Nadie lo sabía entonces, pero la historia comenzó mucho antes de que cualquiera pudiera entender lo que estaba ocurriendo. Antes de las señales, antes de la prohibición, antes de que las miradas dolieran.
Nicole y Jhon tenían apenas tres o cuatro años cuando se conocieron en el patio de la casa del abuelo. A esa edad todo parecía simple: los domingos eran para correr, para ensuciarse las manos y para inventar juegos sin reglas. Ella era la única niña del grupo y eso la rodeaba de un brillo involuntario, aunque no hacía nada por tenerlo. Nicole era tranquila, observadora. No gritaba. No empujaba. Jugaba en silencio como si todo fuera un secreto importante.
Jhon, en cambio, era exactamente lo contrario. Energía pura. Un niño que corría antes de pensar, que hablaba antes de respirar, que transformaba el patio en el escenario de cualquier historia que se le ocurriera ese día.
—Ven —le decía a Nicole, jalándola de la muñeca.
Y ella iba. Siempre iba.
A los juegos se sumaban dos más: Marcos, que era uno menor y lo imitaba en todo, y Pedro, el hermano mayor de Jhon, cinco años arriba, lo suficiente para ejercer autoridad pero no para dejar de jugar del todo. Juntos formaban un pequeño ejército desorganizado que ponía a prueba la paciencia de todos los adultos en la casa.
Los cuatro hermanos mayores —los padres de los niños— se reunían en la sala o en la cocina, conversando sobre la semana, sobre trabajo, sobre cosas que entonces parecían tan ajenas al patio. Entre ellos estaba la madre de Jhon y Pedro, que sonreía cada vez que los veía correr, aunque nunca dejaba de vigilar. A veces su mirada se tensaba cuando Jhon se acercaba demasiado a Nicole, pero nadie entendía el motivo. Era solo una de esas cosas que los adultos saben y los niños no.
Todo continuó así hasta que Nicole cumplió cinco años. Ese cumpleaños trajo con él un cambio pequeño pero silencioso: el tercer hermano llegó con su esposa y una bebé recién nacida envuelta en una manta color crema. Nicole, que había reinado como la única niña durante años, dejó de serlo ese día. Nadie lo mencionó, nadie lo celebró, pero el hecho se instaló en el aire.
Ese mismo año ocurrió algo más. No en el cumpleaños, sino una tarde cualquiera en la que los suficientes adultos se distrajeron. En la televisión del abuelo había una novela; una de esas donde los protagonistas se besan lento, con la cámara demasiado cerca.
—¿Por qué hacen eso? —preguntó Nicole, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Porque se quieren pues —respondió Pedro desde el sillón, con la sabiduría exagerada de quien se siente muy mayor con diez años.
Jhon no dijo nada, pero cuando la escena terminó se levantó, tomó a Nicole de la mano y la llevó al patio.
—Vamos a hacerlo —anunció con la misma seriedad con la que un niño anuncia una misión espacial.
La llevó detrás del árbol de naranjas, ese que siempre servía de escondite. Se quedaron frente a frente.
—Ciérrate los ojos —ordenó Jhon.
Nicole obedeció.
El beso fue torpe, rápido, y terminó con ambos riéndose bajito como si hubieran cometido un crimen.
No se lo contaron a nadie. Pero lo repitieron. No siempre en el mismo lugar, no siempre el mismo día, pero sí siempre en secreto. A veces detrás del tanque de agua, a veces bajo la mesa de plástico del patio. Un ritual sin nombre.
Marcos lo descubrió sin proponérselo. Un domingo cualquiera siguió a Nicole cuando ella salió hacia la cochera y vio cómo Jhon le daba otro beso rápido antes de correr hacia el jardín.
Al domingo siguiente, cuando Jhon desapareció con Pedro, Marcos imitó el gesto.
—Así, ¿no? —preguntó antes de darle un piquito fugaz.
Nicole no supo qué sentir. No fue incómodo, solo… nada. Fue tan corto y tan inocente que quedó flotando en el aire como una burbuja que no explotó.
Lo que sí llegó después fue el silencio de la costumbre. A medida que crecían, los adultos comenzaron a vigilar más; los besos dejaron de pasar, no porque ellos lo decidieran, sino porque así funciona la infancia: algunas cosas se guardan sin despedirse.
Para cuando los tres rozaban los once, ya no se hablaba del árbol de naranjas ni del sillón del abuelo ni de las novelas de la tarde. Todo aquello quedó guardado en algún cajón que nadie abrió durante años.
Hasta que llegó el 2020.
Y con él, todo lo que se rompería después.
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Editado: 28.01.2026