo, como si fuera un concepto abstracto hecho carne—. Usás toda esa mierda —hizo un gesto amplio, casi teatral— para mantenernos lejos. Esa pose de mártir autoproclamado.
Respiró hondo. Su voz cambió, aguda, chillona, una imitación despiadada.
—“Uy, mírenme, soy un gran imbécil, ¿verdad que soy muy chistoso? Te voy a enojar hasta que te vayas a la mierda, porque no sé relacionarme con nadie.”
Editado: 26.02.2026