Mierda, él de verdad quisiera salirse de allí.
Era un miércoles, las seis de la tarde, y llevaba dos horas sentado en una clase de Economía escuchando al profesor hablar sobre oferta y demanda mientras luchaba por mantener los ojos abiertos.
—Como pueden observar, en este caso práctico el incremento en la demanda generó que...
La voz del profesor empezó a sonar como ruido de fondo. Giré el bolígrafo entre mis dedos, sintiendo cómo el plástico se calentaba, y clavé la vista en el cielo gris tras el cristal.
Hacía dos años, mi mundo se redujo a la medida de los estándares de Edmund Ashford, mi padre. No era un hombre de enfadarse, ni siquiera me levantó la voz. Simplemente, una mañana de sábado, al entrar en mi habitación, se encontró con mi estantería. Mis novelas de fantasía, mis dragones de papel, la vieja varita de Harry Potter y toda la mercancía que mi madre me había comprado años atrás.
Una semana después, todo había desaparecido.
En su lugar, aparecieron volúmenes encuadernados en cuero, fríos y pesados, sobre leyes, economía, política y tributación. «Cosas útiles», había sentenciado con la misma naturalidad con la que se ajustaba la corbata.
Al siguiente año, bajo su vigilancia constante, comprendí que los libros ya no eran suficientes. Si no podía leer sobre mundos imposibles, los crearía yo mismo. Empecé a escribir, tratando de atrapar en papel esas escenas fantásticas que se negaban a abandonar mi cabeza. Pero era una batalla perdida. De alguna forma, él siempre se enteraba. Había encontrado mi libreta. Cierro los ojos y todavía veo la escena en cámara lenta: la luz de la tarde recortando su silueta en el marco de la puerta, mis páginas de historias expuestas sobre su escritorio como evidencia de un crimen.
—¿Escribes historias?
Asentí, tratando de que el peso de la vergüenza no fuera físico.
—Son solo ideas —murmuré.
Esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Siempre tuviste una imaginación maravillosa, Julian. Eso se lo debes a tu madre. Pero los cuentos de hadas no te llevarán a ningún lado.
Mi tonto hobby. Como lo había bautizado entonces.
Solté un suspiro sin darme cuenta.
—Señor Ashford —la voz del profesor Miller detuvo mis pensamientos en seco—. ¿Mi clase le resulta poco estimulante, o simplemente considera que el temario de hoy está por debajo de su intelecto?
Un murmullo de risas sofocadas recorrió el aula. Genial.
—Disculpe, profesor —murmuré, enderezándome en el asiento y ajustándome la postura con rapidez.
Miller me escaneó por encima del borde de sus gafas, con una sonrisa gélida instalada en el rostro.
—Ya que está tan ausente, quizá pueda iluminarnos: ¿le importaría decirnos qué ocurre cuando la oferta supera la demanda?
Miré la diapositiva proyectada al frente. Durante los últimos minutos, mi mente había estado en cualquier lugar menos ahí.
—Los precios tienden a disminuir —respondí finalmente.
Hubo un silencio breve. Miller me sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, buscando alguna fisura, pero solo asintió con una lentitud irritante.
—Correcto... parcialmente —dijo Miller, dándose la vuelta hacia la pizarra—. Espero que sus respuestas en el examen final estén mucho más desarrolladas que esa pequeña intervención. Hablando de evaluaciones, no olviden que la práctica calificada que vale el veinte por ciento del curso será la próxima semana...
El resto de sus instrucciones se perdieron en mi cabeza. Las risas se extinguieron y el tecleo rítmico volvió a adueñarse del salón
Solté el aire que no sabía que tenía retenido. Cinco minutos después, el profesor terminó y el aula empezó a cobrar vida. Todos comenzaron a recoger sus cosas.
—Bueno, eso fue doloroso de ver —me susurraron desde el asiento de al lado.
—Gracias por tu apoyo incondicional, Ethan.
Ethan me dio un golpecito con el bolígrafo en el brazo.
—No fue nada, bro. En serio, ya sabes cómo es el viejo Miller; siempre se quiere desquitar con alguien.
—Hoy quiso mostrar su encanto conmigo—ironicé con media sonrisa.
—Hey, nos odia a todos por igual. Pero, ¿sabes qué? Miller no es el único que te estuvo mirando, eh.
Fruncí el ceño. —¿De qué hablas?
—Oh, vamos. Tercera fila, casi a tu costado. La chica de los rulos que te estuvo mirando casi toda la clase.
Apuntó discretamente con su lapicera. Volteé en esa dirección y, efectivamente, había una chica con rulos castaños y chaqueta negra mirándome. Apartó la vista avergonzada apenas hicimos contacto visual.
—Oh, ella.
—Sí, ella.
—¿Y eso qué?
—¿Cómo que «qué»? Tiene una cara lindísima, y es obvio que tú también le gustas. Ya sabes cómo sigue esto.
—No le voy a hablar, Ethan —suspiré, intentando cerrar el tema mientras guardaba mis cosas con más brusquedad de la necesaria.
Ethan soltó una carcajada incrédula y negó con la cabeza, recargándose en el respaldo de su silla mientras el aula terminaba de vaciarse.
—¿Por qué? Dime una buena razón. Tienes dieciocho años y nunca has tenido novia, casi no sales a fiestas y, cuando lo haces, un muerto se movería más que tú. Te lo digo como amigo; podrías ser el mas guapo de la facultad... después de mi, claro.
Me colgué la mochila al hombro y lo fulminé con la mirada.
—Lo haces sonar como si fuera el fin del mundo.
Caminé hacia la salida con Ethan pegado a mi lado, como si no tuviera ninguna intención de dejar el tema ahí.
—Porque lo es, Julian. Es así de importante —insistió, bajando un poco la voz mientras salíamos al pasillo—. A ver, dime la verdad... ¿o es que prefieres a los chicos? Ya sabes que no tengo ningún lío con eso, de verdad.
Sentí que el cuello me ardía. Solté un bufido, negando con la cabeza mientras avanzábamos entre la multitud de estudiantes
—No- que- no soy gay. No es por eso. Es... complicado.