El sábado llegó más rápido de lo que Nicole esperaba. O quizá lo estuvo esperando más de lo que nunca iba a admitir.
La casa del abuelo estaba igual que siempre: la misma reja verde, el mismo árbol que daba sombra a los autos, y la misma mesa larga que se usaba para todo—para cumpleaños, para navidades, para almuerzos improvisados. La única diferencia es que ahora había botellitas de alcohol en gel repartidas como si fueran centros de mesa.
Nicole llegó con sus padres un poco tarde, lo suficiente como para entrar y hacer que todos voltearan a verla. Saludó uno por uno, con abrazos torpes y sonrisas que todavía se escondían detrás de mascarillas.
Y entonces lo vio.
Jhon estaba en el patio, apoyado en la puerta corrediza que daba a la sala. Había crecido. Mucho más de lo que Nicole recordaba. Tenía el cabello un poco más largo, y el cuerpo más definido como el de alguien que había pasado los dos últimos años estirándose sin pedir permiso. Parecía más serio. Más callado. Más… chico de catorce años.
Él levantó la mirada y la vio entrar. No sonrío exagerado, no hizo gestos raros. Solo la observó unos segundos con la calma de alguien que no tiene idea de qué se supone que debe sentir.
Nicole tragó saliva sin razón. Caminó hacia él porque no hacerlo habría sido más raro todavía.
—Hola —dijo ella, simple, directa.
—Hola —respondió él, igual de simple.
Nada más.
Ni abrazo, ni comentario, ni “¿cómo estás?”. Solo dos sílabas de cada lado que llenaron dos años de silencio. Luego, como si ese saludo hubiera sido suficiente para cumplir un trámite, cada uno tomó caminos distintos dentro de la misma reunión.
Durante el almuerzo, Nicole notó que Jhon la miraba de vez en cuando. No era la mirada de niño que recordaba. Esa había sido una mirada limpia, curiosa, torpe, y a veces dulce. Esta era distinta. Era más lenta, más evaluadora. Lo que antes era inocencia, ahora tenía una capa nueva: interés. Físico. Adolescente.
Nicole no supo qué pensar de eso. No era que le disgustara; era que no lo entendía.
Jhon, por su parte, no sabía cómo procesarlo. Tampoco se dedicó a profundizar demasiado. Solo registró lo obvio: Nicole ya no era la niña tranquila con trenzas y rodillas raspadas. Había cambiado. Su cuerpo, su postura, la forma en que hablaba con los adultos. Y él, como cualquier chico de catorce, no pudo evitar notarlo.
El resto del cumpleaños transcurrió normal. Conversaciones cruzadas, regalos, fotos familiares donde todos sonreían falsamente, y el abuelo apagando catorce velas porque ya habían decidido que era más simbólico que exacto.
Cuando terminó, cada familia volvió a su casa. En el carro, Nicole miró por la ventana todo el camino. En otra época, habría pasado el viaje pensando en el sabor de la torta. Ahora estaba pensando en una mirada. Una sola.
Ya en su cuarto, se tiró en la cama y respiró profundo. No estaba segura si quería hablarle o si era mejor dejar las cosas así. Pero la incertidumbre es un bicho que pica, y esa noche picó fuerte.
Abrió Messenger.
Buscó su nombre.
La conversación estaba ahí, intacta, congelada como una foto vieja.
Escribió:
“Llegaste tarde 😂”
No porque fuera cierto, sino porque necesitaba algo casual que no sonara a lo que realmente quería decir: “Te extrañé”.
Tardó dos minutos en enviar el mensaje. Respiró como si estuviera apretando un botón rojo en un laboratorio nuclear. Y entonces llegó la respuesta.
“No, ustedes llegaron temprano jaja”
Normal. Indoloro. Neutro.
Pero bastó para que algo que había estado dormido se moviera otra vez.
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Editado: 28.01.2026