Después del cumpleaños del abuelo, los mensajes entre Nicole y Jhon se volvieron más frecuentes. Al principio eran cortitos, casi tontos. De esos que sirven para tantear el terreno sin comprometer nada:
“¿Viste que volvieron las clases?”
“Sí, qué flojera.”
“Ni digas.”
Era todo muy superficial, pero lo superficial también conecta cuando el vínculo está dormido, no muerto.
Un día, mientras hablaban, Jhon soltó algo que cambió el canal:
—Oe, pásame tu Instagram mejor. Messenger ya fue.
Nicole sintió esa frase como algo normal, pero no tan normal. Actual. Adolescente. Intencional.
Ella le pasó su usuario y en segundos le llegó la solicitud.
Jhon tenía fotos que Nicole nunca había visto: jugando fútbol, saliendo con amigos, selfies en el espejo del baño del colegio, stories con canciones que ella no conocía. Nada fuera de lo común para un chico de catorce, pero suficiente para mostrar que tenía una vida lejos de ella.
Nicole, en cambio, tenía pocas fotos. No era de subir mucho. Una en su cumpleaños, otra con su familia, alguna con amigas. Y lo que le faltaba en contenido lo compensaba con algo que Jhon notó enseguida: había cambiado físicamente. Ya no era la niña de antes, y era imposible no darse cuenta.
Jhon le reaccionaba a algunas stories con emojis. No de risa. No de amistad. De fuego, de ojitos, de corazoncito roto, esos que no se mandan por accidente.
A Nicole le ardían las mejillas cada vez que pasaba.
Pero lo interesante fue que esa nueva forma de interacción no significaba amor. Al menos no del lado de él. Jhon no estaba enamorado. Estaba en otra etapa: la del deseo, la curiosidad, la mirada que se arrastra y se queda. La adolescencia tenía su propio idioma, y él lo estaba aprendiendo rápido.
Las conversaciones también empezaron a cambiar.
—¿Sigues hablando con Valeria? preguntó Nicole una noche, en medio de una conversación sin rumbo.
—No. Fue un rato nada más. Me aburrí — respondió él, seco, sin importancia.
Nicole no supo si eso la tranquilizó o le molestó. Una parte de ella no entendía por qué le interesaba, si se suponía que Valeria era su amiga. Otra parte sí lo entendía. Y eso era lo peligroso.
A veces Jhon hacía comentarios que parecían inocentes, pero no lo eran tanto:
—Subes pocas fotos. Deberías subir más.
—¿Para qué?
—No sé. Para que la gente te vea.
Nicole no sabía si él hablaba en general o hablaba por él.
Y mientras hablaban, la confianza volvió sin que nadie lo anunciara. Ya no era raro escribirle a las once de la noche o responder historias casi al instante. Eso, en la adolescencia, es equivalente a decir “me importas” sin decirlo.
Un domingo cualquiera, Nicole lo notó. Lo sintió. Ese golpe chiquito en el estómago que te da cuando algo se activa:
Ella estaba empezando a querer que Jhon la mirara. Y no como familia.
El problema era que Jhon ya la estaba mirando, pero de una manera muy distinta.
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Editado: 28.01.2026