Nicole se quedó mirando el mensaje como si el celular pesara cinco kilos:
¿Por qué no me saludaste?
Las palabras parecían sencillas, pero dolían en un lugar muy específico, justo debajo de las costillas, donde se guardan los recuerdos que nadie confiesa.
Nicole pensó en no responder.
Pensó en hacerse la dormida.
Pensó en ignorarlo y seguir adelante con su vida normal, con su relación tranquila, sana, donde nadie la hería.
Pero ignorarlo nunca había sido una opción real.
Escribió:
Nicole: No sé… estabas con tu familia, no quería incomodar.
Era mentira.
La verdad era: No te saludé porque todavía me duele mirarte.
Jhon respondió de inmediato, como si hubiera estado esperando ese mensaje todo el día.
Jhon: Igual pude haber ido yo.
Jhon: No sé… pensé que ya no querías hablarme.
Nicole leyó eso tres veces.
Y ahí se armó otra mentira para protegerse.
Nicole: No es eso. Solo… no sabía si debía.
No sabía si debía, no sabía si podía, no sabía si tenía el derecho.
Del otro lado, Jhon soltó algo más pesado:
Jhon: Cuando te vi hoy… sentí raro. Como si no hubieran pasado dos años.
Nicole mordió el labio, boca seca.
No había forma prudente de responder a eso.
Mientras ella buscaba una excusa elegante para no hundirse, su celular vibró nuevamente.
Esta vez era Fabricio:
Fabricio: Llegué a casa, amor.
Fabricio: Te extraño ya.
Nicole cerró los ojos.
Amor.
Qué palabra tan limpia… tan injusta.
Respondió rápido, antes de que Jhon escribiera algo más:
Nicole: Yo también 💛
Nicole: Descansa.
Le envió un corazón amarillo, no rojo. No sabía si eso contaba como fidelidad emocional o cobardía. Quizá ambas.
Volvió a la conversación pendiente.
Nicole: Igual fue raro… verte. No te imaginaba así.
Jhon: ¿Así cómo?
Nicole dudó. ¿Qué iba a decir?
Más grande, más atractivo, más masculino, más peligroso para mi paz mental.
Se inventó otra salida:
Nicole: No sé. Cambiado.
Nicole: Con otra vibra.
Jhon: ¿Buena o mala?
Nicole sonrió triste.
Nicole: Diferente.
Eso bastó.
La conversación siguió fluyendo, como si esos años de pausa nunca hubieran existido. Hablaron del colegio, de lo que fue la pandemia, de juegos, de familias, de primos, de cosas que uno cuenta solo cuando confía o cuando recuerda quién era.
Hasta que, inevitablemente, las palabras empezaron a entrar a terreno peligroso.
Jhon: ¿Te acuerdas cuando éramos chibolos y jugábamos a casarnos?
Jhon: Qué vergüenza jajaja
Nicole: Sí, con la música del celular de tu mamá jajaja
Jhon: Y Marcos poniéndose celoso.
Nicole: Era tan raro jajaja
Pero risa no siempre es risa.
A veces es defensa.
Hubo una pausa de tres minutos.
Ni larga ni corta.
El tipo de pausa donde alguien está a punto de decir algo que nunca se debe decir.
Entonces llegó:
Jhon:
Igual… Hubo cosas que sí valieron la pena.
Nicole sintió un nudo subirle al pecho.
Nicole: ¿Cómo qué?
Jhon demoró más esta vez, pero lo dijo:
Jhon:
Como ese beso.
Nicole apretó fuerte el celular.
Ese beso no era cualquier cosa.
Ese beso era un artefacto antiguo enterrado en la infancia, algo que ninguno había mencionado nunca por miedo o por pudor o porque era demasiado real para tocarlo.
Nicole tecleó:
Nicole: Éramos niños…
Jhon:
Pero me acuerdo.
Silencio.
Nicole no respiraba.
Jhon:
A veces quisiera repetirlo.
Ahí se acabaron las fachadas.
No importaba cuánta mentira le echara encima, cuántos corazones amarillos le enviara a Fabricio, cuánta madurez pretendiera tener.
Eso dolió.
Eso tentó.
Eso la partió en dos.
Nicole: No deberías decir eso.
El mensaje decía “no debería”, pero su corazón decía “dilo otra vez”.
Jhon: ¿Por qué?
Nicole: Porque ya no somos niños.
Jhon: Por eso mismo.
Nicole tragó saliva.
Nicole: Yo… estoy con alguien ahora.
Ahí estaba la defensa final.
La trinchera.
La línea roja.
Jhon demoró. Bastante.
Segundos largos que parecían minutos.
Jhon: Lo sé.
Nicole se encogió en la cama.
Si él lo sabía… ¿por qué lo decía?
¿Por qué volvía?
¿Por qué la buscaba ahora, cuando ya había alguien que no la lastimaba?
Ella quiso saber. Quiso preguntarlo. Y lo hizo:
Nicole: Entonces por qué dices esas cosas.
Y la respuesta no llegó en un texto.
Llegó en una nota de voz de seis segundos.
Nicole dudó antes de reproducirla, como si tocar ese botón fuera equivalente a abrir una puerta sin regreso.
La voz de Jhon sonó baja, ronca, sincera y peligrosa:
“Porque no la besé como te besé a ti.”
Nicole se quedó congelada.
La mentira ya no servía.
El amor tampoco.
Y la culpa se sentó entre los dos, invisible pero enorme.
Así terminaba enero.
Con una verdad que dolía y no tenía dónde guardarse.
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Editado: 28.01.2026