Starman: Bottom Of The River

Capítulo 19: Moonlight Sonata 1st Movement

La noche era cruelmente fría; el aire parecía tallado en cristal. Nubes de vapor blanco se escapaban de las bocas de todos los que se atrevían a respirar, como suspiros condenados al olvido.

Las carretas avanzaban con desgano, chirriando sobre los adoquines como si cada rueda dudara de su destino. Renatus observaba desde la sombra, envuelto en un traje de gala que parecía una broma de mal gusto. El cuello almidonado le rozaba la piel como papel de lija; la tela, pesada y ajena, se aferraba a su cuerpo como una máscara mal cosida. Se sentía mal. No de salud, sino de esencia.

Incorrecto.

Como un número roto en una fórmula perfecta. Como un espectro invitado a una danza de vivos.

—Esto es una mala idea —gruñó Renatus, ajustándose el cuello del traje como si fuera una soga.

Lucius lo miró de reojo. Su rostro ya no era el suyo; sus facciones habían cambiado. Lira se había encargado de remodelarlo: su piel, antes pálida, ahora era tan oscura como la de Renatus; el cabello verde había sido sustituido por una melena plateada que brillaba bajo las luces de la ciudad. Un disfraz hecho con precisión quirúrgica.

—Ya no importa si lo es o no —dijo Lucius, tranquilo, aunque había tensión en su mandíbula—. Estamos aquí, y esto es importante. Ese hombre es uno de los cinco nobles que realmente quieren un cambio. Lo necesitamos.

Renatus bufó.

—Yo pensé que ibas a entrenarme. Ya sabes... lanzar hechizos, manejar mejor mi magia. No a bailar con serpientes perfumadas.

Lucius sonrió apenas, sin humor.

—Esto también es entrenamiento. Aprender a pelear es útil, sí. Pero si no sabes moverte entre ellos, estás combatiendo con una sola mano. Y lo quieras o no, vas a necesitar a estos bastardos.

—Preferiría romperles los dientes, no tomarles el vino.

—Y yo preferiría que no dijeras eso en voz alta dentro del salón.

Se dirigían al Festival de la Unidad. Una celebración anual vestida de oro y falsedad, donde los nobles jugaban a ser humildes por una noche, brindaban por el Reino y se disputaban entre susurros la sangre del pueblo. Era una noche para rendir cuentas al Rey, sí, pero también para negociar expansión, sellar alianzas, prometer lealtades que sabían que romperían al amanecer.

Renatus lo recordaba con demasiada nitidez. Años atrás, él y Marle se habían infiltrado como ratas entre los manteles de seda, más por el banquete que por la política. Robaron vino, carcajadas, y un par de anillos que todavía nadie había notado desaparecidos. Era una noche ridícula, sí, pero divertida. Entonces eran libres, o al menos lo parecían.

Ahora iba con una invitación oficial. Sellada, firmada, grabada en oro.
Una invitación que, si fuera por él, habría usado para limpiarse el culo y después quemado.

El carruaje avanzaba por las calles heladas como una caja fúnebre adornada con cintas. Dentro, el aire estaba tibio, pero Renatus no podía dejar de sentir frío.

Llevaba más de una semana sin ver a Lira.
Se había ido sin despedirse bien, con esa forma suya de irse sin saber que dolía. No había cartas, ni señales, ni promesas. Solo ausencia. Y una punzada constante en la base del estómago.

Renatus miró sus manos. Le temblaban.

Se dijo que era el frío. Que era el vestido incómodo de nobleza prestada. Que era el asco de estar por entrar al corazón del sistema que había destruido su vida.

Pero sabía que mentía.

Su corazón latía con un ritmo roto, como si intentara avisarle que no estaba hecho para estas cosas. Que no importaba cuánta magia pudiera controlar, seguía siendo un forastero en este mundo de candelabros y cuchillos escondidos entre sonrisas.

Y esa noche, el aire olía a trampa.

[…]

Al cruzar las puertas de Domus Aurea, Renatus sintió cómo se le revolvía el estómago.

La recordaba bien. Demasiado bien. Ese nido de parásitos disfrazados de ángeles.
Una ciudad hermosa, sí. Gloriosa, incluso, si uno se dejaba deslumbrar.

Aquí no había mendigos acurrucados en callejones ni niños hambrientos vendiendo su voz por una moneda. No. Cada esquina estaba impecable, cada edificio bañado en simetría y oro falso. Hasta los trabajadores —si es que podían llamarse así— llevaban uniformes planchados, sonrisas firmadas por decreto, y la piel limpia de barro.

El suelo estaba cubierto de adoquines pulidos que reflejaban la luz como espejos rotos, tan diferentes al lodo y polvo que componían las otras ciudades, esas donde la vida dolía y se notaba.

—Claro —pensó, con un escupitajo contenido en la garganta—. Tiene sentido. Es la ciudad donde habita el Rey.

Por supuesto que debía ser perfecta.
Tenía que brillar tanto como hiciera falta para que él pudiera olvidar —o fingir olvidar— que todo lo demás se estaba pudriendo.

La belleza era su escudo. El mármol, su mentira.
Y esa mentira caminaba sobre huesos.

Renatus observó al noble con una ceja alzada. Estaba pálido, sudaba a pesar del frío, y sus ojos se movían como los de un ratón atrapado entre gatos. Era evidente: tenía miedo. Miedo real.

Lógico, pensó. Cualquiera lo tendría con una amenaza de muerte pendiendo sobre el cuello. Pero aún así, no tenía opción. Cada noble estaba obligado a asistir a la Gala de la Unidad, bajo pena de sospecha o desaparición. Era tan ceremonial como cruel: o fingías alegría frente al Rey… o no fingías nunca más.

—¡Oye, tú! —soltó Renatus, rompiendo la burbuja de ansiedad del otro.

El noble se giró con un sobresalto digno de una presa.
—T-Tengo nombre… me llamo Domitianus Varro.

Renatus lo miró de arriba abajo, como si evaluara una prenda demasiado cara para alguien tan fácil de romper.

—¿En serio? Qué suerte la tuya. No me importa.

Varro tragó saliva.

—Deja de actuar así —continuó Renatus, con voz baja pero cortante como cuchilla afilada—. Vas a llamar la atención. Y si lo haces, no necesitarán una excusa para matarte. Solo una razón estúpida. Y créeme, eres perfecto para dársela.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 26.02.2026

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