8 años antes ...
–Erica , no te alejes demasiado – la voz de mi madre resonó como un látigo de ansiedad ,cortando el aire puro del campo . Yo, sin embargo , apenas la escuchaba ;estaba hinoptisada por la inmensidad del bosque ,un océano de hojas que susurraban secretos.
– Marta ,deja que la niña explore un poco – intervino mi padre con ese tono pausado suyo ,mientras desplegaba el periódico con un crujido seco – Está cumpliendo diez años . La curiosidad es el primer paso para el conocimiento .
–¿Por qué nunca estás de mi lado ?–bufó mi mamá. Vi como sus hombros se tensaban ,pero tras un largo suspiro, cedió-. Está bien... pero ten cuidado, Erica. El mundo no es tan amable como parece.
-¡Gracias, mami! ¡Gracias, papi! ¡Prometo que regresaré sin un solo rasguño! -exclamé con el corazón saltando de alegría, mientras me internaba en la maleza.
El bosque era un santuario de biodiversidad. Árboles centenarios con raíces nudosas que sobresalían del suelo como venas terrestres daban vida a un ecosistema vibrante. Los matices de verde eran infinitos, desde el esmeralda profundo hasta el verde neón del musgo húmedo. En mi imaginación de diez años, yo no era solo una niña; era una exploradora interestelar derrotando monstruos en un planeta inexplorado.
Me adentré más, donde la luz del sol se filtraba en columnas doradas cargadas de motas de polvo. De repente, mi vestido azul marino, ese que me hacía sentir como una princesa de cuento, se enganchó en una rama de espino. Me detuve, forcejeando con delicadeza para no arruinar la tela.
¡PUM!
Un estallido sordo, una onda de choque sónica que hizo vibrar el suelo bajo mis pies, congeló mi sangre. Mis ojos verdes se abrieron de par en par, escaneando la penumbre . Entonces , el cielo desapareció.
Miles de aves de todas las especies -desde gorriones hasta cuervos- alzaron el vuelo al unísono, creando una alfombra negra viviente que bloqueó la luz del sol. El bosque quedó sumido en un eclipse artificial. No cantaban; emitían chillidos de terror puro, huyendo de algo...
El miedo, gélido y punzante, se instaló en mis venas. En un movimiento desesperado por escapar, tiré con fuerza de mi vestido. El tejido se desgarró con un sonido seco, dejando un jirón de tela azul colgandode la rama como una bandera de rendición. Perdí el equilibrio y resbalé por la ladera de un barranco oculto por la maleza.
Mientras rodaba cuesta abajo, el tiempo pareció dilatarse -un efecto de la adrenalina en el cerebro-. Mi cabeza golpeó contra una roca ígnea, una piedra negra que emitía un calor antinatural. Antes dede que la oscuridad me reclamara, vi un destello plateado descender del cielo, moviéndose no como un objeto que cae, sino como algo que busca.
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El dolor de cabeza me recibió con una punzada eléctrica, como si un rayo se hubiera quedado atrapado tras mis sienes. Al llevarme la mano a la frente, esperando sentir la calidez de la sangre, solo encontré una piel fría y pegajosa. Abrí los ojos y el grito se ahogó en mi garganta. Me puse de pie de un salto, ignorando el vértigo que me hacía tambalear.
¿Dónde diablos estaba?.
El bosque había desaparecido. En su lugar, me rodeaba un paisaje delirante, una pesadilla de neón. El suelo no era tierra, sino una amalgama de arrecifes terrestres: corales de texturas imposibles y cráteres que exhalaban vapores de colores chillones, como siel planeta mismo estuviera respirando pintura. Mis ojos ardían ante tanta saturación cromática. Localicé la roca ígnea, esa piedra negra que me había derribado, y le propiné una patada cargada de frustración.
-¡Auch! -gemí, mientras el dolor subía por mi pie. La piedra ni se inmutó; parecía absorber la luz a su alrededor.
Caminé sin rumbo, con el corazón martilleando contra mis costillas. Cada paso era una mezcla de terror absoluto y una curiosidad magnética que no podía controlar.
–¿Mamá ? ¿papá?–mi voz sonó pequeña, devorada por el silencio antinatural del lugar-. ¿Dónde están?... ¿Dónde... dónde estoy yo ?.
De pronto, algo capturó mi atención. Entre los riscos de coral, brotaba una flor solitaria. Sus pétalos eran de un púrpura vibrante, con vetas plateadas que latían como venas. Era hermosa, hipnótica. Me incliné, estirando la mano para tocar su centro aterciopelado, pero al acercarme, la flor se contrajo y disparó una nube de polvillo naranja.
El aire se volvió fuego. Comencé a toser violentamente, sintiendo cómo mis pulmones se cerraban mientras un picor insoportable invadía mis globos oculares.
–Son venenosas -una voz infantil, pero extrañamente serena, cortó el aire.
Levanté la vista como pude, parpadeando para limpiar las lágrimas. Frente a mí, sentado sobre un saliente de roca vítrea, había un chico. Parecía tener mi edad, pero algo en él gritaba que no pertenecía a mi mundo. Vestía una túnica de telas asimétricas y reflejos metálicos, demasiado extravagante para cualquier juego de niños.
-¿Quién eres tú? -logré articular entre tosidos-. ¿Y qué es este lugar?
Fruncí el ceño. ¿Estaba loco? Su ropa parecía diseñada por alguien que jamás había visto la sobriedad de la Tierra. El chico saltó del risco con una agilidad felina; sus pies apenas hicieron ruido al tocar el suelo. Dio un paso hacia mí y yo, por puro instinto, retrocedí uno.
-¡Deja de alejarte! -exclamó él, perdiendo un poco la paciencia.
-¡¿Y qué esperas que haga?! -le grité, aunque me dolió la garganta-. ¡No te conozco y he despertado en un lugar que parece un dibujo animado!
–Quédate quieta -ordenó con autoridad-. Si sigues moviéndote, el veneno llegará más rápido a tu sistema. Podrías morir por intoxicación pulmonar solo por tener la "brillante" curiosidad de olfatear una ignis-flower .
El miedo a morir fue más fuerte que mi orgullo. Me crucé de brazos, reprimiendo un temblor, y esperé. El chico se acercó, revelando unos rasgos afilados y una piel de una palidez casi traslúcida. Sacó de su cinturón una tápara -un recipiente orgánico que recordaba a un fruto seco- y, sin previo aviso, me lanzó un chorro de agua cristalina directamente a la cara.