Strange planet

El deseo de las cenizas .

8 años después .

Año 2010.

Presente ...

La lluvia golpea con rítmica melancolía contra el cristal, empañando el mundo exterior mientras me hundo en el refugio de mis pensamientos. Mis audífonos alámbricos -un vestigio de sencillez en un mundo complejo- transmiten las vibraciones de "Only Girl (In The World)". Es la nueva canción de Rihanna y, por ahora, la única melodía que logra acallar el ruido de mi realidad.

Desde aquel accidente que fragmentó mi infancia, mis padres se transformaron en carceleros bajo el disfraz de protectores. La educación en casa no fue una elección, sino una sentencia que me privó del roce humano, de las risas compartidas y de cualquier rastro de amistad. Mi mundo se reduce a cuatro paredes y al eco de una sobreprotección asfixiante.

Las peleas entre ellos se han vuelto la banda sonora de mis días, una rutina de gritos que me obliga a refugiarme en los libros, aguantando el peso de una gratitud impuesta. Mi vida es, en apariencia, sencilla, pero mi mano derecha siempre busca el mismo consuelo: el collar que descansa sobre mi pecho.

Al tocarlo, la piedra comienza a reaccionar. Bajo la luz plateada de la luna, el colgante emite unos destellos extraños, colores que no pertenecen a este espectro y que parecen cobrar vida en la penumbra del auto. Con los años, intenté convencerme de que aquel evento fue solo un delirio febril, un sueño producto del trauma. Me dije que encontré la gema por casualidad y me aferré a ella comoquien se aferra a un talismán de buena suerte. La convertí en joya para no olvidar que una vez estuve al borde de la muerte, en ese límite borroso entre lo real y lo imposible.

Aburrida, mientras los gritos de mis padres suben de tono en los asientos delanteros, extiendo un dedo y dibujo un corazón en el vaho de la ventana. Soy Erica, y mientras el mundo exterior se desdibuja bajo la tormenta, siento que la piedra en mi cuello late al mismo ritmo que mi corazón, recordándome que mi "sueño" está más vivo que nunca.

Dejo escapar un suspiro cargado de amargura. Ni siquiera hoy, en mi cumpleaños número dieciocho, son capaces de concederme una tregua. He pasado meses ahorrando en secreto, contando cada billete para el día en que finalmente pueda mudarme y reclamar la libertad que mi mayoría de edad me otorga.

Habían alardeado tanto sobre este restaurante de lujo, solo para terminar arruinándolo todo, discutiendo por una estupidez insignificante mientras el mundo exterior se desvanece tras la lluvia. Es injusto.

De pronto, un volantazo violento me saca de mis pensamientos. El chirrido de los neumáticos contra el pavimento mojado desgarra el aire. Mi cuerpo es lanzado de un lado a otro mientras el coche se desvía erráticamente, invadiendo el carril contrario. El rugido de un claxon ensordecedor lo inunda todo: un camión gigantesco aparece de la nada, sus faros como ojos de un monstruo de metal que se abalanza sobre nosotros.

Siento que mi vida desfila ante mis ojos por segunda vez en la vida. El pánico estalla en la cabina; mis padres gritan, el aire se vuelve pesado y el tiempo parece detenerse justo cuando el camión frena en seco, a escasos centímetros de nuestra puerta,en un milagro de caucho quemado y humo. El silencio que sigue es sepulcral ,roto solo por mi respiración agitada . Casi morimos porque mi padre no pudo mantener los ojos en la carretera mientras le gritaba a mi madre. En ese instante, algo dentro de mí se quiebra. La furia, caliente y ácida, reemplaza al miedo. Me arranco los audífonos de un tirón, ignorando el tirón del cable.

–¡¿Por qué no dejan de pelear?! -estallo, mi voz temblando por la indignación-. ¡¿Por qué no pueden fingir, aunque sea un maldito día, que les importo?! ¡Casi nos mata un camión y lo único que saben hacer es escupirse veneno!

Mi madre se gira bruscamente, su rostro desencajado por la ira. Su cabello rubio perfectamente peinado salta con cada espasmo de su regaño, como si tuviera vida propia.

–¡Cuida tu lenguaje, Erica! -me grita, señalándome con un dedo acusador-. ¡Eres nuestra hija y no tienes derecho a levantarnos la voz!

–¡No, madre! ¡Estoy harta! -le devuelvo el grito, las lágrimas de rabia nublando mi vista-. Tienes razón, soy su hija, ¡pero si no lo recuerdas, hoy cumplo dieciocho años! Oficialmente soy mayor de edad y puedo irme de esta mierda de vida cuando me dé la gana.

Sin esperar respuesta, golpeo la manija y abro la puerta del coche. El aire frío y la lluvia me golpean el rostro mientras salgo al asfalto húmedo. A mis espaldas, los gritos de mi madre me exigen que vuelva, que me siente, que obedezca, pero sus palabras ya no tienen poder sobre mí. Hago caso omiso, caminando con paso firme hacia la oscuridad de la carretera.

Llevo la mano a mi collar, apretando la piedra con tanta fuerza que sus bordes se clavan en mi palma. Trato de tragarme el nudo de la garganta, sintiendo un vacío desolador. «Cómo desearía que todos desaparecieran... cómo desearía irme de este planeta extraño», pienso con una amargura que me asusta.

De repente, un destello en el cielo capta mi atención. Frunzo el ceño, deteniendo mis pasos. No es un avión, ni una estrella común. Algo similar a una extraña luz fugaz, de un color púrpura antinatural, rasga las nubes y se dirige directamente hacia donde estoy, creciendo en tamaño y brillo a cada segundo. El aire comienza a zumbar con una electricidad estática que eriza los vellos de mis brazos, y mi collar, contra mi pecho, empieza a arder con una intensidad que nunca antes había sentido.

Me quedó petrificada, como si sus pies se hubieran fundido con el asfalto. El aire se atascó en su garganta, convirtiéndose en un nudo asfixiante mientras observaba cómo aquello descendía del cielo. No era una simple luz; era una masa incandescente, una bola de fuego rugiente que crecía por segundos, reclamando el espacio, reclamando su vida. Lo único que pudo liberar fue un grito desgarrador que se perdió en el estruendo.




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