Starman: Bottom Of The River

Capítulo 18: You Are My Sunshine

—¿¡En qué coño estaban pensando, pedazos de…! —Amanta se tragó el insulto, apretó los labios y respiró hondo por la nariz, como si contara hasta mil en su cabeza.

Renatus parpadeó. Jamás la había visto así. La Amanta que conocía era templanza envuelta en mirada triste, una mujer que hablaba como si siempre midiera el peso de cada palabra. Esto… esto era fuego contenido.

—Los dejo solos un día. Un maldito día. Y casi se matan —escupió por fin, sin levantar la voz, pero con una intensidad que lo dejó más tieso que los gritos de Valeria— ¿En qué universo eso les parecía una buena idea? ¿Son idiotas? No, no respondan. No quiero confirmarlo.

Renatus desvió la mirada. No por vergüenza. Por una mezcla nueva. Culpa, quizás. Un poco de extrañeza.
Valeria gritaba porque era su idioma. Amanta, en cambio, parecía rota por dentro, como si no supiera si quería abofetearlos o abrazarlos.

—Parecen niños pequeños… —musitó, llevándose las manos al rostro antes de sentarse con un suspiro largo, como si el peso de la situación se le hubiera instalado en los huesos.

—¿Esto es normal? —murmuró Renatus, ladeándose apenas hacia Valeria, como si temiera que Amanta pudiera escucharlos.

—Siempre se pone así cuando alguien se lastima sin una buena excusa —respondió Valeria, cruzándose de brazos—. Si hubieras perdido un brazo por salvar a un pueblo, te haría té. Pero como solo fue por testarudos… te va a usar a ti para hacer el té.

Amanta tomó el brazo de Valeria sin pedir permiso. Lo alzó con una delicadeza que parecía impropia para alguien tan furiosa. La piel estaba sembrada de moretones oscuros, algunos con bordes verdes, otros aún violáceos como sombras recientes.

Empezó a frotarlos con los pulgares, en círculos lentos, suaves, como si tuviera todo el tiempo del mundo para deshacer el dolor.

Valeria apretó los dientes. No dijo nada, pero su ceño tembló apenas. Fue una mueca breve, el tipo de gesto que uno solo muestra cuando está acostumbrado a ocultar el dolor.

Cuando Amanta levantó la mano, los moretones se habían desvanecido. Como si nunca hubieran estado allí.

Pasó al siguiente corte, luego a la quemadura. A veces era un roce. A veces, no tanto.

Para cerrar la herida del labio, le tomó la mejilla con dos dedos. Tiró de ella con fuerza, como una madre fastidiada por una insolencia. Valeria chasqueó la lengua, pero no se resistió. Cuando Amanta soltó, la grieta en su labio había desaparecido.

Curar dolía. Con Amanta, dolía diferente.

—Vamos. Vete a dormir. Y de paso, piensa en lo que hiciste —dijo Amanta sin levantar la voz, como si hablara desde una montaña. No era una sugerencia. Era ley.

Valeria bufó una risa por lo bajo, se levantó sacudiéndose la túnica con un gesto automático y teatral.
—Sí, mamá —replicó con una sonrisa ladeada, burlona, pero sin veneno. Una burla cómoda, íntima, casi... familiar.

Amanta no respondió. Solo la miró como si pudiera ver a través de su piel y sus bromas.

Valeria se giró al llegar a la puerta. Señaló a Renatus con un dedo que parecía más una amenaza juguetona que una advertencia real.
—Oye, Renatus. Mañana a la misma hora. Ni se te ocurra olvidarlo otra vez.

Renatus, sentado aún con los brazos cruzados y la espalda tensa, alzó una ceja.
—¿Y si me niego?

—Entonces me vas a tener que buscar otra excusa mejor para que Amanta no te reacomode las costillas —respondió Valeria, ya dándose media vuelta.

Renatus gruñó algo ininteligible que sonaba a resignación.

—Buenas noches, idiotas —alcanzó a decir Valeria antes de desaparecer tras la puerta.

El silencio que dejó atrás no fue incómodo. Fue denso. Como si algo hubiera cambiado ligeramente en la gravedad del cuarto.

Amanta no se movió. Renatus tampoco. Solo la respiración de Lira, suave, dormida en el rincón, recordaba que el mundo aún giraba.

[…]

—No noté que ella estaba aquí —dijo Renatus, con ese tono casual que usaba cuando quería cambiar de tema sin dejar que se notara demasiado—. Ustedes dos se llevan muy bien. Últimamente las veo más juntas de lo habitual.

Amanta soltó una risa breve, baja, como si le hiciera gracia la obviedad.

—Ella es muy curiosa. Siempre pregunta “¿qué es eso?” o “¿por qué pasa aquello?”, aunque en el fondo… creo que ya lo sabe. Solo quiere conversar.

Renatus asintió despacio.
—Sí… ella suele ser así.

Amanta ladeó la cabeza, observando la silueta dormida de Lira. Sus ojos se suavizaron, como si se derritieran en una nostalgia que aún no compartía.

—Es muy buena, ¿sabes? —dijo en voz más baja, más íntima—. Tiene algo… No sé cómo explicarlo. Cuando habla con alguien, se vuelve su amigo sin siquiera intentarlo. Es como si tuviera un don para agradar. Para hacerte querer quedarte.

Se hizo un pequeño silencio, cómodo y extraño. De esos que solo se dan cuando hay cariño flotando en el aire, aunque nadie lo admita.

Renatus miró a Lira, con la respiración tranquila y las manos entrelazadas dormida, como si ni el peso del mundo pudiera perturbarle los sueños.

—Sí —dijo al fin—. A veces me olvido de que no nació para este mundo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Amanta, con esa suavidad que no se apaga ni cuando las preguntas son profundas.

Renatus se encogió de hombros, sin mirarla directamente.
—Desde niña… siempre ha sido muy… no sé explicarlo. Es como si nada la preocupara. Inocente, tal vez. Pero no de forma ingenua. Es como si supiera algo que los demás olvidamos.
Hizo una pausa breve.
—Aunque nadie le hablara, siempre estaba feliz. Como si la soledad no le pesara. Solo las plantas la escuchaban… pero para ella eso bastaba.

Amanta asintió, con una sonrisa triste.
—Debe ser por eso…

Renatus alzó la mirada, alerta.
—¿Eso? ¿A qué te refieres?

Amanta tardó en responder. Tomó aire, lo sostuvo unos segundos, y luego habló como si desenterrara algo que llevaba mucho tiempo guardado.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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