Las conversaciones ya no eran tan inocentes como antes, pero tampoco tan explícitas como para alarmar a nadie. Estaban en ese punto incómodo en el que algo estaba pasando, pero no tenía forma ni nombre.
Y entonces ocurrió algo que rompió la rutina: Marco volvió.
No avisó. Regresó en pleno junio, con un par de centímetros más que Jhon —detalle que no pasó desapercibido para nadie— y con ese aire de primo que desaparece un tiempo y vuelve creyendo que todo sigue igual.
Para rematar, su regreso coincidió con su cumpleaños. No era gran fiesta, solo reunión familiar, pero para Nicole significaba algo: creía que iba a verlo después de más de dos años. Al fin.
Ella se lo mencionó a Jhon por chat la noche anterior, porque él se lo preguntó con demasiada naturalidad.
—¿Vas a ir mañana al cumple de Marco?
Nicole levantó la ceja frente al celular. Había algo raro en su insistencia.
—Supongo. Creo que sí —respondió.
Jhon tardó dos minutos en escribir otra vez:
—Bueno pues, deberías ir
Nicole frunció el ceño.
—¿Y por qué tanto interés?
Jhon respondió rápido, como quien quiere cubrir un agujero antes de que alguien vea lo que hay dentro:
—Porque él te quiere ver pues
Nicole sonrió. No era una sonrisa dulce, era una sonrisa incrédula.
Marco y ella se habían dado un “piquito” cuando tenían ocho años. Nada más. Nada menos. Si Marco tenía interés en ella, ni siquiera él mismo lo sabía. Nicole no compraba esa excusa.
En realidad, la insistencia de Jhon olía a otra cosa.
A ese tipo de curiosidad que no se confiesa.
A esa cosa que se parece demasiado a los celos.
Nicole quiso molestarlo un poco:
—¿Tú también quieres que vaya?
Jhon demoró el doble que antes.
—Yo da igual, solo digo nomás
Ahí estaba la mentira disfrazada: corta, seca, torpe.
Nicole sintió un pequeño cosquilleo en el estómago sin entender por qué. Pero no alcanzó a responder más, porque su mamá apareció con la información final:
No vamos a poder ir, ya es tarde y tu papá tiene que madrugar.
La noticia le cayó como un baldazo. Nicole solo contestó con un “ah okay” que en realidad significaba “me quiero tirar del sofá”.
Y lo más curioso: no le avisó a Jhon.
No lo hizo por mala, sino porque no tenía ganas. Porque a veces decir la verdad implica dar explicaciones que una adolescente no quiere dar.
Las horas pasaron.
Ella cenó.
Se bañó.
Se puso pijama.
Se metió a Instagram.
Y entonces llegó el mensaje de él:
—¿Y tú? No te he visto. ¿Por qué no llegaste?
Nicole respiró hondo. Tenía dos opciones: decir la verdad o decir algo que evitara más preguntas. Eligió la segunda.
—Hubo un problema aquí en la casa
Era mentira. No había pasado nada.
El visto tardó unos segundo en volverse respuesta.
—¿Y no me pudiste avisar?
Cortito.
Serio.
Y sí, molesto.
Nicole tardó en escribir. No porque no supiera qué decir, sino porque estaba analizando por qué él estaba así.
¿Por qué le importaba tanto?
¿Por qué tenía que avisarle?
¿Acaso él la esperaba?
Finalmente escribió:
—Se me pasó. No pensé
Él dejó el chat en visto.
Cinco minutos.
Diez.
Cuarenta.
Nicole empezó a perder la paciencia:
—¿Y ahora? ¿Te enojaste?
La respuesta no llegó rápido, y cuando lo hizo, no sonó igual que antes:
—No. Da igual. Solo preguntaba
Nicole se recostó en la cama y puso el celular boca abajo.
Ella tampoco entendía por qué le dolía que él estuviera molesto.
De un momento a otro, lo que antes era fácil comenzó a sentirse enredado.
Como si el mundo hubiera dado tres vueltas más mientras ellos trataban de seguir como si nada hubiera cambiado.
#4910 en Novela romántica
#1694 en Otros
#125 en Aventura
romance, romance erticos aventuras, celos deseo lujuria hombre posesivo
Editado: 28.01.2026