Cuando llegó la pandemia, el mundo de todos se achicó de golpe. Las calles se vaciaron, los parques se cerraron y hasta el olor del alcohol en gel se volvió parte de la rutina. Nicole tenía ocho años y recién estaba aprendiendo a adaptarse a esa forma nueva de vida en la que las clases eran dentro de una pantalla y los recreos no tenían más ruido que el de un micrófono mal conectado.
Fue durante esas clases virtuales cuando apareció Valeria. Era una niña de la misma edad que se unió al colegio ese año extraño. Arreglada, rápida de respuesta, y con esa seguridad que hace pensar que ya aprendió a vivir dentro de un mundo complicado. Nicole se fijó en ella desde el primer día: no porque fuera la más divertida, sino porque simplemente parecía cómoda donde los demás todavía no lo estaban.
Se hicieron amigas por necesidad, pero rápido. Comenzaron intercambiando dibujos por WhatsApp, luego fotos de perritos de internet, luego audios, luego llamadas. En un tiempo en que casi nadie conocía a nadie, ellas dos lograron que el encierro tuviera una salida pequeña.
Mientras tanto, Jhon seguía siendo parte del paisaje familiar, pero en otro formato: por videollamadas. Con Marcos viviendo ya en otra ciudad, él se había convertido en el primo más cercano en edad y también en compañía virtual. A veces jugaban juegos en línea, otras veces simplemente hablaban de nada. Era raro pensar que hasta el año anterior ellos se veían casi todos los fines de semana y ahora sólo podían verse pixelados, con mala señal y voces robóticas.
En una de esas tardes sin nada que hacer, Nicole tuvo una idea que para ella era lógica: presentar a Valeria y Jhon. “Si yo me llevo bien con los dos, entonces se van a llevar bien entre ellos”, pensó. Los niños todavía creían que el mundo funcionaba así: dos líneas rectas que se conectan solo por cruzarse.
—Te voy a presentar a mi amigo —le dijo Nicole a Valeria mientras acomodaba su tablet sobre unos libros.
—¿Quién? —preguntó la otra, curiosa.
—Mi primo Jhon. Jugamos a veces. Él también se aburre.
No había ningún misterio, ninguna segunda intención, ni ninguna advertencia invisible. Solo ganas de no aburrirse más.
Cuando la llamada empezó, Jhon hizo su aparición con el pelo despeinado y una sonrisa media. Tenía la costumbre de levantar la mano a modo de saludo, como si estuviera entrando a una clase virtual. Valeria se rió.
—Hola —dijo ella.
—Hola —respondió él—. ¿Vamos a jugar o qué?
Lo dijo sin vergüenza, porque la vergüenza es algo que llega más tarde en la vida. Nicole acomodó sus audífonos y preparó el juego. Al principio todo era normal: los tres se reían, competían, se molestaban con cariño. Pero, poco a poco, Nicole se dio cuenta de que había algo extraño: las conversaciones pequeñas empezaron a darse entre Jhon y Valeria. Comentarios cortos, privados, veloces. A veces parecían hablar ellos dos por su lado mientras ella intentaba meterse sin encontrar el hueco.
—Miren, vamos por acá —indicó Nicole en el juego.
—Ya vamos —dijo Jhon, pero siguió detrás de Valeria.
Nicole no entendió inmediatamente, pero sintió algo parecido a quedarse en la puerta de un cuarto que antes era suyo.
—Voy a salir un rato —dijo ella de pronto.
—Ah, ya —respondió Jhon.
—Regresa luego —dijo Valeria.
Ninguno preguntó por qué se iba. Ninguno lo consideró raro. Nadie notó que una persona se quedaba afuera.
A veces, así empiezan muchas historias: sin drama, sin gritos, sin explicaciones. Solo con un pequeño silencio que nadie interpreta.
Las semanas pasaron y la dinámica se repitió varias veces. Valeria y Jhon hablaban cada vez más fluido, se inventaban chistes propios, se retaban en juegos diferentes, se buscaban para continuar lo que habían dejado el día anterior. Nicole no lo tomaba como traición —ni siquiera sabía lo que era sentirse desplazada— pero sí comenzó a sentir una incomodidad que no sabía nombrar.
Ella creía que todo se quedaba en los juegos… hasta que un día, sin querer, descubrió lo que había detrás.
Fue un detalle pequeño, casi insignificante: un mensaje que apareció en su pantalla cuando la llamada todavía no se había apagado. No decía nada grande, solo un “mañana jugamos solos, ya?”. Pero no necesitó más.
Ese fue el día en que Nicole entendió que algo la había dejado atrás sin que nadie se lo explicara.
Valeria se iría del colegio apenas dos meses después. Otro cambio, otra mudanza, otra vida. Fue un personaje pasajero. Pero lo que dejó marcado no se fue con ella: fue la primera vez que Nicole sintió lo que era perder algo sin haber sabido que lo tenía.
Años más tarde, lo recordaría con claridad.
Ese fue el inicio del segundo capítulo entre ella y Jhon.
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Editado: 28.01.2026